Opinión

PNV, ERC y Junts sostienen un poder desgastado por la corrupción

Pedro Sánchez ya no gobierna España: la administra como un gerente cansado de aeropuerto, rodeado de maletas, sobres, socios de saldo y nacionalistas que le cobran cada voto como quien pasa la factura de un rescate. El sanchismo ha terminado convertido en una aduana moral donde entra Delcy Rodríguez de madrugada, pero sale el venezolano humilde por la puerta de atrás. Porque esa es la gran obscenidad de esta época: el Gobierno que durante años se envolvió en el discurso humanitario ahora fulmina la vía exprés de regularización para quienes escapaban precisamente del régimen con el que tantos vínculos incómodos aparecen en las investigaciones y escándalos.

España ya no sabe si vive una legislatura o un sumario por capítulos. Ábalos, Koldo, Cerdán, las mordidas, las grabaciones, las chistorras, los sobres, las reuniones discretas, Barajas convertido en novela negra de gasolinera tropical y Zapatero ejerciendo de embajador sentimental del chavismo mientras Caracas se desangra y Moncloa calla. El viejo socialismo obrero ha terminado oliendo a queroseno, petróleo venezolano y moqueta de sala VIP.

Y mientras tanto, ahí siguen los socios. El PNV de Aitor Esteban y el lehendakari Imanol Pradales, convertidos en guías espirituales de la estabilidad del régimen sanchista, mirando hacia otro lado mientras el país se degrada institucionalmente; aunque, asustados, en las últimas horas, dejan entrever que pueden descolgarse, ¡ahora! Luego está EH Bildu, Bildu, ese partido que aún vive electoralmente de la gestión sentimental de los presos de ETA y de la política penitenciaria, sosteniendo a un Gobierno a cambio de presos. Todos hablan de valores. Todos presumen de ética territorial, de identidad, de memoria histórica, de dignidad democrática. Pero al final votan lo mismo: mantener a Sánchez un día más en La Moncloa.

Y Cataluña tampoco queda al margen. Esquerra Republicana de Catalunya y Junts per Catalunya han terminado sosteniendo un ejecutivo exhausto, sin presupuestos durante años, sin mayoría social y atrapado entre escándalos permanentes. ERC habla de su centenario pasado, de pulcritud, pero ¿por qué están arropando entonces a este Gobierno? Por qué gimotea Rufián por Zapatero, ese que quiere ser ahora –mangas verdes– español. Progreso…, esgrimen.

Lo real, señores, es que apuntalan un Estado frágil, más endeudado y más dividido. Los riegan de competencias, de cesiones, de privilegios fiscales y de relato político, pero ni siquiera así consiguen convertir sus territorios en locomotoras económicas –son pobres al lado de Madrid–, hay que ver. Porque la gran ironía española es que quienes más denuncian a España viven políticamente de ella.

Y, por supuesto, faltaba Junts. El partido de Puigdemont, el prófugo convertido ahora en árbitro moral de la gobernabilidad española, deseando regresar a esa España que tanto despreciaba mientras sostiene sin pestañear esta podredumbre institucional. ¿Con qué autoridad política pretenden hablar de democracia o dignidad mientras apuntalan un Gobierno cercado por escándalos, corrupción y desgaste? Vaya, ¡qué altura de miras! Qué patriotismo de saldo. Han terminado convertidos en socios indispensables de un poder agotado, probablemente la generación política más mediocre y oportunista de la historia de nuestra España contemporánea.

Madrid, mientras tanto, sigue tirando del vagón nacional como una locomotora fiscal y empresarial frente a comunidades donde el socialismo subsidiado y el nacionalismo identitario llevan años fabricando burocracia, dependencia y propaganda. Y eso es quizá lo más devastador del sanchismo: no deja una idea de país, sólo deja bloques enfrentados negociando supervivencia. 

Y Zapatero sigue ahí, flotando sobre toda esta historia como un personaje de realismo mágico: mediador, consejero, amigo del régimen venezolano, ahora salpicado por investigaciones judiciales y conexiones empresariales que vuelven a unir petróleo, poder y política. España pasó de exportar transición democrática a importar sombras bolivarianas en salas VIP.

La historia probablemente no recordará esta etapa por sus discursos feministas ni por sus campañas de marketing institucional. La recordará por algo mucho más simple: un Gobierno sostenido por quienes decían combatir todo aquello que terminaron tolerando. Y eso España, nunca lo deberá olvidar.