Internacional
Reportaje

Los hispanos y los jóvenes abandonan a Trump: las claves del tsunami demócrata de las ‘midterms’

  • Carlos Esteban
  • Columnista de Internacional. Quince años en el diario líder de información económica Expansión, entonces del Grupo Recoletos, luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico Alba, escribió opinión en Época, en La Gaceta y ahora como freelance en OKDIARIO.

Este martes en Estados Unidos las elecciones de medio mandato dieron la puntilla a Trump. No hay otra forma de decirlo. La pérdida de la mayoría republicana en el Congreso —Senado y Cámara de Representantes— y de gobernaciones clave no puede explicarse meramente por el inmemorial instinto americano de dividir el poder, dando el control del poder legislativo al partido rival del presidente de turno.

El propio Trump, que ahora quiere desligarse de los resultados, lo dijo claramente en uno de sus mítines recientes: votad como si mi nombre estuviera en la papeleta. Muchos candidatos fueron seleccionados personalmente por el presidente. Fue su triunfo, es su fracaso. No hay modo de ponerle carmín al cerdo, como dicen en América.

La debacle de anoche podía resumirse en esa escena de la precuela de la Guerra de las Galaxias en la que Obi-Wan le grita a Anakin: «¡Se suponía que debías destruir a los Sith, no unirte a ellos!». Tres fueron las promesas de Trump que arrastraron a sus seguidores y a muchos independientes: «América primero» (no más aventuras bélicas), «Drenemos la ciénaga» (acabar con la camarilla corrupta que domina la política en Washington) y «Construyamos el Muro» (poner fin a la sustitución poblacional). Solo en lo último ha cumplido, parcialmente.

Se han cumplido plenamente los peores augurios, lo que gritaban todas las encuestas, hundiendo a los republicanos y ahogando las voces de los ilusos que seguían «confiando en el plan». Veamos un poco el panorama que ha dejado la noche triste de Trump.

Los demócratas han conquistado las dos cámaras del Congreso, arrebatando a los republicanos al menos siete escaños en el Senado y más de dos docenas de distritos en la Cámara de Representantes. En el momento de escribir estas líneas, con varios recuentos todavía pendientes, el Partido Demócrata tiene asegurada la mayoría en ambas cámaras. Es un vuelco histórico: desde la Segunda Guerra Mundial, el control de las dos cámaras solo había cambiado simultáneamente de partido en unas elecciones legislativas en 1946, 1994 y 2006.

Pero lo verdaderamente extraordinario es dónde han ganado los demócratas. La oleada ha alcanzado estados que llevan décadas votando republicano y ha derribado gobernadores que parecían instalados permanentemente en el poder. La noticia es que una parte considerable del mapa político estadounidense ha cambiado de color. Y hay un dato aún peor: en muchos casos, han ganado los representantes de la izquierda más enloquecida, más woke, más radical y con mayor sed de venganza.

Masacre en Texas

El caso más espectacular es Texas. James Talarico, un demócrata de la izquierda más woke, ha derrotado al fiscal general republicano Ken Paxton, respaldado por Trump, y se ha convertido en el primer senador demócrata elegido por Texas desde 1988. Treinta y ocho años. Pero el vuelco no termina ahí. Gina Hinojosa ha derrotado al gobernador Greg Abbott, poniendo fin a más de tres décadas de dominio republicano en la gobernación. Texas tendrá su primera gobernadora latina y, por primera vez desde los tiempos de Ann Richards, un demócrata ocupará la residencia del gobernador en Austin.

Para apreciar la magnitud del acontecimiento basta recordar que Trump ganó Texas en 2024 por casi catorce puntos. En apenas dos años, el estado ha pasado de ofrecerle una victoria presidencial contundente a entregar a los demócratas dos de sus cargos más importantes. Paxton, además, era uno de los candidatos más identificados con el presidente, cuyo respaldo contribuyó a desplazar al senador John Cornyn, considerado por numerosos republicanos un aspirante más competitivo. La selección del candidato ha terminado siendo parte de la historia de la derrota.

