Opinión

Un fiero León frente el relato

Después del primer discurso de León XIV en el Palacio Real se las prometieron muy felices en Moncloa. La defensa filosófica de la verdad como valor fundamental y como catalizador del auténtico relacionamiento humano tuvo una gran altura intelectual, pero seguramente de esa parte no entendieron mucho; así que se quedaron con ese agradecimiento final a España por la defensa del multilateralismo y el Derecho Internacional, que fue un claro guiño con el que el Papa quería superar desde el principio reticencias y perjuicios.

El león ya está domado, debieron pensar; y ya se veían capitalizando como apoyo a sus propias políticas la acogida y el cariño que los españoles iban a ofrecer al Santo Padre. Creyeron que, agarrándose a la sotana del cura Prevost, que tiene una orientación ideológica de izquierdas, podían apropiarse, o al menos compartir, el reconocimiento y la complicidad de los madrileños y los españoles con el Papa León. ¡Que ingenuidad la de estos panolis! Ya dijo Prevost que él es del Real Madrid, pero que el Papa es de todos, y desde luego para llegar a sentarse en la silla de Pedro hay que ser cualquier cosa menos un ingenuo desavisado.

No es solo que la matraca del relato que cocinan en Moncloa, que se ha convertido en la ergástula de la verdad, oculte mal la realidad al discernimiento de los españoles, es que su superioridad moral les tiene muy autoengañados; no es solo que les sobre prepotencia pseudointelectual y cultureta, es que les falta humildad y que, como dirían los miles de jóvenes que están acompañando al Santo Padre, les falta calle.

Ellos, no obstante, seguirán dando la murga; intentando hacernos creer que la elevada, desinteresada e integral apuesta por la persona humana del Papa es equivalente a su discriminado y sectario posicionamiento y al trampantojo humanitario en que convierten solamente aquellas causas que les interesan. Pero, además, si en los socorridos temas de la emigración o de la paz han encontrado en los discursos del Papa una agarradera para su desahogo y para la elaboración de su relato, hay otros muchos donde la límpida mirada hacia lo alto de León XIV no les ha dejado ningún margen; y ésa es la realidad, aunque los listísimos asesores lean y relean sus discursos y hagan forzadas exégesis de sus mensajes para intentar convencernos de que dijo lo que no ha dicho y que no ha dicho lo que sí dijo.