De las rabietas al insomnio: las señales que alertan del síndrome posvacacional infantil
"La pregunta no debería ser únicamente ¿cómo conseguimos que los niños vuelvan al colegio sin protestar?, sino ¿qué nos está comunicando su resistencia?"
El regreso a las aulas despierta cada año dudas sobre cómo ayudar a niños y adolescentes a readaptarse a la rutina escolar. Erika Nache, neuropsicóloga infanto-juvenil y profesora de Psicología del desarrollo normal y patológico de la Universidad Europea de Valencia, aclara que «el ‘síndrome posvacacional infantil’ no es un diagnóstico clínico, sino un proceso de adaptación a un cambio importante en las rutinas».
Según explica la experta, «la vuelta al colegio no representa el mismo desafío en todas las etapas evolutivas», ya que «la capacidad para comprender los cambios, anticipar acontecimientos, regular las emociones, expresar el malestar y gestionar las demandas académicas y sociales evoluciona con la edad». Por ello, defiende que «las señales de dificultad y las estrategias de acompañamiento deberían adaptarse al momento evolutivo de cada niño».
En los más pequeños, de 0 a 3 años, «el malestar suele aparecer de manera más indirecta: mayor irritabilidad, llanto, dificultades para separarse de las figuras de referencia, cambios en el sueño o la alimentación, más rabietas o una mayor necesidad de contacto y seguridad». En esta etapa, apunta Nache, «más que explicar mucho, necesitamos regular primero y verbalizar después».
Entre los 3 y los 6 años «aparece con fuerza la ansiedad de separación», con frases como «no quiero ir», rabietas o «regresiones en determinadas conductas». La psicóloga recomienda «convertir lo desconocido en predecible» y validar la emoción del niño «sin convertirla en una señal de peligro».
De los 6 a los 9 años, «aumenta la conciencia de las demandas escolares» y pueden aparecer «quejas somáticas, como dolor de barriga o de cabeza, especialmente antes de acudir al colegio», algo que, según Nache, «no significa necesariamente que el niño esté ‘inventando’ los síntomas». En esta franja, aconseja sustituir preguntas genéricas por otras más concretas: «¿qué es lo que más te apetece de volver?» y «¿qué es lo que menos te apetece?».
En la preadolescencia, entre los 9 y los 12 años, «la resistencia a volver puede estar relacionada con la preocupación por los exámenes, la carga de trabajo, la pertenencia al grupo, conflictos con compañeros o el temor a no cumplir determinadas expectativas». La experta recomienda «implicarle en la organización de la vuelta» para favorecer «la sensación de control, que es especialmente importante ante las transiciones».
En la adolescencia, de 12 a 18 años, «la alteración del sueño merece especial atención», ya que «la vuelta brusca a los madrugones puede generar fatiga, irritabilidad, dificultades de concentración y menor regulación emocional». Nache subraya que «con adolescentes funciona mejor negociar que imponer» y advierte de que, en algunos casos, «lo que aparentemente parece ‘pereza por volver a clase’ puede estar ocultando un problema diferente», como conflictos sociales o rechazo escolar.
La profesora concluye insistiendo en que cierta dificultad inicial es normal, pero pide estar atentos a las señales de alarma porque «no es lo mismo que un niño esté más irritable o cansado durante unos días que presente de forma persistente ansiedad intensa, rechazo escolar, alteraciones importantes del sueño, síntomas físicos recurrentes o un deterioro significativo de su funcionamiento cotidiano». «Acompañarlos en este momento no significa evitar que sientan malestar, sino proporcionarles las condiciones y herramientas necesarias para atravesar ese malestar y recuperar progresivamente su sensación de seguridad y competencia», apunta.
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