Kansas ofrece otro resultado difícil de imaginar hace apenas unos meses. Adam Hamilton, pastor metodista y candidato demócrata, ha derrotado al senador republicano Roger Marshall. Para encontrar la última victoria demócrata en unas elecciones al Senado por Kansas hay que remontarse casi un siglo, a 1932, cuando Franklin D. Roosevelt llegó a la Casa Blanca en plena Gran Depresión.

En Carolina del Sur, otro bastión republicano, Annie Andrews ha conquistado un escaño que los demócratas llevaban sin ganar desde 1998. Trump había conquistado el estado hace dos años por casi dieciocho puntos. En Carolina del Norte, el ex gobernador Roy Cooper ha derrotado a Michael Whatley, antiguo presidente del Comité Nacional Republicano y candidato respaldado personalmente por Trump. Y en Maine, Troy Jackson ha puesto fin a la carrera senatorial de Susan Collins, una veterana republicana que llevaba casi treinta años en Washington y que había tratado de cultivar una imagen de independencia respecto del presidente.

Ohio merece capítulo aparte. Sherrod Brown, derrotado en 2024, ha recuperado para los demócratas el escaño senatorial que ocupaba Jon Husted, designado para sustituir a JD Vance cuando este llegó a la vicepresidencia. Pero quizá resulte más reveladora la derrota de Vivek Ramaswamy ante la demócrata Amy Acton en las elecciones a gobernador. Ohio, que Trump ganó por once puntos hace dos años, llevaba veinte años sin elegir un gobernador demócrata. Y Ramaswamy, multimillonario de origen indio, antiguo aspirante a la presidencia y uno de los rostros más conocidos del trumpismo, representa una de las contradicciones que han ido acumulándose dentro del movimiento.

La polémica con Ramaswamy

En diciembre de 2024, poco después de la victoria presidencial de Trump, Ramaswamy protagonizó una agria polémica sobre los visados H-1B, que permiten a las empresas estadounidenses contratar trabajadores extranjeros presuntamente cualificados, indios en su abrumadora mayoría. En un larguísimo mensaje publicado en X, explicó que las grandes compañías tecnológicas preferían contratar ingenieros extranjeros porque la cultura estadounidense llevaba décadas venerando la mediocridad en lugar de la excelencia. Una cultura, decía, que celebra a la reina del baile antes que al campeón de las olimpiadas matemáticas y al deportista popular antes que al mejor estudiante, difícilmente puede producir los mejores ingenieros.

El mensaje sentó como una patada en la entrepierna entre muchos americanos de cepa, los estadounidenses cuyas familias llevan generaciones asentadas en el país. A sus ojos, aquel hijo de inmigrantes millonario venía a decirles que eran unos vagos y unos mediocres, y que por eso las empresas tenían buenas razones para preferir a trabajadores llegados del extranjero.

Precisamente a quienes habían votado a Trump para proteger sus empleos frente a la competencia exterior se les explicaba ahora que su propia cultura los hacía menos competitivos. La indignación fue enorme. Elon Musk defendió posiciones semejantes y Trump terminó respaldando el programa de visados que anteriormente había criticado. No sabemos hasta qué punto aquella controversia ha influido en la derrota de Ramaswamy, pero su caso ilustra perfectamente una de las grandes fracturas del trumpismo: la que enfrenta a sus bases nacionalistas con los multimillonarios tecnológicos incorporados al movimiento.

En Iowa, otro estado que Trump ganó por trece puntos en 2024, los demócratas han conquistado tanto el Senado como la gobernación. Josh Turek, antiguo jugador de baloncesto paralímpico, ha ganado el escaño que dejaba vacante Joni Ernst. Rob Sand ha conquistado la gobernación, que los demócratas no ocupaban desde 2007. El vuelco se ha extendido también a la Cámara de Representantes, donde los republicanos han perdido varios distritos. En un territorio donde los agricultores sufren las consecuencias de los aranceles de represalia y del encarecimiento del combustible, la política económica de Washington ha sido un asunto central de campaña.

