Opinión

Rusia y China ya están en la guerra

  • Carlos Esteban
  • Columnista de Internacional. Quince años en el diario líder de información económica Expansión, entonces del Grupo Recoletos, luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico Alba, escribió opinión en Época, en La Gaceta y ahora como freelance en OKDIARIO.

Hay escenas que están desconcertando a mucho presunto experto en política internacional, como esas en las que un misil desciende hacia su objetivo y, en mitad de la caída, surgen de él decenas de submuniciones que se dispersan en abanico y saturan las defensas antimisiles. En las pantallas de radar, un único punto acaba de convertirse en una nube de impactos. Esto no debía de estar pasando.

La pregunta en Washington y Tel Aviv es: ¿de dónde sale esta tecnología? Y la respuesta está en otra pregunta que se han estado haciendo muchos analistas: ¿por qué Rusia y China no intervienen para ayudar a Irán?

Es un modo de ver las cosas muy del siglo XX, y llevamos un cuarto de siglo en el XXI. Durante décadas se ha entendido la intervención militar de una manera muy concreta: divisiones cruzando fronteras, escuadrones desplegados en bases extranjeras, flotas navegando hacia el teatro de operaciones. Pero las grandes potencias han aprendido que, a menudo, la forma más eficaz de intervenir en un conflicto consiste precisamente en no aparecer en él.

Los estrategas tienen incluso un nombre para este tipo de enfrentamientos: guerra en la zona gris. No es paz, pero tampoco guerra abierta. Es ese espacio intermedio en el que las potencias influyen sin enseñar la patita, sin comprometer tropas, transfiriendo tecnología militar o proporcionando componentes críticos —desde sistemas de guiado hasta guerra electrónica o datos de satélite— que multiplican la eficacia de las armas. Nada que obligue a reconocer oficialmente la implicación y justifique una represalia directa, pero sí que altere el equilibrio de fuerzas. Y Moscú y Pekín han decidido ayudar a Irán de la forma más rentable.

Irán lleva años desarrollando su programa de misiles y drones mediante transferencia tecnológica, cooperación industrial y aprendizaje operativo en conflictos recientes. Rusia posee una enorme experiencia en guerra electrónica, defensa aérea y sistemas de misiles. China, por su parte, es hoy una potencia industrial capaz de producir componentes tecnológicos y electrónicos a gran escala. Ninguno de los dos necesita enviar soldados para aumentar la capacidad militar iraní. Basta con algo mucho más valioso: conocimiento técnico, inteligencia y acceso a determinadas tecnologías.

Un satélite, un sistema de guiado o un algoritmo de navegación pueden alterar el resultado de una batalla tanto como una brigada desplegada sobre el terreno. Para Moscú, además, el conflicto tiene efectos estratégicos evidentes. La crisis en Oriente Medio distrae recursos militares occidentales que hasta ahora estaban concentrados en Ucrania y empuja al alza el precio del petróleo, uno de los pilares de la economía rusa. Incluso una implicación indirecta puede producir dividendos.

China se mueve con mayor cautela. Su prioridad es evitar una confrontación directa con Estados Unidos que ponga en peligro su estabilidad económica. Pero eso no significa pasividad. Pekín mantiene desde hace años una relación estratégica creciente con Irán, que incluye cooperación tecnológica, acuerdos energéticos y ejercicios militares conjuntos con Rusia en aguas del Índico.

La lógica de las guerras entre grandes potencias ha cambiado profundamente. En el siglo XX, ayudar a un aliado significaba enviar tropas. En el XXI, muchas veces significa algo mucho más discreto: datos, algoritmos, satélites, componentes electrónicos, conocimiento técnico.

La pregunta está mal formulada. No es si Rusia y China están interviniendo en la guerra; la pregunta es cómo.