Colombia despierta de la pesadilla de Petro

Colombia despierta de la pesadilla de Petro
  • Carlos Esteban
  • Columnista de Internacional. Quince años en el diario líder de información económica Expansión, entonces del Grupo Recoletos, luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico Alba, escribió opinión en Época, en La Gaceta y ahora como freelance en OKDIARIO.

Colombia ha cerrado la etapa de Gustavo Petro como quien cierra una aberración histórica. El nacionalista Abelardo de la Espriella ganó el domingo la segunda vuelta presidencial con el 49,66% de los votos frente al 48,70% de Iván Cepeda, candidato respaldado por el presidente saliente. La diferencia basta para poner fin al primer gran experimento izquierdista de la historia reciente del país y supone un duro golpe para el proyecto político que durante años impulsaron el Foro de São Paulo y el Grupo de Puebla en toda Hispanoamérica.

Cuando Gustavo Petro llegó al poder en 2022, en La Habana, Caracas, São Paulo y el Grupo de Puebla se descorcharon botellas. Colombia era una vieja obsesión de la izquierda latinoamericana, el único país sudamericano que parecía inmune a los cantos de sirena de la izquierda que ha arrasado la zona. Mientras el populismo avanzaba por buena parte del continente, el país seguía resistiéndose a incorporarse plenamente al proyecto político impulsado durante décadas por el Foro de São Paulo.

La victoria de Petro fue presentada como la culminación de una larga marcha. Colombia, durante años uno de los principales aliados de Estados Unidos en la región y símbolo de la lucha contra las guerrillas marxistas, pasaba a formar parte del bloque continental de la nueva izquierda radical. Cuatro años después, los colombianos han elegido a un nacionalista de mano dura que promete desmontar buena parte de su legado. La magnitud del giro dice tanto sobre el nuevo presidente como sobre el balance que millones de votantes hacen hoy del experimento petrista.

La victoria ha sido políticamente devastadora. De la Espriella no ganó escondiendo su programa, sino exhibiéndolo. Prometió reducir el tamaño del Estado en un 40%, construir diez megacárceles, endurecer la política de seguridad, reactivar la producción petrolera, impulsar el fracking y abandonar la estrategia de negociación permanente con los grupos armados. Es decir, ofreció a los colombianos exactamente aquello que Petro había prometido superar. Y los colombianos lo respaldaron.

Hay que entender quién es Petro, no sólo un presidente de izquierdas, sino una pieza clave manufacturada durante décadas. Desde Lula hasta los Kirchner, desde Evo Morales hasta Rafael Correa, pasando por el chavismo venezolano, la izquierda iberoamericana fue tejiendo una red de alianzas, organizaciones y foros destinados a consolidar una hegemonía política continental. Primero fue el Foro de São Paulo. Más tarde llegó el Grupo de Puebla, concebido como una versión más institucional y presentable de la misma estrategia. Petro se convirtió rápidamente en uno de sus referentes.

No es casualidad que uno de los participantes más activos de ese entramado sea José Luis Rodríguez Zapatero. El ex presidente español lleva años actuando como una especie de embajador oficioso de la nueva izquierda latinoamericana, participando en encuentros del Grupo de Puebla y prestando legitimidad internacional a muchos de sus gobiernos y proyectos. La conexión ayuda a entender que estamos ante una familia política que comparte discursos y objetivos comunes. Por eso la derrota de Petro ayuda a desbaratar toda una red de poder ideológico en el mundo hispano.

El gran proyecto de Petro fue la llamada Paz Total, que sonaba muy bien: negociar simultáneamente con el ELN, las disidencias de las FARC y otros grupos armados para cerrar definitivamente el largo ciclo de violencia colombiano. La realidad terminó siendo bastante menos idílica. Diversos análisis independientes han señalado que, mientras disminuían algunos enfrentamientos directos, muchas organizaciones armadas aprovecharon las treguas y negociaciones para reforzarse, ampliar su presencia territorial y consolidar fuentes de financiación.

Los datos ayudan a entender el desencanto. Human Rights Watch recogía este año que la Defensoría del Pueblo había documentado 625 casos de reclutamiento infantil por grupos armados en 2024, frente a 342 en 2023. El incremento supera el 80%. Naciones Unidas y diversas organizaciones internacionales también han alertado sobre el aumento de desplazamientos, extorsiones y amenazas en numerosas regiones del país. La Paz Total se parecía demasiado a una rendición total frente a la violencia política.

Durante décadas, Colombia pagó un precio enorme por la combinación de guerrillas, narcotráfico y debilidad estatal. Petro prometió cerrar ese capítulo mediante el diálogo. Millones de votantes concluyeron que estaba consiguiendo exactamente lo contrario.

La economía tampoco proporcionó el relato de éxito que el Gobierno necesitaba. Colombia no se ha convertido en Venezuela, pero las previsiones de crecimiento fueron perdiendo fuerza, la confianza empresarial se deterioró y las cuentas públicas comenzaron a mostrar señales preocupantes. Fitch llegó a estimar un déficit superior al 7% del PIB para 2025, mientras el propio Gobierno elevaba su previsión oficial desde el 5,1% hasta el 7,1%.

Tras el fracaso de una reforma tributaria destinada a recaudar 16,3 billones de pesos, Petro recurrió a medidas económicas extraordinarias con las que pretendía obtener otros 11 billones adicionales. La Corte Constitucional terminó frenando temporalmente parte de esas iniciativas. Fue uno de los numerosos choques entre el Ejecutivo y unas instituciones que el presidente parecía contemplar cada vez más como obstáculos que como contrapesos legítimos.

Colombia ya no era un país fiable para el inversor, algo que había pasado décadas tratando de lograr. Petro, que llegó prometiendo una transformación histórica, acabó chocando una y otra vez con el Congreso, los tribunales, los organismos de control y amplios sectores empresariales. La sensación de incertidumbre fue creciendo a medida que avanzaba su mandato.

Es una película que ya hemos visto, demasiadas veces, el viejo guion de la izquierda latinoamericana, actualizado para una época menos proclive a las guerrillas y más cómoda con el lenguaje de los derechos, el clima, la inclusión y la justicia social. Primero se conquista el poder en nombre del pueblo. Después se explica que las instituciones sólo son plenamente legítimas cuando acompañan al proyecto político. Luego se denuncia como «golpe blando» cualquier investigación judicial, cualquier resistencia parlamentaria o cualquier derrota electoral. El lector español reconocerá fácilmente el esquema.

Por eso la victoria de De la Espriella trasciende las fronteras colombianas. Forma parte de una reacción más amplia que atraviesa buena parte de Hispanoamérica. Javier Milei en Argentina, Daniel Noboa en Ecuador y ahora De la Espriella en Colombia reflejan un cansancio creciente hacia los proyectos asociados al Foro de São Paulo y al Grupo de Puebla. Después de años de promesas transformadoras, muchos votantes parecen haber llegado a una conclusión sencilla: la fórmula de la izquierda se traduce invariablemente en conflicto, inseguridad e inestabilidad económica.

De la Espriella no lo va a tener fácil con el quilombo que le deja Petro, un país profundamente dividido y con problemas estructurales. Pero una cosa es segura: los colombianos no quieren seguir con un experimento que ha proporcionado lo contrario de lo que prometía, y la victoria de De la Espriella promete ser otro clavo en el ataúd del último avatar de la izquierda sudamericana.

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