Sahel S.A: multinacional del crimen organizado
Somos testigos de una avalancha de señales que nos indican que el Sahel va a ser el próximo punto de ruptura al que dedicar nuestra atención. Un sencillo ejercicio consistente en conectar los puntos.
Primera señal: la Guardia Civil siguiendo órdenes de la Audiencia Nacional, acaba de obtener el mayor alijo de cocaína, 45.000 kilos, interceptado en alta mar. Un barco que había salido de Sierra Leona y se dirigía a Libia.
Segunda señal: el ministro de Defensa de Mali, figura clave del vínculo con Moscú, ha sido asesinado a manos de los terroristas de Al Qaeda en su residencia oficial. Los ataques se están produciendo en todo el país, principalmente en Bamako. Kidal, ciudad símbolo recuperado con gran propaganda en 2023, ha vuelto a caer en las manos rebeldes.
Tercera señal: un reciente pacto Mali-Marruecos facilita la movilidad desde el Sahel suprimiendo la Autorización Electrónica de Viaje para los ciudadanos malienses a cambio del apoyo maliense al plan marroquí sobre el Sáhara. Este acuerdo abre unos corredores más permeables hacia zonas bajo influencia marroquí, desde donde se dan numerosas salidas hacia las Islas Canarias. La regularización está actuando como un verdadero imán para las mafias.
Y cuarta señal: Madrid vivió escenas de fuerte tensión con el asalto de la Embajada de Gambia, según el sindicato policial Jupol, por el proceso de regularización promovido por el Gobierno de España.
El continente africano está destinado a ocupar un papel clave en la nueva geopolítica mundial. Para el año 2030 aproximadamente un 20% de la población mundial vivirá en África. El Sahel, franja de transición entre el desierto del Sáhara y las sabanas del África subsahariana es ya un núcleo de rivalidades geoeconómicas. Se extiende a lo largo de 6.000 kilómetros, desde Senegal y Mauritania, hasta el entorno del mar Rojo, atravesando países como Malí, Burkina Faso, Níger, Chad o Sudán.
Es una región sumamente inestable de vital importancia estratégica en lo relativo a los flujos migratorios irregulares, el crimen organizado transnacional y la seguridad en Europa y España a una distancia de solo 1200 km entre Mali y Ceuta. El Sahel es una frontera inestable cuyas consecuencias afectan de forma directa a nuestra seguridad.
Su porosidad, la pérdida de control territorial por parte de los Estados y la consolidación de redes criminales incrementan la presión sobre los sistemas fronterizos europeos. La desintegración de Libia en 2011 provocó la dispersión de armas, combatientes y redes ilícitas hacia el sur, reforzando la rebelión tuareg en Mali en 2012 y facilitando la expansión de Al Qaeda y el Estado Islámico.
Todos los países de la Alianza de Estados del Sahel (AES) están gobernados por juntas militares, resultado de sucesivos golpes de Estado caracterizados por la pérdida del control físico de su territorio y del monopolio de uso de la fuerza, destacando la incapacidad para proveer servicios públicos. En términos sociales, todos estos estados fallidos se caracterizan por un gran crecimiento demográfico, movimientos masivos de refugiados, venganzas grupales y fuga de talento.
No es posible un control migratorio efectivo por parte de Europa debido en primer lugar a la imposibilidad de garantizar la autenticidad de los documentos de los ciudadanos originarios de dichos países, extendiéndose la falsedad documental que puede ocultar la criminalidad transfronteriza y, en segundo lugar, por la dificultad para implantar efectivamente políticas de retorno y devolución debido a la falta de cooperación de los países emisores, de los largos procedimientos de devolución y de la ausencia de garantías de respeto de los derechos humanos de los retornados.
En Mali, el actual gobierno mantiene un control limitado de las grandes ciudades como Bamako, Gao y Tombuctú, así como de una zona circundante, junto con una pequeña zona minera en la frontera con Mauritania. El resto del territorio es controlado por JNIM, Jama’at Nusrat al-islam wal-Muslimin, o por sus aliados de MLNA, el movimiento Azawad.
En Níger el gobierno domina únicamente la capital Niamey y la zona más próxima a Agadez. La denominada triple frontera entre Mali, Níger y Burkina Faso está ya controlada por el Estado Islámico, ISSP, al igual que la zona cercana al lago Chad.
