OkSalud
oncología | tabaquismo

Dr. Bueno: «Negar alternativas sin humo de cigarrillo condena a millones de fumadores al producto más letal»

"La combustión es el verdadero motor del cáncer en fumadores"

"Estamos perdiendo la oportunidad de reducir cáncer por malas políticas antitabaco"

"El cigarrillo de combustión sigue siendo el mayor generador de cáncer evitable"

El doctor Fernando Fernández Bueno es cirujano oncológico del Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla de Madrid, teniente coronel médico del Cuerpo Militar de Sanidad y una de las voces más conocidas en España en el debate sobre tabaquismo y reducción de daños. Licenciado en Medicina y Cirugía, con una amplia trayectoria en cirugía oncológica y digestiva, ha participado en misiones internacionales y es portavoz de la Plataforma para la Reducción del Daño por Tabaquismo. Defensor de que el principal enemigo para la salud es la combustión del tabaco y no la nicotina en sí misma, sostiene que las políticas sanitarias deben ofrecer soluciones reales a los fumadores que no consiguen abandonar el hábito. En esta entrevista con OKSALUD analiza el impacto del cigarrillo convencional, las estrategias de deshabituación y el papel que pueden desempeñar las alternativas sin combustión en la lucha contra el cáncer relacionado con el tabaquismo.

El Dr. Bueno advierte de que el cáncer asociado al tabaquismo sigue siendo uno de los principales problemas de salud pública evitables, pero que las estrategias actuales no están logrando el impacto deseado. En su opinión, el foco debe ponerse en la combustión del tabaco, verdadero origen de la mayoría de sustancias cancerígenas, y en la necesidad de replantear las políticas de prevención para adaptarlas a la realidad clínica de los fumadores. Defiende que, sin un enfoque más flexible y basado en la reducción de daños, se estará perdiendo una oportunidad clave para disminuir la incidencia de tumores relacionados con el consumo de tabaco en las próximas décadas.

Pregunta.- La Reina Letizia ha insistido durante el Día Mundial Sin Tabaco en la necesidad de combatir el tabaquismo, pero también ha mostrado una posición crítica hacia las alternativas que algunos consideran una vía de salida para los fumadores. ¿Son suficientes los mensajes de concienciación para abordar una adicción tan compleja como la dependencia al tabaco?

Respuesta: La concienciación y las campañas institucionales son fundamentales para evitar que los jóvenes se inicien, pero son insuficientes cuando hablamos de personas que ya sufren una adicción severa. El tabaquismo no es un simple «mal hábito» que se abandona con fuerza de voluntad o discursos moralistas; es una dependencia médica, física y psicológica extraordinariamente compleja. Demonizar las alternativas de riesgo reducido desde las instituciones es un error estratégico. Para el fumador que no puede o no quiere dejar la nicotina con los métodos tradicionales —que en las mejores series alcanzan éxitos del 60%—, negarle el acceso o la información veraz sobre opciones sin combustión es, en la práctica, condenarlo a seguir fumando el producto más letal que existe: el cigarrillo convencional.

P.- Recientemente, se ha publicado el primer caso de hemorragia pulmonar asociado al uso de un vapeador irregular y el doctor Perna, en este diario, apeló a la prudencia al tratarse de un caso aislado. Sin embargo, tras la difusión de este tipo de mensajes, hemos visto en redes a exfumadores que vapean, sentirse mejor desde que abandonaron el cigarrillo, pero ahora se ven confundidos y se plantean volver a fumar. ¿Qué opinión le merece esta situación?

R.-  Como bien señalaba el doctor Perna, la prudencia científica es obligatoria. Elevar un caso aislado y vinculado a un producto irregular o del mercado negro a la categoría de amenaza general es una irresponsabilidad de comunicación sanitaria. El resultado de este alarmismo desproporcionado lo estamos viendo ya: la desinformación confunde al ciudadano. Es una tragedia médica que una persona que ha logrado alejarse del alquitrán y del monóxido de carbono gracias al vapeo, y que experimenta mejoras clínicas evidentes en su día a día, se plantee regresar al cigarrillo tradicional por culpa del miedo infundado. Confundir el riesgo de un mercado ilegal no regulado con el perfil de riesgo de los productos controlados solo beneficia a la continuidad del tabaquismo de combustión.

P.- Desde su experiencia como cirujano oncológico, ¿qué papel juega el cigarrillo de combustión en el desarrollo de tumores y qué sustancias son las más preocupantes desde el punto de vista cancerígeno?

R.-  En mi práctica diaria veo las consecuencias más devastadoras del tabaquismo. El cigarrillo de combustión es, de lejos, el factor de riesgo evitable que más cáncer genera, y no solo de pulmón, sino también de vejiga, laringe, esófago o páncreas. Al encender un cigarrillo se liberan más de 7.000 sustancias químicas. Las más preocupantes desde el punto de vista carcinógeno son los hidrocarburos aromáticos policíclicos (como el benzopireno), las nitrosaminas específicas del tabaco, el benceno, el formaldehído y metales pesados como el cadmio o el polonio-210. Ninguna de estas sustancias letales se encuentra en esas concentraciones en la planta del tabaco al natural; todas son subproductos directos de la combustión de la materia orgánica.

