Leer junto a la piscina
Hemos huido del sordo fragor de miles de torres de refrigeración que construyen sobre los cimientos sudorosos de la ciudad una nueva Jerusalén de aire acondicionado. Han llegado el verano, las bermudas, los niños hiperactivos en la playa, el tinto con gaseosa, la casuística entre el gazpacho y el salmorejo. Contábamos las semanas que quedaban para el éxodo de verano y de repente – Vueling mediante y esos aeropuertos abarrotados de masas estivales- estamos a la vera de la piscina con un gorro de seguidor del ‘tour’.
Quedan lejos los veranos de la adolescencia, el pájaro loco de la juventud y aquella ilusión de la tarde en que por primera vez fuimos a jugar a la bolera con Dorita forzosamente tiene que corresponder a alguna oscura nostalgia de claustro materno. En cuestión de añoranza, todo vale. En la ciudad añoraríamos la fría alberca de los veranos de la infancia y al borde de la piscina añoramos los agostos en la ciudad, con sus calles semivacías, a años luz del verano abigarrado en las playas. Volver a los multi-cines y hartarse de palomitas de maíz. Ahora ya ni nos acordamos de si nos gustaba más la ginebra con Coca cola o con Pepsi. Desapareció el hombre tranquilo, sentado en el balcón, con camiseta imperio, con el botijo a mano. Aparecieron los turistas, tantos turistas, los contratos temporales en el chiringuito de sardinas, los videojuegos. Desaparecieron las veladas familiares ahuyentando mosquitos y ahí estamos pendientes de los wasaps.
Benditos sean los parasoles de la piscina. Ponerse a la sombra porque –como dijo Ortega- el sol evapora el pensamiento. Según lo cutre del lugar, se mascan bocatas en forma de submarino nuclear en período de reparación. Aplastar una lata de cerveza vacía es la épica más solicitada. En general, la panoplia más completa es la del móvil en una mano y el botellín de agua mineral de la otra: comunicarse sin tener nada que decir, saciar la sed sin esperar a sentirla. Veranos con smartphone que a lo mejor y por suerte nos olvidamos en la mesita de noche para no perder ni un instante del ocio sagrado.
Todos los errores cometidos durante un año no habrán podido aniquilar la magia del sueño de la noche de un verano, equiparable a un ciclo de ciclos que perpetúa la reconciliación armónica entre el individuo y el mundo, entre la voluntad y la naturaleza. Junto a la piscina, lo mejor es leer a pierna suelta. Leer como placer y como conocimiento se remonta a los orígenes de todo, porque al principio de los principios fue la palabra. El espectáculo ha terminado. No hay mejor desenlace para el sueño como verano al que accedemos al abrir las páginas que un libro que todavía no hemos leído. Entre chapuzón y copa de vino blanco llegamos al segundo capítulo casi sin aliento, atravesando el caudal de una gran ola de energía vital. Es el vicio más barato y adictivo del verano, ponerse a leer y, cuando corresponda, largas siestas como en la infancia.
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