Georgia ha reelegido al senador demócrata Jon Ossoff y ha entregado la gobernación a Keisha Lance Bottoms, que será la primera mujer negra al frente de ese estado. La victoria pone fin a veinticuatro años de gobernadores republicanos. En Michigan, Abdul El-Sayed se convertirá en el primer musulmán que ocupe un escaño en el Senado. Minnesota ha elegido senadora a Peggy Flanagan, primera mujer indígena estadounidense que llegará a la Cámara Alta. Y Hakeem Jeffries se dispone a convertirse en el primer presidente negro de la Cámara de Representantes cuando el nuevo Congreso se constituya en enero.

Parlamentos estatales

La marea demócrata también ha alcanzado a los parlamentos estatales. En Wisconsin, los demócratas han arrebatado a los republicanos el control del Senado estatal, mientras en Carolina del Norte han conseguido avances significativos. En Nevada, Aaron Ford ha derrotado al gobernador republicano Joe Lombardo. Entre las excepciones figura Florida, donde Byron Donalds ha conservado la gobernación para los republicanos. También Alabama ha resistido la oleada, eligiendo gobernador a Tommy Tuberville.

Trump ha reaccionado tratando de distanciarse del desastre. Si en campaña había pedido a sus seguidores que votaran como si su nombre estuviera en la papeleta, tras conocerse los resultados pretende que el fracaso no es un juicio sobre su presidencia.

Pero algunos de esos candidatos habían sido tocados por el “dedo de oro” del presidente. Ken Paxton en Texas, Michael Whatley en Carolina del Norte o Vivek Ramaswamy en Ohio, por ejemplo. Trump ha convertido durante años la fidelidad a su persona en un requisito fundamental para prosperar dentro del Partido Republicano.

Hay razones para el desánimo que ha producido el vuelco. El coste de la vida obsesiona. Los estadounidenses ven que apenas llegan a fin de mes ante unos precios que se han disparados especialmente en alimentos, vivienda y energía. Una amplia mayoría se declara insatisfecha con la marcha del país y reclama mayor control parlamentario sobre el presidente. La guerra contra Irán, los aranceles y las controversias sobre la integridad de la Administración han acabado por soliviantar a medio ejército MAGA.

Los republicanos han retrocedido también entre los jóvenes y los hispanos, dos grupos en los que Trump había conseguido avances extraordinarios en 2024. En los condados fronterizos de Texas, donde su discurso migratorio había roto el tradicional predominio demócrata, el cambio ha sido especialmente acusado. Una parte de la coalición que parecía estar transformando el mapa electoral estadounidense se ha deshecho en apenas dos años. Queda por determinar cuánto se debe a votantes que han cambiado de partido y cuánto a antiguos seguidores republicanos que sencillamente han decidido quedarse en casa.

Malos tiempos para el trumpismo

El trumpismo había conseguido atraer a millones de electores que desconfiaban del Partido Republicano tradicional tanto como del Demócrata. Se trataba de estadounidenses que creían haber encontrado por fin a alguien dispuesto a enfrentarse al sistema político de Washington. Si esos votantes dejan de acudir a las urnas, el problema del Partido Republicano va mucho más allá de una mala noche electoral.

A partir de enero, los demócratas controlarán las dos cámaras del Congreso y podrán bloquear buena parte de la agenda legislativa presidencial, rechazar nombramientos, dirigir las comisiones parlamentarias y abrir investigaciones sobre la Administración. Trump conservará sus facultades ejecutivas y el poder de veto, pero sus dos últimos años en la Casa Blanca transcurrirán bajo condiciones radicalmente distintas. El presidente que regresó al poder prometiendo transformar Washington tendrá enfrente a un Congreso dispuesto a someter su gestión a escrutinio. Un pato cojo de manual.

Trump tuvo una intuición política extraordinaria: comprendió que existía una inmensa fuerza latente en Estados Unidos, formada por millones de ciudadanos, especialmente los perdedores de la globalización, hartos de las guerras interminables, de la inmigración descontrolada, de la desindustrialización y de unas élites que parecían vivir en un mundo ajeno al de sus gobernados. Dio voz al descontento, lo convirtió en un movimiento y conquistó con él la Casa Blanca. Lo condensó en tres consignas que parecían resumir las aspiraciones de sus seguidores: America First, Drain the swamp y Build the wall.

