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Protector solar a base té rooibos: así son las nuevas cremas inteligentes

Se trata de un ingrediente natural podría mejorar hasta un 50% la eficacia de algunos fotoprotectores

Protectores solares con activos naturales, cosmética antioxidante, fotoprotección inteligente. Estas son las tendencias que marcan las líneas de protección solar. La industria no cesa en su búsqueda de productos más eficaces, menos irritantes, antioxidantes y con beneficios adicionales para la piel.

En esta línea, científicos de la Universidad de Málaga (UMA), en colaboración con Cantabria Labs y el Hospital Ramón y Cajal, han realizado un estudio pionero que constata el uso del extracto de rooibos en fotoprotección avanzada. En el trabajo, publicado por la Sociedad Europea de Fotobiología Photochemical & Photobiological Sciences, de la editorial Springer Nature, se demuestra el potencial de esta planta de té frente a la radiación solar.

El potencial del Aspalathus linearis, la planta del té rooibos, es un ingrediente natural que podría mejorar hasta un 50% la eficacia de algunos fotoprotectores. Esta es una de las grandes conclusiones de los investigadores, que aseguran: «Más eficaces, duraderos y a partir de extractos naturales: así es la nueva generación de protectores solares».

Proteger del daño biológico

La hipótesis inicial de su trabajo fue la siguiente: pasar de bloquear únicamente los rayos ultravioletas (UV) a también proteger el daño biológico que estos provocan en la piel. Manos a la obra: los científicos del Laboratorio de Fotobiología Dermatológica de la Universidad de Málaga han demostrado cómo el extracto natural Aspalathus linearis, la planta del té rooibos, «podría mejorar la eficacia de los protectores solares tradicionales, potenciando su capacidad de absorción, aumentando sus niveles antioxidantes y protegiendo los riesgos de la radiación durante más tiempo», según publica la propia UMA. «No se trata de reemplazar los protectores solares, sino de hacerlos más inteligentes. Menos centrados en bloquear la luz y más en proteger la piel», sostienen los científicos.

Los investigadores, por tanto, presentan esta sustancia como una alternativa sostenible que actuaría como potenciador y ‘refuerzo biológico’ frente a las fórmulas tradicionales. «Estamos ante una molécula 2×1», señala el científico del grupo ‘Cáncer Cutáneo’ de la UMA José Aguilera, uno de los autores de este trabajo, que destaca su doble eficacia: para la filtración ultravioleta y como ‘escudo’ antioxidante. En concreto, afirma que, al añadirla a formulaciones que ya incluyen filtros estándar, su capacidad de protección crece, en algunos de los casos, hasta un 50 por ciento.

Por su parte, la científica del Departamento de Medicina y Dermatología María Victoria de Gálvez, otra de las firmantes del estudio, añade, además, su estabilidad bajo el sol como otro de sus beneficios. «La atenuación con la exposición a la luz es uno de los problemas de las cremas solares tradicionales, estos extractos protegen también frente a esta fotodegradación, algo clave para mejorar la durabilidad del fotoprotector en la piel y por tanto ayudar, en mayor medida, a la prevención de enfermedades como el cáncer de piel», asegura.

Los científicos resaltan también su papel para prevenir el daño inmunológico del sol, como enlentecer el envejecimiento cutáneo, ambos derivados de los daños oxidativos de la radiación UV solar, ya que ayuda a la piel a resistir mejor las consecuencias de la radiación.

Esta investigación, desarrollada hasta el momento solo en laboratorio, abre la puerta hacia alternativas más saludables que podrían sustituir o complementar ingredientes sintéticos procedentes de la industria química, en busca de reducir el impacto ambiental y posibles efectos adversos en la salud, aclaran los expertos.

«No se trata de reemplazar los protectores solares, sino de hacerlos más inteligentes; menos centrados en bloquear la luz y más en proteger la piel», concluyen. Junto a los investigadores de la UMA José Aguilera, María Victoria de Gálvez y Pablo Sepúlveda, Ana López y Luisa Haya, de Cantabria Labs, y Salvador González, del Hospital Ramón y Cajal de Madrid, son los otros autores de este estudio, una colaboración universidad-empresa en la que se continúa trabajando.