Opinión

¿Era Yolanda Díaz un insulto a la inteligencia?

  • Carla de la Lá
  • Escritora, periodista y profesora de la Universidad San Pablo CEU. Directora de la agencia Globe Comunicación en Madrid. Escribo sobre política y estilo de vida.

Hubo un momento, incluso, en que nos creímos a Yolanda: una mujer, una nueva candidata en España (donde aún —esto es muy feo— no hemos tenido presidenta) que iba a domar los agresivos egos morados, poner un poco de terciopelo en la izquierda y, de paso, plantarle cara a la derecha con su sonrisa de profesora particular.

Alguna décima de segundo pareció una ilusión de decencia, una buena opción (menos mala): dulce pero firme, feminista y razonable, técnica con estilismo. Y sin embargo, dos días después de su anuncio, su proyecto y su marca personal yacen sin duelo en la cuneta política.

Analizando su auge y caída particulares, la primera razón de su fracaso, claramente, es su voz. Eso y que la enarbolaba desplegando como pocos tecnócratas el arte más dañino entre los que viven de los privilegios de lo público: el de no responder jamás, «hojas de ruta», «espacios de diálogo», «procesos participativos», «la gente decente», «ganar derechos», «economías que abrazan». Nunca un verbo claro, nunca un «sí», un «no», ni un «me equivoqué»…

Los españoles la escuchábamos en una disyuntiva dolorosa: o no había entendido nada de nada del mundo ni de los problemas que nos atañen en el contemporáneo, o demasiado, tanto que no podía responder porque la asimetría entre lo que decía representar y lo que realmente hacía era ya imposible de sostener sin reventar el atrezo. Una psicópata o una comegambas, pues.

Su voz, insisto, no la ha ayudado: ese timbre neuróticamente infantilizado, impostando virtud, bondad (esto lo hacen Sánchez y Pablo Iglesias, otro par de cursis internacionales), gentileza, sencillez, como de becaria de guardería ideológica, estaba diseñado para provocar un rechazo visceral e intelectual al mismo tiempo, sin redención.

Esa espantosa voz prefabricada te hacía sentir (si eres normal) muy loca. Si no la entendías, el problema eras tú, no ella. Si te chirriaba la cadencia, era que te faltaba perspectiva de género, modernidad, ¿sensibilidad? Si percibías que su discurso daba vueltas sobre sí mismo hasta el dolor, hasta la meningitis, es que no sabías apreciar la solidaridad… So fascista.

Era un truco perfecto y no muy original: ofrecer disparates como elevación y complejidad. La gente cuando no entiende, a veces idealiza. El problema es que luego la peña, incluso la más domesticada, tiene un límite: aguanta el cachondeo un rato.

Yolanda se presentaba como guardiana de la decencia universal, pero en la práctica, teníamos una socialdemócrata cansada sosteniendo a un presidente abrasado por sus propias contradicciones. El comunismo, esa superstición tan propia de los envidiosos, quedaba para las citas solemnes.

El feminismo también era selectivo: sororidad de chat gtp, mucha performance 8M, pero silencios severísimos cuando los casos de abusos amenazaban equilibrios internos.

Se nos prometió una «nueva forma de hacer política» y nos entregaron la más vieja de todas: la construcción de un culto personal cuidadosamente peinado y vestido, ambición descarada y vergonzante. «Yo no voy de ego», decía en su meritocracia sentimental: soy la más buena, luego soy la más indicada.

Cuando llegaron las malas encuestas, el aire se fue del globo con la misma rapidez con la que había entrado.

¿A quién beneficia su defunción política? A su espacio, poco: lo que viene ahora es un «Sumar huérfano» con las mismas siglas y menos tirabuzones. Podemos puede decir «te lo dijimos, traidora», pero siguen arruinados moral y electoralmente. Al PSOE, algo: se libera de una aliada incómoda, pero pierde la coartada estética de tener a la izquierda purpurina en la foto de la comunión. A las izquierdas, desde luego, no las beneficia: los zurdos se hunden y el votante huye nadando.

Quizá la única beneficiada sea la propia España, y como no, la inteligencia. ¿A quién beneficia que se haya ido? A todos los que, por lo menos, queremos que nos mientan algo mejor.