Geopolítica e historia de España: sólo se defiende lo que se ama, y no se puede amar lo que no se conoce
Estamos viviendo un tiempo en la historia mundial de una especial complejidad, y con un riesgo cierto de que se desencadene una guerra que pueda llegar a alcanzar una dimensión no susceptible de ser considerada ni de «limitada» ni de «convencional». Es decir, de una gravedad que le permita ser calificada como —esperemos no sea así— de una virtual Tercera Guerra Mundial.
La finalización de la Segunda en 1945, con el lanzamiento de las primeras bombas atómicas —que hasta ahora son las únicas lanzadas en una guerra— sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, hizo que se considerase como imposible que sucediera una Tercera. Obviamente, dada la extraordinaria capacidad destructiva del arma nuclear, hoy ya en posesión de diversos países, y en especial por parte de China y Rusia, además de EEUU.
La República Islámica Iraní es una dictadura teocrática en manos de los ayatolás, y con una población superior a los 93 millones de habitantes. Lo que la convierte en un enemigo no fácil de doblegar, incluso mediante una operación militar de alta precisión quirúrgica, como fue la del 28 de febrero en Teherán, que descabezó a la cúpula política y militar iraní, pero la guerra ya está en su 24.º día, y sin perspectivas claras de un próximo final. De hecho, Trump ha lanzado un nuevo ultimátum a Irán en relación a acabar este martes -que acaba de posponer- con su bloqueo selectivo del estrecho de Ormuz, amenazando con un ataque demoledor.
El actual y convulso mundo, de transición entre el orden geopolítico surgido en 1945 y uno nuevo, se encuentra ahora en combate para definirlo entre EEUU, China y Rusia. En esta situación, la identidad nacional e histórica de los diferentes países juega un papel más importante que nunca respecto a la importancia estrictamente de la fuerza, para salvaguardar su soberanía nacional.
Un significativo ejemplo de ello lo da la primera ministra italiana Giorgia Meloni, que ante el debate planteado por su política respecto de la gran cantidad de inmigración irregular de raíz musulmana, ha efectuado una declaración política con un mensaje que ha tenido un gran impacto. Meloni quiso dejar claro que Italia no está dispuesta a abandonar lo que considera esencial de su identidad: «Dios como base moral, la Patria como sentido de pertenencia y la Familia como núcleo básico de la sociedad». Añadiendo que «en un mundo como el actual, donde muchas tradiciones son cuestionadas y los principios relativizados», aseguró que continuarán defendiendo con «valentía, orgullo y firmeza lo que creen», puesto que «perder sus raíces sería perder la esencia misma de lo que son».
Y no olvidemos a estos efectos que «no se defiende lo que no se ama y no se puede amar lo que no se conoce». Es decir, que es fundamental para un país que no quiera ser sometido a un nuevo orden geopolítico, perdiendo su identidad, establecido por otros y basado en la mera aplicación de «la ley de la fuerza», el tomar conciencia de que su eventual defensa debe estar apoyada en la auténtica querencia a sus raíces.
Este es un principio que España no puede jamás olvidar, ya que la mayor guerra existente en dos mil años de historia, para que un país se defendiera de una invasión que anulaba la identidad nacional construida sobre sus raíces, fue su guerra de la Reconquista cristiana de 780 años, frente a la invasión musulmana. Una defensa estrictamente militar por parte de una nación, sin una adhesión inquebrantable a su lengua, cultura y los principios y valores propios de su religión —sus raíces— no tiene efectividad ninguna.
Actualmente, con las regularizaciones masivas de inmigrantes que carecen de adhesión a nuestras raíces judeocristianas históricas, la nación española se encuentra sumida en un proceso «desnacionalizador» que, unido a la patente hostilidad del sanchismo gobernante respecto a EEUU e Israel, nos sitúa en un absoluto limbo geopolítico futuro. Transformándola en una mera plataforma territorial al servicio de los intereses de la potencia que se establezca como la dominante en la zona. Por ello es indispensable promover el conocimiento de nuestra verdadera historia, y no pretender imponer legalmente una «democrática memoria» que no es verdadera y auténtica historia de España.
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