El conserje de las Torres Gemelas que salvó la vida a cientos de personas: «Fracasé porque no rescaté a mis amigos»
William Rodríguez trabajaba limpiando las escaleras de la Torre Norte el día de los atentados del 11S
Salvó la vida de cientos de personas gracias a una llave maestra con la que abrió escaleras y oficinas
Rememora su gesta con OKDIARIO cuando se cumplen 25 años de los atentados
Poco antes de que el reloj marcase las seis y media de la mañana, hora de Nueva York, William Rodríguez (Puerto Rico, 1961) llamó por teléfono a su supervisor para comunicarle que estaba enfermo y solicitarle si podía ausentarse de su puesto de trabajo. «Hoy no puedes faltar», obtuvo por respuesta. Así que William se preparó y salió a la carrera. Llegó a las 8:40 de la mañana del 11 de septiembre de 2001 al World Trade Center, donde ejercía como conserje y, entre otras labores, se encargaba de limpiar las escaleras de los 110 pisos de la Torre Norte.
El retraso —dado que su hora de entrada eran las 8:00— truncó su tradición diaria de subir a la planta 106 donde sus amigos, trabajadores del restaurante Windows on the World, le invitaban a desayunar. Acudió directamente al sótano para ataviarse y comenzar sus menesteres cuando un estruendo sacudió el mundo y al mundo. Su primera impresión distó de la realidad. «El edificio se tambaleó tanto que escuché el crujido de las paredes. Al estar en el sótano y no tener ventanas, no sabía lo que estaba ocurriendo. Dio la sensación de que era un terremoto», cuenta durante su conversación con OKDIARIO.
Enseguida entendió que lo más seguro era evacuar la zona y llevó a catorce compañeros al exterior. Ahí la realidad era otra. «Escuché a la gente decir ‘un avión ha chocado contra la torre’. Miré hacia arriba y vi el agujero del edificio y todo lleno de humo y fuego», detalla. El primer pensamiento fue hacia sus amigos hosteleros. «Decidí entrar para llegar hasta ellos», afirma. Ese fue el motivo por el que, en lugar de buscar refugio, decidió llevar la contraria al instinto de supervivencia y regresar a las torres. Sacó a dos personas atrapadas en un ascensor y volvió a entrar para guiar a los bomberos piso por piso y abrir las puertas de las oficinas y escaleras con la única de las cinco llaves maestras que estaba donde debía estar.
«Cuatro de ellas las tenían los jefes de mis jefes, que se fueron corriendo. Solo quedaba la mía, la llaman la ‘llave de la esperanza’», dice mientras la saca del bolsillo. La historia de William es la de un marinero y capitán del barco al mismo tiempo. Se conocía las tripas de su lugar de trabajo como la palma de la mano y fue el último en abandonar la Torre Norte. Ahora, cuando se cumple un cuarto de siglo del atentado terrorista a una nación que se sentía y parecía invulnerable, William rememora junto a este periódico la atrocidad perpetrada por el fanatismo terrorista contra Occidente y la globalización, que ya se instauraba como paradigma a seguir y cuyo símbolo eran las Torres Gemelas.
PREGUNTA.- Han pasado 25 años. ¿Cómo ve lo que ocurrió con la perspectiva del tiempo?
RESPUESTA.- Me siento atormentado, en una penumbra constante. Recuerdo aquel 11 de septiembre diariamente. Es una cosa que está como impregnada en tu sistema y no te deja. Aprendes a vivir con ello, aprendes a administrarlo, a manejarlo, pero no se olvida. Yo no iba a trabajar ese día porque estaba enfermo, pero mi supervisor me dijo que tenía que venir. Yo limpiaba las escaleras de 110 pisos. Entonces fui al World Trade Center. Fui directamente al sótano y escuché la primera explosión mientras estaba ahí.
P.- ¿Qué explicación fue la primera que pensó cuando se produjo el estallido?
R.- Que había sido un terremoto. El edificio se tambaleó tanto que escuché el crujido de las paredes y comenzó a caer agua de todas partes. Al estar en el sótano y no tener ventanas, no sabía lo que estaba ocurriendo. También pensé que había reventado un generador en el cuarto de máquinas. Vi a un compañero, Felipe David, con muchas quemaduras y la piel arrancada. Lo vendé y cuando íbamos a llamar a la unidad de servicios médicos escuchamos la segunda explosión y el edificio comenzó a sacudirse.
«El humo era tan denso que cubría hasta la antena de la Torre Norte. Me desesperé porque mis amigos trabajaban en el restaurante de las plantas 106 y 107»
P.- ¿Cuál fue su reacción? ¿Qué vio al salir?
R.- Yo conocía el edificio con los ojos cerrados, entonces lideré la salida junto a otros compañeros por el área de carga y descarga. Cuando llegamos fuera, dejé a Felipe David en la ambulancia y ahí escuché a la gente decir que un avión chocó con la torre. En ese momento miro hacia arriba y veo todo el agujero en el edificio y el fuego. El humo era tan denso que cubría hasta la antena de la Torre Norte. Ahí me desesperé porque mis amigos trabajaban en el restaurante de las plantas 106 y 107. Y decidí entrar.
P.- Le llevó la contraria al instinto de supervivencia.
