Palmetazos de ahogados
Hay unanimidad en considerar que la performance de la Pompeu Fabra entre Irene Montero y Gabriel Rufián es un ejercicio de supervivencia de ambos, que están anticipando lo mal que les puede ir en las próximas citas electorales. Eso si es que alguien les pone en alguna lista, que es algo que no está tan claro. Más bien parece que, conscientes de que nadie les va a llamar para formar parte de cualquier candidatura de consenso, son ellos los que han tomado la iniciativa de reclamarla.
Pero el escorzo para salir en la foto es tan forzado como evidente, y hasta es complicado no sentir por ellos un poquito de pena; porque el verlos tan buenitos, tan sonrientes, tan atentos entre ellos como amables con los demás, no puede ocultar la humillación que tienen que sentir ante el olvido y abandono a que les someten aquellos camaradas de IU y Sumar a los que tanto despreciaron.
Como, además, el tema fue lo que se esperaba: más un photocall que una puesta en común de ideas y proyectos que no existen fuera de su proyección personal, mal se justifica que se le dedique al evento ni esta pequeña reseña de la motivación de los protagonistas, que, en cualquier caso, debería incluirse en la sección de esquelas.
Respecto a Rufián todo se resume diciendo que no quiere volver a una Barcelona que le desprecia y le ignora. «De quien no me quiere, vil despojo», dice el soneto de sor Juana Inés de la Cruz. El nacionalismo, como el aldeanismo paleto (que viene a ser lo mismo), se cura viajando; y ese ha sido su problema, que ha salido y no quiere volver a la cueva anacrónica del supremacismo catalán, en la que, además, sólo le dejan estar en la zona de servicio. Porque en Madrid se ha convertido en un influencer, en un colega, en un personaje. Le invitan, le saludan y hasta le agasajan de forma transversal, ya sea en los restaurantes del barrio de las Letras, en las tabernas de Lavapiés o en los garitos de moda de Iñigo Onieva. Nada que ver con la displicencia con la que, por charnego, por inculto y por pobre, le tratan en el Upper Diagonal.
Su afán, por eso, no es otro que buscar un cobijo en un tejadillo comunistoide fuera de Cataluña, aunque tenga que renunciar a lo que sea, incluido el separatismo; porque es difícil que te voten en Madrid si solo hablas de la independencia de tu patria, que, además, no es la misma que la patria de los que te tienen que votar. Y, en su ignorancia, hasta pretendía que ERC le acompañara en esta singladura, ignorando que los republicanos catalanes tienen en su identidad de origen la negativa a unirse a la izquierda nacional.
Para Irene Montero, que ha protagonizado la carrera más absurda e inmerecida (para ella y para los españoles) de la política contemporánea, este es un movimiento más de impulso de esa carrera, que, aunque comenzó el día que se unió con Pablo Iglesias, puede que termine antes de que se rompa la unión con Pablo Iglesias. Podemos está a punto de desaparecer por ser, en esencia, un comunismo anacrónico, aunque viniera envuelto en un populismo del siglo XXI; pero, sobre todo, por las contradicciones paradigmáticas de sus líderes, y en especial del matrimonio Iglesias. Pero al contrario que Pablo, que aunque es muy vago tiene habilidad y atributos para ganarse la vida, Irene necesita un empleo público, y por eso para ella esta maniobra con Rufián no deja de ser una forma de echar un currículum.
Fuera de estos obituarios personales, y para que conste que perdimos el tiempo escuchando lo que se dijo, el mensaje se puede resumir en que hay que juntar todas las siglas de la izquierda en una sola para cada circunscripción electoral, pero sin poner programas en común y «sin que nadie renuncie a nada». Se olvidaron de explicarnos cómo evitarán que un comunista de Badajoz piense que está apoyando a los separatistas periféricos o que, al contrario, los supremacistas catalanes crean que votan por aquellos gandules que se gastan en Andalucía o en Extremadura lo que les roban desde Madrid.
Así que, para que la unanimidad de verdad lo sea, coincido con la opinión de todos en que se trata de una operación de auto salvamento de estos dos inútiles, que ya estaban sintiendo el olor dulzón de la gangrena en una carrera política que, por otro lado, ha sido injusta e incomprensiblemente larga. Solamente añadir que, tal como decíamos, el separatismo supremacista y el populismo de izquierdas son incompatibles para sus respectivos votantes, aunque Rufián y Montero no lo quieran ver; y por eso su iniciativa será como los palmetazos desesperados de los que intentan no ahogarse, que solo consiguen hundir más al infeliz al que se agarran.
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