Europa

Pocos lo saben pero el cambio climático arrastró a Europa a una crisis alimentaria sin precedentes en el siglo XIV

  • Janire Manzanas
  • Graduada en Marketing y experta en Marketing Digital. Redactora en OK Diario. Experta en curiosidades, mascotas, consumo y Lotería de Navidad.

Entre los siglos X y XIII, Europa atravesó una etapa climática bautizada  como el «Período Cálido Medieval». Las temperaturas relativamente suaves favorecieron buenas cosechas y contribuyeron a un importante crecimiento de la población. En territorios como Francia e Inglaterra, la población llegó incluso a multiplicarse varias veces. Sin embargo, aquel crecimiento dependía de un equilibrio muy delicado, ya que cada vez había más personas que alimentar.

Este equilibrio empezó a resquebrajarse en la primavera de 1315, cuando, según las crónicas de la época y los estudios paleoclimáticos, se produjo un cambio drástico en las condiciones meteorológicas, con lluvias abundantes y temperaturas inusualmente bajas que afectaron a buena parte del norte de Europa. Las consecuencias fueron devastadoras; el agua anegó los campos y muchos cultivos de cereal, fundamentales para la alimentación, no llegaron a madurar. A todo ello se añadió otro problema inesperado: la escasez de sal. La falta de horas de sol dificultó la evaporación del agua en las salinas y redujo la producción de este recurso esencial para conservar la carne.

La crisis alimentaria que asoló Europa en la Edad Media

Ante la pérdida casi total de las cosechas, el precio del trigo y de otros cereales se disparó. En Inglaterra, los precios llegaron a duplicarse en cuestión de meses, mientras que en regiones como Lorena, en Francia, el precio del trigo aumentó hasta un 320 %. El pan, un alimento básico para la población, se convirtió en un producto inaccesible para millones de personas.

La situación llegó a ser tan grave que ni siquiera la monarquía consiguió escapar de sus consecuencias. Las crónicas cuentan un episodio ocurrido en agosto de 1315, cuando el rey Eduardo II de Inglaterra visitó la abadía de St. Albans. Según estos relatos, durante la visita no se encontró suficiente pan para alimentar a todo su séquito. Si incluso la corte tenía dificultades para conseguir alimentos, la situación de los campesinos y siervos, mucho más vulnerables, era todavía más desesperada.

El sistema feudal tampoco consiguió contener la catástrofe. Los nobles y la Iglesia disponían de algunos excedentes almacenados en sus graneros, pero las reservas eran cada vez menores y apenas permitían cubrir sus propias necesidades. Las autoridades trataron de intervenir, incluso estableciendo límites para los precios de determinados alimentos, pero las medidas fracasaron. La escasez hizo que parte de los productos que quedaban terminaran en mercados clandestinos, donde alcanzaban precios todavía más elevados.

Canibalismo y medidas extremas

Para tratar de sobrevivir, la población tuvo que recurrir a medidas desesperadas. Se sacrificaron animales domésticos y se utilizaron incluso las semillas reservadas para plantar las cosechas del año siguiente. Estas decisiones permitieron conseguir alimento de forma inmediata, pero tuvieron un precio enorme: al consumir las reservas destinadas a la siembra, se redujeron todavía más las posibilidades de recuperar la producción agrícola en los meses posteriores.

Además, las condiciones meteorológicas, lejos de mejorar, seguían empeorando y, ante la falta de alimentos, las familias comenzaron a buscar cualquier recurso que pudiera servir para alimentarse. Raíces, frutos silvestres, hierbas, carne de animales domésticos y otros productos que normalmente no formaban parte de la dieta se convirtieron en alternativas para intentar sobrevivir.

Algunas fuentes medievales incluso hablan de episodios de canibalismo e infanticidio. Sin embargo, muchos historiadores consideran que este tipo de relatos pudieron estar exagerados para transmitir la magnitud del hambre y del sufrimiento que padeció la población. Las estimaciones actuales calculan que entre el 10 y el 25 % de los habitantes de las regiones afectadas pudieron morir como consecuencia de la hambruna.

Si bien el clima empezó a dar un respiro durante el verano de 1317, la recuperación de Europa fue extremadamente lenta. La falta de semillas para volver a sembrar los campos y la pérdida de animales de tiro provocaron que la producción agrícola tardara varios años en recuperar cierta estabilidad. En muchas regiones, los niveles de producción no comenzaron a normalizarse hasta aproximadamente 1322-1325.

Peste Negra

Y lo peor estaba por llegar: apenas tres décadas después, la Peste Negra encontró una Europa debilitada y provocó una catástrofe demográfica sin precedentes.

«La Peste Negra es la denominación histórica de la pandemia de peste que asoló Eurasia y el norte de África entre 1346 y 1353, con su epicentro entre 1347 y 1351. Causada por Yersinia pestis, fue la pandemia más mortífera registrada en la historia humana: se estima que eliminó entre el 30% y el 60% de la población europea, con cifras absolutas que oscilan entre 75 y 200 millones de víctimas», detalla la Clínica Universidad de Navarra.

Con la llegada de los antibióticos durante el siglo XX, la mortalidad asociada a la peste se redujo drásticamente. El tratamiento antibacteriano permitió controlar las infecciones e interrumpir las cadenas de transmisión. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), entre 2010 y 2015 se registraron 3.248 casos de peste en todo el mundo, con 584 fallecimientos. Desde el año 2000, aproximadamente el 95 % de los casos notificados se han concentrado en África.