El Niño se hace más grande y letal: 1.000 años de coral confirman que ya hay que llamarlo el Súper Niño
La variabilidad de El Niño ha crecido más en las últimas cuatro décadas que en todo el milenio anterior
Detectan su evolución con un estudio que se basa en un coral fósil y vivo de las islas Galápagos
Nuevo récord en los océanos: Copernicus alerta que el mar nunca ha estado tan caliente como ahora
Un registro de coral de mil años acaba de confirmar lo que muchos climatólogos sospechaban desde hace décadas: El Niño ya no es el mismo fenómeno que golpeaba las costas del Pacífico antes de la industrialización.
Este fenómeno meteorológico se ha hecho mayor, ha crecido exponencialmente, ha vuelto a ser más extremo, y el cambio queda grabado en cada esqueleto de coral que crece frente a las islas Galápagos. La comunidad meteorológica ya habla con más frecuencia de una nueva categoría: el Súper Niño.
Según el estudio, liderado por la climatóloga Julia Cole, de la Universidad de Michigan, la variabilidad de El Niño en el Pacífico oriental es ya un 36,5% más intensa que durante el milenio previo a la era industrial. El salto es todavía mayor si se mira solo a las últimas cuatro décadas.
El fenómeno de El Niño-Oscilación del Sur (ENSO) es la principal fuente de extremos climáticos de un año para otro en todo el planeta. Sequías, inundaciones, incendios forestales, blanqueamientos de coral y pérdidas agrícolas llevan su firma.
Un termómetro coralíneo
Hasta ahora había sido difícil demostrar si el fenómeno se está intensificando realmente por el calentamiento global. Los registros instrumentales son cortos, la variabilidad natural de El Niño es muy amplia y los propios modelos climáticos ni siquiera coinciden entre sí sobre cómo reaccionará en el futuro.
Para resolverlo, Cole y su equipo perforaron coral vivo y fósil en Galápagos y analizaron su química interna. Los isótopos de oxígeno y la proporción de calcio y estroncio de cada capa funcionan como un archivo mensual de la temperatura del mar.
El archipiélago ecuatoriano se sitúa en el corazón de la región donde nace El Niño. Por eso cada capa de coral guarda una memoria especialmente sensible de sus vaivenes térmicos, con una resolución que ningún otro registro había alcanzado antes en un periodo tan largo.
La sensibilidad de los corales
Los corales son fiables como termómetros del pasado porque construyen su esqueleto de carbonato cálcico capa a capa, casi como los anillos de un árbol, y en cada capa quedan atrapados isótopos de oxígeno y la proporción entre calcio y estroncio en cantidades que varían de forma predecible según la temperatura y la salinidad del agua en el momento exacto en que se formó esa capa; como el crecimiento es estacional.
Todo ello permite fechar cada milímetro del esqueleto con precisión mensual y reconstruir la temperatura del mar mes a mes durante siglos, algo que ningún termómetro instrumental —que en el mejor de los casos solo cubre el último siglo y medio— puede ofrecer.
Además, al tratarse de organismos fijos en un punto geográfico concreto, actúan como sensores estacionarios de esa zona del océano, y su fiabilidad se refuerza cruzando varios indicadores geoquímicos a la vez (oxígeno y estroncio-calcio) en el mismo core y comparando colonias distintas del mismo lugar.
De este modo se pueden contratar los tramos más recientes del registro coralino con las mediciones satelitales e instrumentales ya conocidas para comprobar que ambas fuentes coinciden antes de confiar en los siglos anteriores a esos registros.
Un salto que los modelos no explican
El equipo comparó sus resultados con registros de coral del Pacífico central y con otras reconstrucciones climáticas de la región. Después los contrastó con doce simulaciones climáticas previas a la industrialización, para comprobar si el aumento podía deberse sólo a variabilidad natural.
La respuesta fue negativa. El incremento detectado en los corales supera el rango que producen tanto la variabilidad interna del sistema climático como los forzamientos naturales en las simulaciones: no encaja con lo esperable sin la huella humana sobre el clima.
La propia historia reciente de Galápagos ilustra la magnitud del fenómeno. La ola de calor marina de 1982 y 1983 mató a cerca del 95% de los corales del archipiélago, mientras que el episodio de 1997 y 1998 provocó lluvias torrenciales en el este de África que arrastraron carreteras y cultivos enteros.
La antesala del Súper Niño
A la propia Cole le sorprendió tanto la magnitud del salto reciente como la claridad con la que aparece en el registro, según recoge la revista especializada Eos, de la Unión Geofísica Americana.
En el argot de los climatólogos, un Súper Niño es simplemente un episodio «muy fuerte»: aquel en el que la temperatura del Pacífico central y oriental supera los dos grados por encima de la media durante varios meses seguidos. Solo un puñado de episodios ha alcanzado ese umbral desde que existen registros por satélite.
Y ese es precisamente el escenario que maneja ahora mismo la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA). Su última discusión diagnóstica, del 13 de agosto, sitúa en más del 90% la probabilidad de un episodio muy fuerte de El Niño durante el otoño y el invierno de 2026 y 2027.
Un planeta que ya partía caliente
El organismo llega a dar un 69% de posibilidades a que el trimestre de octubre a diciembre marque un valor tan alto que superaría a todos los episodios de El Niño registrados desde 1950. A mediados de agosto, la temperatura del Pacífico ya estaba hasta 3,3 grados por encima de la media en la franja más cercana a Sudamérica.
Climatólogos como Daniel Swain, de la Universidad de California, han advertido de que nunca se había vivido un episodio tan fuerte sobre un planeta que ya partía con temperaturas de base tan elevadas. El aviso apunta a un mayor riesgo de incendios en regiones normalmente húmedas, como la Amazonía o algunas zonas de Oceanía.
El nuevo registro de los corales de Galápagos no predice por sí solo si este invierno llegará a coronarse como Súper Niño. Pero sí aporta algo que faltaba hasta ahora: una línea de base de mil años que confirma que, cuanto más se calienta el planeta, más se descontrola el termómetro del Pacífico.
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