Abascal no pero Iglesias sí
No es cuestión de simpatía o de antipatía reconocer que VOX ya es, por derecho propio, una actor de primer orden en la política española. Con independencia de que aún no haya obtenido representación dentro del ámbito nacional –sí a nivel autonómico–, todas las encuestas confirman que jugará un papel muy relevante en la próxima legislatura. Por eso, resulta incomprensible la decisión de la Junta Electoral de no permitir que Santiago Abascal concurra al debate que organizará Atresmedia el próximo día 23, máxime cuando Podemos, en situación análoga, acudió a un debate con características similares en 2015.
La democracia española cumple formalmente con los más altos estándares internacionales, pero no todo es cuestión de ceñirse a las leyes para vivir dentro de un auténtico Estado de Derecho. Las tradiciones y costumbres cívicas también acuñan de manera determinante la calidad real de una democracia. Y con sucesos como los que estamos contemplando en esta campaña, comprobamos una vez más que nuestro país, lamentablemente, aún adolece de cierta inmadurez a nivel democrático. Primero hemos visto al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, negándose a celebrar un debate cara a cara en la televisión pública con el principal líder de la oposición, Pablo Casado –empleando criterios tácticos, de exclusiva conveniencia personal, fue Sánchez quien estableció este debate a cinco en una televisión privada–. Y, acto seguido, nos encontramos con este decisión de la Junta Electoral, que al hurtar a un actor de la relevancia política de VOX del debate, en cierto modo adultera y distorsiona su sentido. Para tomar una decisión informada con respecto a su voto, a los ciudadanos españoles les gustaría escuchar las propuestas de Abascal, así como verle en acción contrastando sus ideas con las de otros líderes. Esto ya no va a suceder.
En este sentido, es mucho lo que todavía nos queda por aprender de Estados Unidos, el país más desarrollado del mundo y, no por casualidad, la democracia más antigua y sólida del planeta. La frescura de sus procesos electorales, desde las primarias internas de los partidos hasta sus grandes debates de final de campaña, no tienen parangón con nuestras elecciones, que, como vemos, adolecen de cierto acartonamiento. Después de tantos años, en España aún sobran toneladas de inercias autoritarias y legalismos vacíos; en cambio, falta frescura y voluntad de diálogo.
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