La situación es crítica en Burkina Faso donde la Junta apenas domina el 30 % del territorio con ataques constantes. Dos millones de personas están desplazadas internamente, huyendo hacia Mali y Mauritania, saturando las rutas que terminan en Canarias. La maliense es una de las principales nacionalidades llegadas a España por vía marítima irregular. En el análisis de la situación del terrorismo y la delincuencia trasnacional, los llamados señores de la guerra cuentan con una base ideológica muy fuerte, vinculada a la religión y persiguen el cambio político a través de la violencia y la coacción. Los ciudadanos de Mali, Níger, Burkina Faso y Chad deben considerarse como nacionales de riesgo al presentar altos indicadores de radicalización y terrorismo, presentando altas probabilidades de contar con experiencia militar de combate
Mali, ubicado en el corazón del Sahel, tiene recursos minerales abundantes, oro, litio, bauxita y uranio, siendo un actor de la geoeconomía global. Su inestabilidad política ha transformado el panorama geoeconómico de la región con Mali convertida en un nodo vulnerable de cadenas de suministro globales.
Estos días Mali sufre ataques coordinados de una alianza inédita entre los separatistas tuareg y los grupos vinculados a Al Qaeda como el JNIM. El cerco a Bamako la está dejando sin suministros básicos, provocando la evacuación de ciudadanos europeos. La región de Kayes, donde se concentra el 80 % del oro maliense, corre el peligro de caer en manos de los terroristas.
Los grupos yihadistas, han creado una yihad geoeconómica que ejerce de propietaria de las principales minas de oro en el norte y centro de Mali, generando decenas de millones de dólares de ingresos mediante el zakat, una suerte de impuesto, además de realizar un gran contrabando transfronterizo. Esta yihad geoeconómica se entrelaza con una serie de corredores transaharianos que conectan con Argelia, Níger y Mauritania, facilitando el flujo de personas, drogas como el hachís y la cocaína y armas, amplificando la inseguridad en la zona.
Francia primero y ahora Rusia, han intervenido con unos intereses geoeconómicos claros, proteger las rutas del uranio y expandir la influencia en la zona, elevando los precios globales de las materias primas con un impacto negativo sobre las economías emergentes dependientes de las importaciones africanas. El interés ruso en el Sahel ha sido triple, desplazar la influencia francesa y europea, ganar apoyos políticos en los foros internacionales y asegurar acceso a los recursos críticos como el uranio y el oro, con contratos y posiciones estratégicas en África. Rusia negocia indirectamente con las redes de traficantes, facilitando las rutas hacia el Mediterráneo y generando crisis migratorias cíclicas utilizadas como herramienta de presión en el contexto de la guerra híbrida. Con estos fondos se financia la compra de armamento y el reclutamiento de tropas de mercenarios.
En el ámbito del tráfico de drogas, Rusia ha alineado su expansión en el Sahel con las rutas de cocaína que transitan por el Golfo de Guinea hacia Europa. Las redes criminales operan como centros logísticos y fuentes de financiación bajo la sombra de África Corps en Malí, Níger y Burkina Faso, donde se promueve el paso de toneladas de droga que desestabilizan a las sociedades europeas, potenciando su consumo y el crimen organizado asociado.
El tráfico de armas representa otro componente de la guerra híbrida donde Rusia suministra armamento directamente tanto a las juntas militares, como a redes ilícitas que hacen proliferar las armas ligeras en la región. Este aumento de armas en circulación alimenta los conflictos locales que generan más refugiados y, a su vez, presionan las fronteras europeas. Sin embargo, la situación de Rusia en el Sahel, especialmente en Mali, atraviesa su momento más crítico desde su llegada en 2021. El modelo ruso de «seguridad a cambio de influencia» está fallando en Malí y muestra grietas en los países vecinos.
El paso de un Wagner, brutal y agresivo, a un África Corps, más estatal y cauteloso, ha reducido el ritmo de las operaciones militares justo cuando los yihadistas se han reorganizado. Moscú ha subestimado la fragmentación étnica, las alianzas locales, los contactos entre yihadistas y líderes tuareg, y la resiliencia de los insurgentes. Rusia ya no tiene la capacidad logística, ni la información de inteligencia ni el volumen de tropas necesarios para controlar un territorio inmenso y complejo como el Sahel, menos en un momento en el que la guerra en Ucrania limita sus recursos. El fallo de inteligencia reciente ha sido mayúsculo al no detectar la concentración de 12.000 combatientes enemigos para el ataque contra Kati. El modelo de seguridad a manos de mercenarios funciona en operaciones puntuales, pero es insuficiente para sostener un Estado en descomposición como Mali.
