Opinión

Cuando atacan una sinagoga, atacan a Europa

En la última semana, una serie de ataques contra instituciones judías en Europa y Estados Unidos ha vuelto a encender una alarma que muchos llevamos tiempo advirtiendo: tarde o temprano, si no se adoptan medidas concretas para proteger a la comunidad judía, estos hechos terminarían ocurriendo. En el transcurso de tan solo siete días hemos visto cómo una sinagoga en la ciudad belga de Lieja sufrió una explosión. Unos días más tarde fue el turno de otra sinagoga en la ciudad neerlandesa de Rotterdam, que también fue objeto de un incendio provocado. Finalmente, el pasado sábado, el único colegio judío de Ámsterdam sufrió los efectos de otra explosión deliberada. Gracias a Dios, ninguno de estos ataques terroristas se cobró la vida de civiles inocentes. Todos ellos fueron reivindicados por la misma organización terrorista, Ashab Al Yamim. Se trata de un grupo chií de reciente aparición, cuyos vídeos de propaganda han circulado a través de canales vinculados a Hezbolá y a la Guardia Revolucionaria iraní, lo que sugiere un posible nexo con los grupos proxy de Teherán.

Cabe mencionar también que esta misma semana la Fiscalía Federal de Alemania comunicó que las autoridades de Chipre habían detenido a un contrabandista de armas vinculado a Hamás. Según las investigaciones, transportaba armamento con el propósito de perpetrar atentados contra instituciones judías e israelíes en Alemania y en otros países europeos. Al otro lado del Atlántico, un ataque contra una sinagoga en Michigan, en la que se encontraban numerosos niños, recordó que esta amenaza no conoce fronteras. Si el equipo de seguridad y los primeros intervinientes hubieran estado menos preparados, el resultado podría haber sido una masacre de niños y profesores. Todo esto, conviene recordarlo, ha ocurrido en el corto espacio de una semana. Bienvenidos a otra semana en la vida de la comunidad judía en la diáspora.

Evidentemente, las condenas por parte de los diferentes gobiernos locales, regionales y, en algunos casos, también nacionales, no se hicieron esperar. Una vez más, el mismo patrón se repite. Las autoridades declaran con firmeza que el antisemitismo no tiene cabida en nuestras sociedades democráticas, mientras los ataques contra la comunidad judía alcanzan niveles que no se veían desde los años treinta del siglo XX. Por eso, desde la European Jewish Association, organización que representa a cientos de comunidades judías en el continente, llevamos meses advirtiendo a los líderes europeos que, si no se toman medidas urgentes, la vida judía en Europa podría llegar a desaparecer.

Nuestra propuesta es clara: que la comunidad judía cuente con un estatus especial de protección. No se trata de privilegios, como algunos argumentan. Se trata de garantizar la supervivencia de un pueblo y, al mismo tiempo, la integridad moral del continente. Existe un precedente europeo: el del pueblo sami. Los sami viven en Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia. Como los judíos, poseen una cultura y un idioma propios. Como los judíos, defienden su identidad y su herencia. Como los judíos, constituyen una pequeña minoría, inferior al 1% de la población de los países en los que viven. La diferencia es que el pueblo sami no enfrenta un problema estructural a la hora de vivir plenamente según sus tradiciones y costumbres. Tampoco tienen que financiar su propia seguridad para poder practicar su religión o mantener sus instituciones educativas. Esa seguridad está garantizada y financiada por el Estado, no por las propias víctimas.

Nuestros líderes políticos hablan constantemente de libertad y democracia. Sin embargo, la realidad que vive la comunidad judía demuestra lo contrario. Cada año, los centros comunitarios judíos necesitan instalar más cámaras de vigilancia, levantar vallas más altas y reforzar su seguridad con una presencia policial permanente.

¿Puede realmente llamarse libertad a una situación en la que una comunidad debe vivir rodeada de medidas de seguridad extraordinarias simplemente para poder rezar o enviar a sus hijos a la escuela? ¿Qué crimen ha cometido la comunidad judía para verse obligada a vivir bajo estas condiciones, que lamentablemente se han normalizado desde hace demasiado tiempo?

Hablemos con claridad. Con demasiada frecuencia, los judíos son percibidos primero como extensiones del Estado de Israel y solo después, si acaso, como ciudadanos o civiles. Un ejemplo reciente lo vimos el pasado viernes en la CNN, cuando la comentarista Angelina McCahey se refirió a la sinagoga atacada como un «templo israelí», en lugar de una sinagoga, en lo que parecía ser un intento de vincular el ataque en Michigan con el conflicto en Oriente Medio. Cuando fue confrontada en X (antes Twitter), McCahey llegó a afirmar que la sinagoga constituía un «objetivo estratégico» y que el ataque estaba relacionado con la guerra en Israel.

Esta distorsión es profundamente peligrosa, porque convierte cada sinagoga en un campo de batalla simbólico y a cada judío en un objetivo potencial. Envía un mensaje inquietante a quienes buscan justificar la violencia: que si envuelven su odio en el lenguaje de la geopolítica, siempre habrá quien busque matices antes de llamar a las cosas por su nombre. Pero ninguna pérdida en Gaza, por terrible que sea, se repara aterrorizando a niños judíos en Detroit o en Ámsterdam. Ningún ataque en Irán encuentra respuesta convirtiendo una sinagoga en un escenario de violencia.

Combatir el antisemitismo exige claridad moral. Significa rechazar cualquier intento de justificar la violencia contra los judíos en nombre de conflictos internacionales. La presencia judía forma parte integral de la historia, la cultura y el futuro de Europa. Protegerla no es simplemente un gesto de solidaridad hacia una minoría. Es una afirmación de los valores democráticos sobre los que se construye la Europa moderna. Cuando una sinagoga o un colegio judío es atacado, no solo se ataca a los judíos. Se ataca la promesa europea de libertad, pluralismo y dignidad humana. Y esa promesa es algo que Europa no puede permitirse perder.

(*) Juan Caldés es manager de asuntos públicos en España de la Asociación
Judía Europea.