Catalanes que no quieren privilegios
«Soy catalana y no quiero privilegios ni que me den de comer aparte». Así empecé un vídeo que grabé en el Parlamento Europeo recientemente. Diversos periódicos y medios se hacían eco de que juristas y catedráticos de universidad estaban presentando informes y haciendo sugerencias para la reforma de la Constitución. Y, como viene siendo la tónica en estos casos, en la línea de consagrar en ella asimetrías diversas como recoger “un régimen jurídico singular” o, directamente, una ocurrencia metafísica como la supuesta “singularidad” de Cataluña. Asunto que, como catalana, tengo sobrados motivos para que me huela a cuerno quemado.
No es una conclusión que sorprenda a nadie que con estas reformas lo que los bienintencionados persiguen es contentar, no a “Cataluña”, que Cataluña también soy yo y todos los catalanes que nos sabemos españoles y europeos, sino a los nacionalistas. Señores, los catalanes no soportamos más que juristas y políticos se preocupen tanto de los sentimientos o del “encaje” de los nacionalistas en España y tampoco de lo que pensamos más de la mitad de la población de Cataluña. Quizá este tipo de reformas podría calmar —provisionalmente y para retomar fuerzas— al nacionalismo identitario, pero, ¿qué pasa con nosotros? ¿O es que no tenemos sentimientos ni vivimos también “desencajados”?
Sufren ustedes por nacionalistas que nunca tuvieron ni tendrán una preocupación similar por conciudadanos que no comulgan con su credo. ¿Vieron que modificaran el Estatut de Autonomía para que nos sintiéramos más “encajados”? ¿Ha sido el nuevo Estatut más respetuoso con los ciudadanos que quieren una educación realmente bilingüe, que quieren libros de texto que no les avergüencen de ser españoles, que quieren unos medios de comunicación que también les representen a ellos? No, no ha sido así, más bien todo lo contrario. Ya va siendo hora de que nos tengan en cuenta.
España no puede ser un lugar donde unos dan y los otros reciben, cuando no quitan. Ha de ser uno donde ciudadanos libres e iguales participen en las mismas condiciones sin tomar rehenes en la ciudadanía. Como los catalanes —como yo— que no quieren ser “singulares” porque ya saben de qué va: egoísmo, división, empobrecimiento y un mal ejemplo para el resto de Europa, cuya mayor misión, por cierto, es el establecimiento de una situación de partida lo más similar posible para todos los ciudadanos. Los catalanes no aceptaremos privilegios ni singularidades porque sólo sirven para alimentar lo que ya saben.
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