No cumplió sus promesas

Diez años después, ha hecho lo contrario de lo prometido en dos de esas tres consignas. «Drenar la ciénaga» significaba acabar con el sistema de intereses creados que gobierna Washington: los grupos de presión, los grandes donantes, las puertas giratorias y la clase política que prospera independientemente de los resultados de sus decisiones. Trump llegó al poder prometiendo combatir aquel sistema y ha terminado gobernando mediante alianzas con algunos de sus protagonistas, rodeado de multimillonarios y grandes donantes. Su negativa inicial a publicar los archivos de Epstein fue para muchos de sus leales la gota que colmaba el vaso.

«América primero» significaba, para buena parte de sus votantes, que Estados Unidos dejaría de sacrificar vidas y recursos en guerras exteriores. La intervención contra Irán ha abierto una fractura dentro del movimiento MAGA. Figuras como Tucker Carlson han cuestionado abiertamente la guerra y los compromisos estadounidenses con Israel, mientras otros sectores conservadores defienden la alianza y consideran indispensable contener a Teherán.

La tercera consigna, «Construyamos el Muro», merece un juicio más favorable. Durante su segundo mandato han caído considerablemente los cruces irregulares por la frontera, se han intensificado las deportaciones y continúan las obras de fortificación fronteriza. El muro prometido en 2016 sigue sin completarse, pero en materia migratoria Trump puede exhibir resultados que responden a las expectativas de sus seguidores. Es, de sus tres grandes banderas, aquella en la que más se ha aproximado a lo que prometió.

El malestar económico ha sido un factor central, y todavía harán falta estudios más detallados para determinar cuánto han pesado la guerra, los aranceles, las divisiones internas y la abstención republicana. Pero los resultados plantean una cuestión política de mayor alcance: ¿hasta qué punto el movimiento que Trump despertó puede sobrevivir a las decisiones de su propio fundador?

En enero de 2021, después de su primera derrota, publiqué un artículo titulado Adiós Trump, hola trumpismo. Sostenía entonces que el movimiento sobreviviría a su líder. «El ídolo era más pequeño que el altar, y el altar más pequeño que el feligrés», escribí. Cinco años después, la pregunta ha cambiado. Trump fue capaz de representar una fuerza política que existía antes que él y que va a  seguir existiendo después. Los republicanos que confían en una “vuelta a la normalidad” no han entendido nada. No hay marcha atrás.

En Estados Unidos entienden la democracia, entienden que hay que castigar al partido que incumple lo prometido, y que no es el pueblo el que debe ser leal al líder, sino exactamente al revés. Claro que hay trumpistas enragés, seguidores ciegos del hombre; pero allí sería casi incomprensible esa devoción personalista y de “los colores” a muerte tan española que vemos hoy en los incondicionales del sanchismo. Una tentación tan antigua como el poder mismo, contra la que ya advertían los autores del Antiguo Testamento: «No confiéis en los príncipes, ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación».

Pero quienes se apresuran a celebrar la muerte del trumpismo se están precipitando. Trump fue el catalizador de una revolución que llevaba décadas gestándose en la sociedad estadounidense. Supo reconocerla, darle voz y convertirla en una fuerza electoral irresistible. Pero nunca fue su creador, ni su núcleo ideológico, ni la razón última de su existencia. Los millones de estadounidenses que exigían el fin de las guerras exteriores, el control de las fronteras y la recuperación de su país frente a las élites de Washington siguen ahí. Y buena parte de su desencanto viene precisamente de que Trump se ha apartado de las promesas que lo llevaron al poder.

En enero de 2021 escribí que el trumpismo sobreviviría a Trump. Sigo pensando lo mismo. El presidente ha perdido unas elecciones; la revolución política que desencadenó sigue su curso. Ha cambiado para siempre el Partido Republicano, pero también ha obligado al Demócrata a replantearse su relación con la clase trabajadora, la inmigración y la identidad nacional. Los viejos republicanos que sueñan con regresar al partido de Bush y los demócratas que esperan recuperar el cómodo consenso anterior a 2016 se engañan, para su mal. Aquella América ha desaparecido. Trump pasará, como pasan todos los hombres. El mundo político que hizo posible su victoria seguirá ahí cuando él ya no esté. Y nada volverá a ser igual.