P.- Usted ha defendido en varias ocasiones que el problema principal del tabaco es la combustión. ¿Por qué quemar tabaco multiplica los riesgos para la salud?

R.-  Científicamente es un hecho incontestable: el daño está en el fuego, no en la nicotina. La nicotina es la sustancia que genera la adicción, pero no es la causa principal del cáncer (dato confirmado institucionalmente por la OMS) ni de las enfermedades cardiovasculares o respiratorias graves. El riesgo se multiplica exponencialmente al superar los 600 °C de la combustión. A esa temperatura, el tabaco y el papel se transforman en humo cargado de alquitrán y monóxido de carbono (CO). El CO desplaza al oxígeno en la sangre, destruyendo el sistema cardiovascular, mientras que el alquitrán deposita los carcinógenos directamente en los tejidos. Al eliminar la combustión, eliminamos el humo y, con ello, la inmensa mayoría de los elementos que matan a la mitad de los fumadores estables.

P.- Muchos fumadores conocen los riesgos, pero siguen fumando. ¿Por qué la información por sí sola no siempre consigue que una persona abandone el hábito?

R.- Porque el cerebro de un fumador severo ha sufrido modificaciones neurobiológicas profundas debido a la dependencia de la nicotina, que activa los circuitos de recompensa y dopamina con una velocidad y potencia extremas. Decirle a un fumador empedernido que el tabaco mata es información que ya procesa perfectamente cada vez que mira una cajetilla con fotos impactantes. Sin embargo, cuando aparece el síndrome de abstinencia, la necesidad biológica anula la lógica racional. Si la información o el miedo fueran eficaces por sí solos, no tendríamos pacientes diagnosticados de cáncer o con EPOC severo que siguen fumando a escondidas en sus domicilios. Se necesita apoyo, alternativas y tratamientos personalizados, no solo advertencias.

P.- ¿Qué errores cree que se cometen actualmente en las políticas de prevención y cesación tabáquica?

R.- El principal error es el enfoque paternalista del «todo o nada». Las políticas actuales se basan en una premisa idílica: «deja de fumar por completo o atente a las consecuencias». Se ignora sistemáticamente la realidad clínica de un porcentaje de fumadores (40-50%) que no lo consiguen a través de las terapias sustitutivas con nicotina (aprobadas por la FDA y la EMA), el apoyo psicológico y los tratamientos farmacológicos (como la citisina, vareniclina o bupropion). Otro error gravísimo es la falta de actualización científica de los reguladores, que prefieren guiar las leyes por criterios ideológicos o de corte prohibicionista, equiparando fiscal y restrictivamente productos sin humo con el cigarrillo tradicional. Al hacer esto, las administraciones están blindando el monopolio del cigarrillo de combustión, por cierto, monopolio exclusivo del Estado (el mismo que lucha contra los efectos deletéreos del tabaco).

P.- Hay pacientes que han intentado dejar de fumar varias veces sin éxito. ¿Qué alternativas considera que deberían ponerse a su disposición desde el sistema sanitario o fuera de él?

R.- El sistema sanitario debe incorporar la estrategia de reducción de daños como una herramienta médica legítima, tal y como se hace de forma exitosa en el tratamiento de otras adicciones. Para los pacientes refractarios a los métodos tradicionales, se les debería ofrecer clínicamente la transición pautada hacia productos de nicotina sin combustión —como los vaporizadores personales, el tabaco calentado o las bolsas de nicotina (nicotine pouches)—. Estas herramientas permiten mantener el aporte de nicotina y el componente conductual (el ritual de llevarse la mano a la boca), pero reduciendo drásticamente la toxicidad. El objetivo prioritario debe ser salvar vidas reduciendo la exposición al daño, no imponer la abstinencia como única vía moral.

Disponemos de un paralelismo impecable en la medicina preventiva: el uso del preservativo frente a las infecciones de transmisión sexual (ITS). Evidentemente, la abstinencia sexual reduce el riesgo en un 100%, pero la salud pública no impone la abstinencia como única solución. Al contrario, promueve de forma realista el uso del preservativo porque, aunque su eficacia no sea absoluta, ofrece una reducción del daño de entre el 95% y el 99%. Con el tabaquismo ocurre lo mismo: la abstinencia total es el escenario ideal, pero ante la realidad del fumador que no lo logra, negar las alternativas sin combustión es tan absurdo como prohibir el preservativo y exigir la abstinencia.

P.- ¿Qué diferencias existen entre un cigarrillo convencional y productos sin combustión como los cigarrillos electrónicos o el tabaco calentado en términos de exposición a sustancias tóxicas?

