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Psicología

La psicología dice que las personas que necesitan ganar siempre, hasta jugando con los niños, no es que sean competitivas: tienen baja autoestima

  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Hay algo que casi todo el mundo ha visto alguna vez en una comida familiar o en una tarde de juegos de mesa: ese adulto que no puede perder ni siquiera cuando juega contra un niño de seis años, que celebra la victoria como si fuera una final y que, si pierde, se queda de mal humor durante horas. La escena hace que este adulto termine siendo infantilizado por el resto.

Por su parte, la psicología lleva décadas estudiando qué hay detrás de esa actitud. La explicación no tiene tanto que ver con el gusto por competir como con algo mucho más profundo. Según distintos estudios, esa necesidad de ganar siempre, sin importar el rival, suele estar relacionada con la baja autoestima, y no con una simple pasión por el juego o el deporte.

La diferencia entre competir sano y necesitar ganar a cualquier precio

La psicología distingue entre una competitividad sana, la que ayuda a esforzarse y a disfrutar del reto, y lo que los investigadores llaman hipercompetitividad. ¿Qué es esto? Pues la necesidad casi obsesiva de ganar a cualquier precio, en cualquier contexto, aunque el rival sea un niño que apenas entiende las reglas del juego.

Esta idea no es nueva: el psicólogo Richard Ryckman y su equipo desarrollaron en 1990 la primera escala científica para medir este rasgo, publicada en el Journal of Personality Assessment.

Ryckman se había inspirado en ese entonces en la teoría de la neurosis de la psicoanalista Karen Horney, quien ya había descrito a personas que necesitaban ganar a toda costa para mantener o reforzar su autoestima. En este sentido y probablemente, si lo necesita, es porque su autoestima es baja.

Según ese marco teórico, la hipercompetitividad está asociada a una autoestima que se sostiene de forma inestable, fluctuando según el resultado de cada partida, cada discusión o cada pequeño enfrentamiento cotidiano.

Ganarle a un niño en un juego de mesa, en ese sentido, funciona igual que ganar cualquier otra cosa: aporta un chute momentáneo de validación externa que, sin embargo, no dura, así que hay que buscar la siguiente victoria para sentirse bien de nuevo. Es una autoestima que depende del marcador y no de una seguridad interna estable.

¿De dónde viene este patrón? ¿La infancia deja algún tipo de huella al respecto?

Este patrón no aparece de la nada en la edad adulta. Un estudio publicado en la revista Personality and Individual Differences en 2019 rastreó el origen de la hipercompetitividad hasta la infancia.

Lo que encontró fue que factores como una disciplina parental excesivamente dura o, paradójicamente, una sobreprotección materna intensa, se asocian con un mayor desarrollo de este rasgo en la vida adulta.

En ambos casos, el niño crece con la sensación de que su valor depende de cumplir ciertas expectativas o de destacar por encima de los demás, una idea que después se traslada a cualquier situación que pueda interpretarse como una competición, por pequeña que sea.

Las consecuencias van mucho más allá de una cena familiar incómoda

Las consecuencias de este patrón van más allá de resultar un poco pesado en las cenas familiares, en un cumpleaños o en cualquier evento social.

La misma investigación de Ryckman y estudios posteriores han encontrado relaciones entre la hipercompetitividad y rasgos como el narcisismo y niveles más altos de neuroticismo, además de una mayor tendencia a la hostilidad y a la agresividad verbal cuando las cosas no salen como se esperaba.

No es casual que estas personas también muestren, según la misma línea de investigación, una menor necesidad de conexión genuina con los demás, sustituida por el deseo de admiración y reconocimiento constante.

Reconocer este rasgo, tanto en uno mismo como en otra persona, no sirve para juzgar, sino para entender qué hay detrás de una actitud que, a simple vista, parece solo un exceso de espíritu competitivo.

Detrás de la necesidad de ganarle una partida a un niño de seis años suele esconderse algo mucho más frágil que un simple deseo de divertirse jugando: la sensación de que, si no se gana, el propio valor como persona queda en entredicho, aunque sea ante alguien que ni siquiera está compitiendo de verdad.