El «¡No pasarán!» de Patxi López
A 90 años de distancia del fatídico 1936 se revelan bochornosas, además de temerarias, algunas alocuciones frentistas y belicosas de algunos políticos de izquierda, sobre todo cuando van dirigidas a la juventud. Es el caso de Patxi López, portavoz del PSOE en el Congreso, que en un acto de campaña en Castilla y León el pasado domingo alentó a los jóvenes a ser la «generación» y «avanzadilla» del «¡No pasarán!».
Aquella consigna guerracivilista, de tan épicas como criminales resonancias, fue aireada en el Madrid del otoño sangriento de 1936, cuando miles de defensores hacían frente heroicamente a las tropas de Franco, mientras otros miles se dedicaban vilmente a ejecutar asesinatos en masa en la retaguardia.
Bastaría recordar que Patxi López llegó a lehendakari del Gobierno vasco gracias a que dejó pasar hasta la cocina de Ajuria Enea los votos del PP que necesitaba para obtener la investidura. Entonces había que hacer frente al delirio ultranacionalista, el árbol y las nueces, en que chapoteaban ETA y el PNV.
Porque aquel, 2009, ETA seguía siendo ETA sin los disfraces oportunistas que luce ahora cuando se sienta con Sánchez a marcar la dirección del Estado. A quienes apuntaba la banda asesina entonces era, entre otros muchos objetivos, a los militantes del PSOE y del PP, en el punto de mira de las pistolas de los últimos chequistas que ha sufrido España, los que se decían también herederos de aquella fratricida consigna del «¡No pasarán!».
En fechas muy parecidas, pero de hace noventa años, el 18 de febrero de 1936, un señor de Bilbao lamentaba desde las páginas del diario “El Sol” la actitud de una generación de jóvenes que se estaba dejando empujar a la violencia por los profetas de la discordia.
Aquel señor, Miguel de Unamuno, vaticinó entonces, con sólo cinco meses de antelación, el estallido de la contienda fratricida: «Las juventudes españolas son retrasadas mentales. Si no se aquietan las pasiones, iremos a una guerra civil. Hay quien dice que éste será el último Parlamento, y acaso ocurra así».
Alguno podría pensar que el diagnóstico de Unamuno sobre el estado mental de los jóvenes de aquella época encajaría mejor hoy con el de determinados políticos, y no es cuestión de citar a nadie. En todo caso, apelar a una proclama de enfrentamiento, de división y de deslegitimación del contrario es absolutamente irresponsable.
Lo recientemente vivido en la Universidad del País Vasco (UPV), donde hasta el rector Joserramón Bengoechea ha respaldado la amenaza de violencia como fórmula de censura de un acto de Vox, es un anuncio de lo que viene.
Hasta el PSE de Patxi López ha rechazado equidistantemente el cierre del campus de Vitoria, desacreditando el «¡No pasarán!» del rector.
Más contundente ha sido el PP al denunciar la permisividad hacia los violentos. Ejemplares también las voces de tres ex rectores y cuarenta profesores de la UPV que han denunciado la “hipocresía” del rector, que para censurar a Vox ha permitido que el matonismo de los radicales se enseñoree del campus.
El llamamiento de Patxi López a la juventud como «carne de cañón» política esconde una estrategia de inquietantes consecuencias para la sociedad española. Es el PSOE, que lleva años robando el futuro a las nuevas generaciones, quien osa convertirse en abanderado de su protesta contra un supuesto «enemigo» que vendría a destruir lo que ellos mismos ya han dejado en ruinas.
Sánchez ha quebrado muchos cimientos de la España de la libertad y el bienestar, incluida la línea histórica que garantizaba para los hijos una vida mejor que la de sus padres.
Desde el desmantelamiento de la educación pública como escalera social a la parálisis gubernamental ante la crisis de la vivienda, pasando por las difíciles condiciones de entrada al mercado de trabajo, con un 23% de paro juvenil, frente al 6% de Alemania, el Gobierno de Pedro Sánchez ha tenido un propósito claro, que la consigna de Patxi López pone de manifiesto meridianamente.
Se trata de empujar a los jóvenes a una situación en la que consideren que no tienen nada que perder para después manipularlos y lanzarlos contra todo lo que represente la posibilidad de un cambio del estado de cosas.
La bravata de Patxi López dirigida a los jóvenes españoles revela en el fondo la incertidumbre de la cúpula socialista ante su comportamiento electoral. Con toda la razón, pues los jóvenes ven su futuro hipotecado por la falta de soluciones de un Gobierno sin más proyecto ni rumbo que el de mantenerse en el poder.
Además, perciben claramente que Sánchez no gobierna a favor de los intereses de los jóvenes, sino en beneficio de una organización cleptocrática dedicada al saqueo de las cuentas públicas en su propio provecho. Hoy lo verdaderamente revolucionario es mandar al trastero de la Historia a esta forma organizada de rapiña del Estado.
La reciente admisión por el Ministerio de Cultura de que se estaba usando fraudulentamente el «bono cultural joven» para el pago de copas en discotecas, evidencia el uso meramente electoralista de los jóvenes. Regalar 400 euros a los que llegan a la edad de votar cuando la carga fiscal de cada uno de sus progenitores ha aumentado en 2.416 euros desde que está Sánchez en el poder, es un verdadero timo.
La alternativa al proyecto de demolición de Sánchez pasa ineludiblemente por alcanzar un pacto generacional que revierta el dañino efecto que el socialismo está causando entre los más jóvenes. Señuelos como el «¡No pasarán!» son, además de una rancia pancarta con la que envolver momias, la señal de que el PSOE es consciente de cómo ha hundido las esperanzas de los jóvenes, hasta el punto de convertirlos en meros adornos de su estrategia: no como protagonistas de un nuevo tiempo, sino como figurantes en los parapetos que rodean el búnker de Sánchez.
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