R.- Las diferencias son abismales y medibles en un laboratorio de química analítica. Instituciones sanitarias de prestigio internacional, como el Public Health of England (a través de sus revisiones históricas) o las academias científicas de diversos países de la UE, certifican que estos productos reducen la exposición a sustancias tóxicas en torno a un 70-99% (dependiendo del producto) en comparación con el cigarrillo tradicional. Al calentar un líquido o una unidad de tabaco a temperaturas controladas (sin superar los 250-350 °C), lo que el usuario inhala es un aerosol o vapor, no humo. Por tanto, los niveles de monóxido de carbono se reducen a niveles prácticamente equivalentes a los del aire ambiental y la presencia de los principales carcinógenos cae de forma drástica. No son inocuos, por supuesto, pero la diferencia en términos de carga tóxica es la noche y el día.

P.- ¿Considera que estas alternativas, que según la evidencia disponible no generan el mismo nivel de exposición a sustancias tóxicas que el cigarrillo de combustión, están siendo reguladas bajo criterios similares a los que se aplican a otros productos que tampoco son inocuos, como el alcohol, los alimentos ultraprocesados o las bebidas azucaradas?

R.- Se está aplicando una doble vara de medir. Con el alcohol, las bebidas azucaradas o los alimentos ultraprocesados —productos cuyo consumo excesivo causa miles de muertes al año por cirrosis, accidentes, obesidad, diabetes o enfermedades cardiovasculares— el Estado opta por una regulación basada en la moderación, el etiquetado informativo y la educación. A nadie se le ocurre prohibir la cerveza sin alcohol o los refrescos zero equiparándolos en impuestos y restricciones a las opciones más dañinas. Sin embargo, con las alternativas sin combustión se quiere aplicar un prohibicionismo punitivo irracional. Se las equipara al cigarrillo convencional, que es el producto más letal del mercado, impidiendo que el consumidor reciba información veraz sobre su menor toxicidad. Es una asimetría regulatoria que carece de toda lógica sanitaria.

P.-  Todo esto es porque los críticos de estos productos sostienen que los cigarrillos electrónicos también pueden tener riesgos para la salud. ¿Cómo debe interpretarse ese riesgo en comparación con el cigarrillo convencional?

R.- Debe interpretarse estrictamente bajo el concepto de riesgo relativo. En medicina y en salud pública, casi nada es 100% inocuo. Los críticos cometen el error metodológico —a veces deliberado— de comparar el vapeo con el aire puro del campo y con los grupos de no fumadores. Esa no es la realidad del fumador. La comparación real y honesta debe hacerse frente al cigarrillo de combustión. Si un producto reduce la exposición a carcinógenos y tóxicos, mantener que «como no tiene riesgo cero es igual de malo que el tabaco» es una temeridad. Es el equivalente a decir que, como un coche con cinturón de seguridad y airbag aún puede sufrir un accidente mortal, es exactamente igual de peligroso que viajar en una moto a 200 km/h y sin casco. El riesgo residual existe, pero la diferencia de magnitud en el daño es incuestionable.

P.- Como cirujano oncológico, ¿qué le diría a un fumador de 50 o 60 años que ha fracasado varias veces en sus intentos de dejar el tabaco?

R.-  Le diría, en primer lugar, que no se culpe ni se rinda, porque la culpa es una barrera médica pésima. Le explicaría que su cuerpo lleva décadas acumulando un daño celular severo por culpa del alquitrán y el monóxido de carbono, y que cada año que siga fumando multiplica exponencialmente las papeletas para acabar en mi consulta con un diagnóstico de cáncer. Pero inmediatamente después le daría esperanza y una alternativa pragmática: «Si los parches, los chicles, la medicación o la fuerza de voluntad te han fallado, no estás obligado a elegir entre la abstinencia absoluta o la muerte. Cambia ya a un producto de riesgo reducido regulado. No es aire puro, pero vas a suprimir la mayoría de los venenos que entran a tus pulmones». A esa edad, el beneficio clínico de detener la inhalación de humo es inmediato y puede salvarle la vida.

P.- Si pudiera impulsar una única medida para reducir los casos de cáncer asociados al tabaquismo en España durante la próxima década, ¿cuál sería?

R.- Implementar por ley una regulación y fiscalidad proporcionada al riesgo. Esto significaría que las leyes y los impuestos de cada producto de nicotina dependerían directamente de su nivel de toxicidad. El cigarrillo de combustión, al ser el más dañino, tendría los impuestos más altos y las mayores restricciones de venta. Por el contrario, los productos sin combustión tendrían una fiscalidad notablemente inferior y se permitiría a los profesionales sanitarios prescribirlos o recomendarlos activamente a los fumadores refractarios. Si lográramos que el marco legal incentivara económicamente y médicamente a los 9 millones de fumadores españoles a sustituir el humo por el vapor, veríamos la mayor caída en las tasas de cáncer de la historia de nuestro país en la próxima década. Hecho que ya ha ocurrido en Suecia, tras 50 años de uso de snus y recientemente con los nicotine pouches. La ciencia ya nos da la herramienta; sólo falta la valentía política para aplicarla.