Opinión

Rufián torea a Junqueras

  • Xavier Rius
  • Director de Rius TV en YouTube. Trabajó antes en La Vanguardia y en El Mundo. Director de e-notícies durante 23 años.

Oriol Junqueras aseguró el pasado lunes que «fui a la cárcel por Cataluña, no para que Colau sea diputada de ERC». Lo dijo en un acto con Josep Rull, presidente del parlamento catalán; y Francesc Marc Álvaro, periodista antes en la órbita de CDC y ahora diputado de Esquerra en Madrid. La foto era la viva imagen del oasis catalán. Un magma.

Luego, en el programa de Ana Rosa, confirmó que «seguramente no asistiré» al acto previsto en Barcelona. En este caso con Irene Montero y el ex líder de los Comunes en el Parlament, Xavier Domènech. Bajo la excusa de que «tenemos muchos compromisos en la agenda, compromisos importantes». Le ha costado mojarse.

Rufián empezó a hablar de su alianza de izquierdas en verano del año pasado. A finales de año, intensificó la campaña de promoción personal. Hizo el primer acto en Madrid, algo así como la presentación pública, el 18 de febrero. Junto al concejal Emilio Delgado y la tertuliana Sarah Pérez Santaolalla.

En resumen, está toreando a Junqueras. Aunque cuesta imaginar al presidente de ERC haciendo de toro. Incluso a pesar de su envergadura física. Pero confirma que, en política, no hay amigos. Ni siquiera dentro del propio partido. Al fin y al cabo, Gabriel Rufián era su apadrinado, su amigo del alma, hasta fue a la boda en Irún.

En cualquier otro partido ya le habrían parado los pies o lo habrían descabalgado. Está aprovechando su cargo —y su infraestructura en Madrid— para montar una lista electoral al margen del partido. Pero no es que se haya caracterizado nunca Junqueras por sus dotes de liderazgo. Ni siquiera por la rapidez en la toma de decisiones.

El ex consejero Santi Vila, en su libro de memorias sobre el proceso (De héroes y traidores), explica una escena tras la reunión del gobierno catalán el 24 de octubre del 2017, nada menos que en un banco de la capilla del Palau, en la que le pregunta: «¿Dónde vamos, Santi?». El entonces titular de Territorio le contesta que «esto será un desastre».

Vila defiende convocar elecciones. Él esperaba ser el candidato del PDeCAT y Junqueras llegaría a la Generalitat.

«¡Oriol, si no hacemos el burro, de aquí a tres meses serás presidente!», le añade a modo de caramelo.

Sin embargo, no saca nada en claro. «Junqueras me escuchó atentamente, sonrió, creo que con complicidad sincera, pero no se comprometió a nada», confiesa.

A mí me pasó algo similar, a otro nivel, el 9 de junio del 2017. El líder de ERC había protagonizado una rueda de prensa como vicepresidente.

Me lo encontré después en la zona de ensaladas del restaurante del Parlament.

«Oriol, cómo te pasas», le espeté.
«¿Por qué?».
«No puedes dar respuestas de cinco minutos», le dije, porque tiende al monólogo.
«Así preguntáis menos», me admitió. «¿Con quién comes?», añadió y me invitó a su mesa.

No estábamos solos, iba acompañado de la minicorte que suele acompañar a un consejero de la Generalitat. Supongo que el jefe de gabinete, el jefe de prensa, algún asesor.

Pero aproveché para lanzarle la caballería por encima.

«No puedes hacer conferencias con Puigdemont», fue lo primero que le mencioné.
«¿Por qué?», volvió a preguntar.
«Porque, por protocolo, el presidente de la Generalitat tiene que hacerlas solo».

En efecto, Puigdemont —que tampoco es de muchas tablas— se había acostumbrado a hacer actos con Junqueras y con Romeva. Una en Bruselas y otra en Madrid, invitado por la entonces alcaldesa, Manuela Carmena. Tenía sus ventajas: repartía el protagonismo y no había preguntas incómodas de la prensa. Pero quedaba fatal.

Tras la comida, tuve la misma sensación que Santi Vila. Nunca me contradijo ni se defendió. Incluso, en algún momento, parecía que asentía. Como tiene un defecto visual, no sabías si te daba la razón o simplemente escurría el bulto.

Esto es Junqueras. Ha permitido que Rufián se le suba a las barbas. Entre otras razones, porque la operación es una manera de buscarse la vida. A sus 44 años, después de más de una década en Madrid y haber sido cabeza de lista en tres legislaturas (2016, 2019 y 2023), debe considerar que es el momento de nuevos horizontes laborales.

Dejó para los futuros votantes de la lista, si los tiene, el hecho de que alguien que dijo, en diciembre del 2015, que «en 18 meses dejaré mi escaño para volver a la República catalana». O que acusó metafóricamente a Puigdemont de cobarde con aquel famoso tuit de las «155 monedas de plata» el 26 de octubre del 2017, quiera ir ahora de candidato en una lista de la izquierda alternativa. Bienvenido, Gabriel, al mundo real.