La joya arquitectónica circular de hasta 3 metros de altura que sólo existe en Asturias occidental y servía para proteger a las abejas
La inaccesible aldea asturiana de 14 habitantes a la que sólo se llega tras ascender 23 curvas
Esta joya arquitectónica del siglo XIX solo existe en una comarca alicantina
El queso que vale más que un coche se elabora en cuevas de pastores asturianos
Asturias esconde en sus zonas más rurales un patrimonio que apenas aparece en las guías turísticas, construcciones que se levantaron piedra sobre piedra sin necesidad de argamasa y que hoy sobreviven medio derruidas entre los montes. En el occidente de la región, sobre todo en concejos como Tineo, Allande o Degaña, todavía se pueden encontrar decenas de estas estructuras.
Durante siglos, estas construcciones cumplieron una función muy concreta, bastante alejada de lo que su aspecto de fortín en miniatura podría sugerir. No se trataba de vigías ni de refugios para personas, sino de un ingenioso sistema pensado para proteger algo mucho más pequeño, y a la vez esencial para el campo y los ecosistemas en general: las abejas.
El cortín, la joya arquitectónica que Asturias oculta en sus montes
Se trata del cortín, una construcción tradicional del suroeste asturiano levantada íntegramente con la técnica de piedra seca, es decir, sin una gota de argamasa entre los muros.
Tiene planta circular u ovalada, paredes que sobresalen ligeramente hacia fuera en la parte superior y puede alcanzar hasta tres metros de altura.
Los expertos que estudian este tipo de arquitectura la consideran una construcción única en toda la Península Ibérica, y su presencia se concentra casi en exclusiva en el occidente de Asturias, con algunos ejemplos también en zonas cercanas de Galicia y León.
Un diseño pensado al detalle para proteger las colmenas
El diseño interior del cortín está pensado al milímetro. Aprovechando el desnivel del terreno, los muros forman repisas o rellanos escalonados en los que se colocaban las colmenas, hasta un total de entre treinta y cuarenta por construcción.
Muchos cortinos carecían de puerta, así que los apicultores tenían que entrar y salir con una escalera de mano, un detalle que dificultaba todavía más el acceso a cualquier intruso.
Y es que la amenaza principal no eran los ladrones, sino el oso pardo cantábrico, un animal con especial predilección por las larvas de abeja.
El muro saliente en la parte alta del cortín funcionaba como una barrera casi infranqueable para las zarpas del oso, mientras que la piedra maciza protegía las colmenas de los incendios forestales y dificultaba los robos entre vecinos.
¿Dónde se levantaban los cortinos y qué recuerdan hoy de Asturias occidental?
La ubicación de cada cortín tampoco era casual. Los apicultores buscaban laderas orientadas al mediodía, resguardadas de los vientos del norte, con abundancia de brezos y otras plantas melíferas cerca, y siempre con una fuente de agua a poca distancia.
La cantidad de cortinos que poseía cada familia reflejaba además su posición social: las más acomodadas llegaban a tener varios, mientras que los campesinos con menos recursos solían compartir uno solo entre hasta cuatro familias.
A pesar de su valor histórico, los cortinos han sido durante mucho tiempo un patrimonio casi invisible, ignorado en buena parte de los estudios etnográficos y arquitectónicos, quizá por estar escondidos en zonas de montaña alejadas de las rutas habituales.
¿Cuál es la situación actual de los cortinos?
Lamentablemente, la mayoría de los cortinos se encuentra hoy abandonada o en estado ruinoso, aunque en los últimos años han surgido iniciativas para recuperarlos, como la reconstrucción en 2014 del Cortín de El Somo, en Ibias, dentro del programa Life Urogallo Cantábrico.
En la misma línea, la exposición itinerante ‘Cortinos. Colmenares tradicionales del occidente de Asturias’ recorre distintos museos de la región con un archivo fotográfico que busca dar visibilidad a estas construcciones antes de que las últimas se pierdan del todo, y anima a vecinos y visitantes a localizar los ejemplares que aún resisten en el monte.
Esa recuperación va mucho más allá de un simple gesto nostálgico hacia la arquitectura tradicional. Las abejas que vuelven a poblar estos cortinos restaurados cumplen una función que va mucho más allá de la miel.
Se calcula que 71 de los 100 cultivos que aportan el 90% de los alimentos a nivel mundial dependen de la polinización animal.
Cada cortín rescatado, en ese sentido, devuelve al monte asturiano no solo una pieza de piedra, sino a sus habitantes más pequeños e imprescindibles.
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