Opinión
Editorial

El sanchismo resucita las chekas contra su propia militancia

El sanchismo ya no disimula. El PSOE ha vuelto a convertirse en una maquinaria de disciplina interna que persigue sin compasión a los que se atreven a alzar la voz contra el líder. Cuando un militante se atreve a decir lo que piensa, enseguida le llega un mensaje amenazante en el chat de la agrupación. Es el recordatorio de que el espíritu de la cheka soviética que tanto inspiró al PSOE de la Segunda República sigue vivito y coleando. No es una exageración retórica: son los propios perseguidos quienes recurren a la palabra «chekas» para describir los métodos de control interno que sufren dentro de su propio partido.

Melchor León y Sebastián Guerrero, diputados ceutíes que conocen la crisis de primera mano porque la viven en su propia tierra, se han atrevido a criticar la forma en que Sánchez ha gestionado la avalancha migratoria. Y por ese pecado, según denuncian fuentes del propio partido a OKDIARIO, se han convertido en objetivo de una represión que baja en cascada desde la cúpula hacia las federaciones autonómicas, provinciales y locales. El mensaje que reciben es siempre el mismo: borra el comentario, retira la crítica, o atente a las consecuencias.

El caso de un concejal segoviano es un manual de manipulación en miniatura. El hombre cometió el error de llamar «vergüenza» a la respuesta del Gobierno ante la invasión y de cuestionar que Moncloa hablase de «colaboración con el atacante» al referirse a Marruecos. Ni siquiera mencionó a Sánchez. Le bastó con decir la verdad. Más de veinte llamadas después, poniéndole a parir, amenazándole, recordándole su lugar en el escalafón, el tuit desapareció. Así funciona hoy el debate interno en el partido del Gobierno: no se discute, se aplasta.

Y no es un caso aislado. En Galicia, el que fuera secretario de organización de las Juventudes Socialistas de Orense pidió la dimisión de un presidente de diputación señalado por denuncias de acoso sexual. Se lo cargaron de inmediato. Ni siquiera hizo falta que la crítica tocara a Sánchez: bastó con que incomodara a alguien con despacho. Eso no tiene otro nombre que caza de brujas. El PSOE ha convertido sus propios estatutos en un arma apuntada contra su militancia. Sánchez exige sumisión impuesta a golpe de amenaza velada y expediente disciplinario, mientras Ceuta se desborda y el presidente toma el sol en La Mareta como si nada.