R.- Sí. Salí y entré tres veces. Decidí volver a entrar para ayudar al máximo número de personas que pudiera y llegar hasta mis amigos. Entré y saqué a dos personas del ascensor hasta la calle. Volví a entrar y saqué a otra empleada y, cuando entré por tercera vez, un policía vio que era el conserje y me preguntó si tenía la llave maestra. En el World Trade Center había cinco llaves maestras. Cuatro las tenían los jefes de mis jefes y la otra yo. Ellos estaban entrenados en administración de desastres y conocían el proceso de evacuación, pero se fueron corriendo. Mi llave la llaman la ‘llave de la esperanza’. Esta llave (la muestra a cámara) significó la vida de cientos de personas.
«Un policía les dijo a los bomberos que me siguieran, que yo conocía muy bien el edificio. Me siguieron y subimos piso por piso mientras yo abría las puertas de las escaleras»
P.- ¿Cómo fue la labor de rescate?
R.- El policía les dijo a los bomberos que me siguieran, que yo conocía muy bien el edificio. Me siguieron y subimos piso por piso mientras yo abría las puertas de las escaleras y de las oficinas para que pudieran sacar a la gente. El impacto del avión había atascado muchas puertas, por eso la llave era crucial. Los bomberos llevaban muchos kilos de peso por el equipo de emergencias y se quedaron en el piso 27 sacando gente. Yo subí solo al 33, donde vi a una señora a la que saqué del piso y la bajé hasta la zona de los bomberos. Así ocurrió hasta el piso 39.
P.- ¿Colapsó el edificio con ustedes dentro?
R.- Sí, tratábamos de subir más pisos cuando colapsó. Se desmoronaron desde la planta 65 hasta la 44 y nosotros estábamos en la 39. En ese momento, los bomberos me dijeron que yo era un civil y, al estar bajo su responsabilidad, tengo que ponerme a salvo. Cuando estaba bajando, escuché los gritos de las personas que se estaban quemando en el ascensor, pero los bomberos me dijeron que no se podía hacer nada. Al llegar al vestíbulo, justo colapsó la Torre Sur y fue tan fuerte que se sintió en la Norte. Nos caímos al suelo.
«Me giré y vi a personas tirándose desde la Torre Norte; eran cuerpos irreconocibles»
P.- ¿Pensó que iba a morir?
R.- Me dijeron que ayudara en la ambulancia y cuando iba corriendo a ella vi lo más horrible de mi vida. Me giré y vi a personas tirándose desde la Torre Norte. Eran cuerpos irreconocibles. Vi a la mujer que había sacado del piso 33 con el cuerpo partido por la mitad. En ese momento tembló el suelo porque la Torre Norte colapsó por completo y me metí bajo un camión de bomberos. Quedé atrapado. Pasé horas enterrado vivo entre escombros y solo le pedía a Dios morir sin ser mutilado para no darle a mi madre el dolor de ver mi cuerpo en pedazos. Estaba convencido de que iba a morir asfixiado. Por suerte, escuché que estaban removiendo escombros, grité y me escucharon. Me llevaron a la ambulancia y me dieron primeros auxilios.
P.- ¿Se considera un héroe?
R.- Desgraciadamente, no conseguí llegar a mis amigos. Con los años me han hecho héroe nacional y me han condecorado en la Casa Blanca, pero no soy un héroe, soy un superviviente. De hecho, fracasé porque nunca llegué a mis amigos. Salvé cientos de vidas en el proceso, pero nunca llegué a poder salvar a una sola de mis amistades. Milagrosamente, no me había roto ni un hueso. Estaba herido y algo quemado, pero no me había pasado nada. Estaba bien. Viví un infierno. Modificó mi vida de ahí en adelante. No pensé en mí en ningún momento. Solo pensaba en ayudar a todo el mundo y a mis amigos porque yo tenía la llave maestra.
«Dios me dio una segunda oportunidad de vida y la glorifico manteniendo vivo el recuerdo de lo que pasó ese día»
P.- ¿Ha tenido secuelas psicológicas?
R.- Dios me dio una segunda oportunidad de vida y la glorifico manteniendo vivo el recuerdo de lo que pasó ese día. Sufrí shock postraumático y la culpabilidad del sobreviviente. ¿Por qué sobreviví yo y no mis amigos perdidos? Viví los 102 minutos de horror, desde el primer segundo hasta la caída de los edificios. Y he ido peleando junto a asociaciones de supervivientes y familiares de víctimas para que se creara una comisión investigativa de lo que ocurrió; el proceso para que se creara el museo y el memorial; el proceso para que los indocumentados recibieran ayudas…
P.- ¿Nueva York se ha recuperado?
R.- Me he reencontrado con muchos supervivientes. Aquel 11 de septiembre es parte de mi vida. Es una cosa que no te deja. Son 25 años donde todos estos recuerdos se mantienen en vivo. He vuelto muchas veces a la zona cero y cada vez que voy me genera dolor. Siento que las almas de las personas siguen ahí. Sigue existiendo un trauma colectivo. Las secuelas fueron bien profundas. Nueva York todavía no se ha recuperado; se ha levantado, pero no se ha recuperado emocionalmente. No hay cierre emocional porque tenemos supervivientes, víctimas y decenas de miles de personas del área baja de Manhattan que se vieron afectadas por el polvo tóxico.
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