derrota vergonzosa
Si el Mallorca aspira a ser juez de la liga tendrá que empezar por comprarse la toga y el mazo que se debió olvidar en Palma antes de viajar para juzgar al Almería, convertido en el Milan de Sacchi merced a la desidia, descordinación y desgana de la que hicieron gala los discípulos de Javier Aguirre, a quien valdría preguntar qué entiende por «darlo todo», según expresó en la rueda de prensa tópica y típica, como todas, de la víspera.
De no hablar en castellano o desconocerlo deduciríamos que quiso decir «no vamos a dar nada», pero no es el caso. No hay derrotas honrosas, como se califican a aquellas en las que, sencillamente el contrincante ha jugado mejor, pero si las hay menos sonrojantes y la del Mallorca en el antiguo escenario de los Juegos del Mediterráneo, fue todo lo contrario: de vergüenza.
La tarde se había presentado divertida cuando a los 3 minutos Kang-in Lee, en una de sus carreras, se plantó en solitario ante la portería de Fernando, pero remató con la derecha, ya algo escorado, y al cuerpo del cancerbero. Créanlo o no, porque no es fácil, fue todo lo que hizo la escuadra balear en todo el encuentro.
Con la habitual línea defensiva de cinco, ausencias al margen, absolutamente deslabazada, con los laterales a pierna cambiada, un despropósito, y Antonio Sánchez como paradigma de que una solución de emergencia nunca vale como método, cada uno de los tantos locales dejó en evidencia lo que ha sido el fundamento en el que se ha basado la conquista de la permanencia: la solidez de su retaguardia. Sin el menor atisbo de creatividad en los cuatro de medio campo, Amath inexistente, Baba fallón y desubicado y Dani Rodríguez como pollo sin cabeza, solo el coreano ponía destellos de su calidad sin, todo hay que decirlo, la colaboración de Muriqi, impreciso, controlado y muy alejado de su zona de confort, el área.
El árbitro nos hubiera hecho un favor de haber señalado el final de la contienda a los 45 minutos. Nos hubiera ahorrado el rubor. Claro que Rubi y los suyos no hubieran celebrado su fiesta particular, lo cual tcmpoco hubiera sido justo. El clásico 5-4-1 bermellón pasó a un 4-4-2 que, para más inri, acabó en un 4-2-4. Daba igual. El ridículo se pude hacer con cualquier dibujo y quizás el «mister» debió obligar a pasar la humillación a quienes la habían iniciado, lo cual tampoco justifica a los suplentes de otros suplentes. Mal ejemplo para los cinco canteranos condenados a contemplar seejante espectáculo, sin olvidar que tales promesas de futuro acaban de descender a Tercera.
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