El Sahel se ha convertido en un espacio plural de competencia estratégica. China opera con herramientas económicas basadas en construir y financiar infraestructuras, desplegando una estrategia de penetración basada en inversiones en energía y minería, asegurando su acceso a recursos minerales estratégicos, generando una dependencia económica progresiva que consolida un nuevo equilibrio de poder en la región.
Irán por su parte, además de la difusión de la ideología chií y una narrativa anti occidental, ha intensificado el suministro de equipo militar y entrenamiento a los países de la Alianza de Estados del Sahel, facilitando drones de combate y misiles antiaéreos, incluyendo cooperación en inteligencia y seguridad. A cambio ha obtenido Uranio para su programa nuclear.
En el ámbito migratorio, el Sahel se ha consolidado como la principal fuente de los flujos que llegan a las fronteras europeas. La inestabilidad política ha empujado a miles de personas a desplazarse hacia el norte. La falta de oportunidades económicas para una población joven y en rápido crecimiento convierte la emigración en la única vía de supervivencia frente al colapso de los países fallidos.
Mauritania está absorbiendo ya una parte importante de esta inestabilidad con una concentración de 300.000 refugiados malienses en su territorio. La ruta atlántica, iniciada desde las costas de Mauritania, Senegal o Gambia, se ha reactivado por el blindaje de la frontera norte de Marruecos. Aunque la cooperación bilateral con Marruecos y Mauritania logró reducir las llegadas totales en un 43% a principios de 2026, la presión de fondo en el Sahel sigue siendo una «bomba de relojería» demográfica y social que puede desbordar estos controles en cualquier momento.
La retirada o debilitamiento de las estructuras occidentales de seguridad en el Sahel disminuye la capacidad de observación, interlocución y anticipación de riesgos por parte de Europa. Para España, esta pérdida de presencia supone un menor margen de maniobra en una región donde se originan o se amplifican las amenazas que acaban proyectándose sobre el Mediterráneo Occidental. Por eso, la inestabilidad del Sahel debe leerse como un vector de inseguridad inmediata para nuestra política de seguridad y defensa.
Es el momento para la UE de contrarrestar la guerra híbrida rusa en el Sahel mediante una reorientación diplomática pragmática que profundice el apoyo y la cooperación con Benín, Senegal y Mauritania, priorizando el diálogo selectivo con las Juntas Militares de Malí, Níger y Burkina Faso. Una visión pragmática. España, como frontera sur, debe liderar iniciativas para vincular sanciones al tráfico ilícito y reforzar el control migratorio mediante unos acuerdos operativos eficaces. En este marco, la relación con Marruecos debe ser abordada desde un enfoque estratégico equilibrado, cooperación imprescindible, pero no dependencia absoluta. El dique que hasta ahora había funcionado gracias a acuerdos con la Unión Europea muestra signos claros de sobrecarga.
En el actual escenario descrito, con las rutas malienses hacia Canarias y Península consolidadas, transitando por Mauritania y Senegal a través de redes sólidas desde unos orígenes de extrema inestabilidad, llega la regularización del Gobierno en el peor momento, sin suficientes garantías de seguridad y control desde entornos de alto riesgo como el Sahel.
La coincidencia temporal entre el agravamiento del caos en Mali y Burkina Faso y la apertura administrativa española multiplica todos los riesgos citados, al facilitar en un contexto de colapso institucional la posible infiltración de perfiles no deseados entre los flujos migratorios.
Por ello es imprescindible realizar un control exhaustivo de los orígenes y los perfiles con una verificación rigurosa de los antecedentes penales. Las regularizaciones masivas en un contexto de inestabilidad e incertidumbre geopolítica no resuelven los verdaderos problemas, sino que los multiplican. No estamos ante una crisis humanitaria, es más una crisis de nuestra Seguridad Nacional.
Sine moderatione periculum certum est
José Luis Moreno, economista, ha sido director de Economía en la Comunidad de Madrid y en el Ayuntamiento de Madrid. Autor de Geoeconomía estratégica con ESIC
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