Nadie lo ha visto venir: investigadores andaluces demuestran que los peces dorados no solo recuerdan, sino que razonan sobre el pasado
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Un equipo de investigadores de la Universidad de Sevilla ha demostrado que los peces dorados no solo recuerdan, sino que razonan a partir de sus experiencias pasadas.
El estudio, publicado en la revista Hippocampus y liderado por Gema Sotelo-Parrilla junto a Blanca Quintero, Isabel Trujillo, Fernando Rodríguez, Cosme Salas y Antonia Gómez, demuestra mediante pruebas de inferencia transitiva que estos peces construyen jerarquías mentales y deducen relaciones nuevas que nunca se les mostraron de forma explícita.
La inferencia transitiva es el tipo de razonamiento lógico que permite deducir, por ejemplo, que si Ana es más alta que María y María es más alta que Pedro, entonces Ana es más alta que Pedro, aunque nunca se haya visto a Ana y Pedro juntos.
Resolver este problema exige construir una jerarquía mental completa, no memorizar pares de estímulos de forma aislada. Hasta ahora, esta capacidad se consideraba un rasgo asociado casi exclusivamente al hipocampo de mamíferos y aves.
Cómo demostraron los investigadores que los peces dorados razonan sobre el pasado
Los investigadores entrenaron a peces dorados con una serie de pares de estímulos visuales superpuestos: un estímulo A recompensado frente a un estímulo B sin recompensa, después B recompensado frente a C sin recompensa, luego C recompensado frente a D sin recompensa, y así sucesivamente.
Después les presentaron una combinación nueva nunca mostrada antes: B frente a D. Si los peces solo hubieran memorizado los pares por separado, habrían elegido al azar, porque tanto B como D habían sido recompensados y no recompensados el mismo número de veces.
No fue lo que ocurrió, los peces eligieron sistemáticamente el estímulo de mayor rango en la jerarquía, B sobre D, lo que demuestra que habían construido una representación interna del orden completo de la secuencia y la usaron para inferir una relación que nunca se les había enseñado directamente.
El equipo fue un paso más allá: lesionó selectivamente el palio ventrolateral dorsolateral, la región del cerebro de los peces que los neurocientíficos consideran homóloga al hipocampo de los mamíferos. Tras la lesión, los peces siguieron siendo capaces de aprender los pares simples de estímulos, pero perdieron por completo la capacidad de hacer la inferencia transitiva.
Ese patrón coincide exactamente con lo que ocurre en mamíferos y aves con daño hipocampal, donde se altera específicamente el razonamiento relacional sin afectar el aprendizaje básico.
Qué implica este hallazgo para el origen evolutivo de la memoria
El hipocampo se ha entendido tradicionalmente como una estructura que evolucionó primero para la navegación espacial y solo después adquirió funciones cognitivas más complejas como la memoria episódica. Los resultados en peces dorados sugieren una alternativa: que ya en los primeros vertebrados, hace más de 400 millones de años, podría haber existido un sistema neural capaz de representar relaciones complejas entre experiencias, no solo coordenadas espaciales.
La memoria episódica, la capacidad de recordar eventos concretos integrando qué pasó, cuándo y dónde, se ha considerado durante décadas un rasgo exclusivo de humanos y, como mucho, de algunos mamíferos y aves con cerebros complejos. Que un pez con un cerebro mucho más simple sea capaz de construir jerarquías mentales y extraer inferencias nuevas obliga a replantear esa frontera.
La explicación evolutiva más creíble es que la capacidad de relacionar acontecimientos en el tiempo y el espacio fue una adaptación crucial para sobrevivir en entornos cambiantes, mucho antes de que existiera la conciencia humana tal como la entendemos.
Desde esa perspectiva, la memoria relacional no sería un lujo cognitivo exclusivo de las especies más avanzadas, sino una herramienta ancestral que comparten vertebrados separados por cientos de millones de años de evolución.
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