Opinión

Pedro y el síndrome de la estatua

Hay políticos que gobiernan para resolver problemas. Otros gobiernan para ganar elecciones. Y luego está esa especie singular que parece gobernar pensando en el capítulo tercero de las memorias que algún negro literario escribirá cuando abandonen el despacho oficial. La obsesión no es administrar un país; la verdadera batalla consiste en administrar el relato.

Pedro Sánchez parece pertenecer a esa escuela. La Historia, con mayúsculas, se ha convertido en su espejo favorito. Debe de levantarse cada mañana preguntándose qué párrafo le dedicarán los manuales dentro de cincuenta años. Mala noticia: la Historia es mucho menos dócil que un comité de aplausos. Tiene la desagradable costumbre de escribir con tinta permanente y bastante menos propaganda.

Porque el poder tiene una característica incómoda: siempre se acaba. Todos lo abandonan. Antes o después. Ningún inquilino firma contrato indefinido con la Moncloa. Ni los que se creían imprescindibles. Ni los que se presentaban como salvadores. Ni siquiera Franco, cuya larguísima permanencia en el poder terminó, demostrando que hasta las autocracias tienen fecha de caducidad. La diferencia entre unos y otros no la marca el tiempo que permanecen en el sillón, sino el legado que dejan cuando se levantan de él.

Y ahí empieza el examen de verdad.

Un gobernante puede blindarse con coches oficiales, escoltas, vallas, cordones de seguridad y kilómetros de protocolo. Puede rodearse de asesores, altos cargos, directores generales y expertos en fabricar titulares. Incluso puede convertir cada comparecencia en una representación cuidadosamente coreografiada. Pero ninguna de esas barreras consigue ocultar una evidencia: cuanto más lejos vive un gobernante de la calle, menos entiende el ruido de la calle.

Existe una extraña alergia al ciudadano de carne y hueso. Al que espera el tren que no llega, al que hace cuentas en el supermercado, al autónomo, al agricultor, al camarero, al pequeño empresario o al jubilado que ya no distingue si la inflación baja o simplemente se ha acostumbrado a ella. La política termina convirtiéndose en una conversación entre despachos climatizados mientras el país sigue respirando fuera de ellos.

Después llegan esos discursos solemnes que parecen redactados por un comité de palabras abstractas. Mucha resiliencia. Mucha transformación. Mucho liderazgo inclusivo. Mucho horizonte compartido. Mucho concepto flotando en el aire y muy poca sustancia. Son intervenciones que recuerdan a esas redacciones escolares de final de curso donde uno escribe tres folios sin decir absolutamente nada. Mucho envoltorio. Muy poco contenido.

Los grandes estadistas nunca necesitaron esconderse detrás de una nube de adjetivos. Churchill hablaba para levantar un país devastado. Felipe González, con todos sus aciertos y errores, proyectó durante años una determinada idea de España. Podrá discutirse su gestión, pero difícilmente que existía una visión de Estado reconocible. Pensaban en décadas. No únicamente en la encuesta del próximo lunes.

Porque esa es la diferencia entre un político y un estadista. El primero administra el calendario. El segundo intenta construir una herencia.

La Historia, por cierto, tampoco suele dejarse impresionar por campañas de comunicación. Es bastante cruel. Acaba quitando el maquillaje a todos. Se queda con las decisiones, con las consecuencias y con el recuerdo que permanece cuando desaparecen los focos.

Y quizá ahí resida la mayor ironía. Quien más empeño pone en controlar cómo será recordado suele descubrir demasiado tarde que las páginas importantes nunca las escribe el protagonista. Las escriben los ciudadanos. Y esos, afortunadamente, todavía conservan memoria.