Historia
Antigua Roma

Nerón: quién fue realmente el emperador romano más controvertido de la historia

Entre los emperadores más tiranos de la historia, se encuentra el emperador Nerón. Aquí te contamos sobre él.

Emperadores romanos más odiados

Imperio romano, Octavio Augusto

Marco Aurelio, emperador

  • Francisco María
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Heredar el imperio a los dieciséis años con una madre como Agripina respirándole en la nuca es una receta segura para el desastre o para la leyenda negra. Nerón Claudio César Augusto Germánico carga con la peor fama de toda la antigüedad romana, el villano de película de sobremesa que toca la lira mientras las casas de sus ciudadanos arden en cenizas. Pero conviene sacudirse los tópicos de encima.

Los relatos de Suetonio y Tácito destilan tanto veneno político que hoy cuesta separar al monstruo real del monigote que interesaba retratar a la aristocracia senatorial. Al final, rascar en su historia revela a un tipo atrapado entre las exigencias asfixiantes del poder absoluto y una vocación artística malentendida por una sociedad militarista.

Quién fue Nerón y cómo llegó a ser emperador de Roma

Su ascenso al poder en el año 54 d.C. no fue una coincidencia; debe su posición a una máquina que funcionaba sin problemas la cual era operada por su madre, Agrippina Menor. Los primeros cinco años de su reinado, llamados el Período de los Cinco Años de Nerón, pasaron en compañía de Agrippina Menor, el Filósofo Séneca y Sexto Afranio Burro el Prefecto de la Guardia Pretoriana. En vez de la imagen de un despiadado dictador que a menudo se le retrata el joven emperador mostró moderación y abolió los impuestos abusivos y los juicios secretos respetando los derechos del Senado.

Los cronistas de la época, incluso los más hostiles, reconocían que Roma respiraba un ambiente de optimismo y renovación cultural.

El gobierno de Nerón y sus principales decisiones

Las cosas se torcieron en cuanto el chico quiso mandar de verdad. La tutela asfixiante de Agripina empezó a pesar como una losa de plomo, y Nerón demostró que no estaba dispuesto a ser un simple peón en el tablero familiar. El asesinato de su madre en el año 59 d.C. supuso un punto de no retorno, una frontera psicológica que cruzó con una frialdad espeluznante. A partir de ahí, la brecha con los senadores se abrió para no cerrarse jamás.

Mientras la alta sociedad romana esperaba que el césar se dedicara a gestionar provincias y dictar leyes con toga seria, él prefería afinar la voz, componer versos, ensayar gestos de actor dramático y jugarse el tipo en las carreras de cuádrigas. Para un patricio de cuna rancia, ver al emperador subido a un escenario público o participando en unos juegos olímpicos equivalía a una traición al Estado. Era una falta de decoro tan inmensa que rozaba la demencia colectiva a ojos de la vieja guardia.

El gran incendio de Roma: qué ocurrió realmente

El punto de inflexión definitivo llegó en el tórrido verano del año 64 d.C. Las llamas devoraron Roma durante nueve días interminables, reduciendo barrios enteros a escombros humeantes. La idea de que Nerón contemplaba el desastre tocando el arpa desde su torre mientras cenaba es probablemente una leyenda urbana de la época, pero la construcción inmediata de su titánica Domus Aurea sobre los solares calcinados encendió todas las alarmas de la sospecha popular. Alguien tenía que pagar los platos rotos.

El emperador encontró el chivo expiatorio perfecto en una secta oscura y minoritaria que caía rematadamente mal: los cristianos. Las ejecuciones bárbaras que organizó en sus jardines inauguraron una represión de proporciones épicas que dejó una cicatriz imborrable en la memoria occidental.

Las conspiraciones y la caída de Nerón

Aquel terror institucional no apagó los rescoldos del descontento, sino que avivó las conspiraciones en la sombra. La fallida Conjura de Pisón en el año 65 d.C. desató una espiral de paranoia dentro del palacio palatino. Rodearse de aduladores no te protege de los puñales.

Las ejecuciones masivas se sucedieron sin juicio previo, llevándose por delante a mentes tan lúcidas como la de su propio maestro, Séneca, obligado a abrirse las venas. El imperio entero sangraba por las costuras fiscales para financiar el tren de vida desbocado de la corte.

Las provincias no tardaron en perder la paciencia. Cuando las legiones de las Galias y de Hispania se alistaron bajo el mando de Galba y el grito de rebelión lanzado por Cayo Julio Víndex, el castillo de naipes imperial se desmoronó en cuestión de días.

El Senado, oliendo la sangre, lo declaró enemigo público y recuperó viejas fórmulas de ejecución ritual. Sin guardia pretoriana que lo defendiera y acorralado en una modesta villa a las afueras de la urbe, el propio emperador tuvo que pedir ayuda a su liberto Epafrodito para clavarse un puñal en la garganta en el año 68 d.C., dejando para la posteridad una frase tan teatral como coherente con su vida: «¡Qué artista muere conmigo!».

Mitos y verdades sobre uno de los emperadores más controvertidos de Roma

La historia, por supuesto, la escribieron los que ganaron el pulso. Pero conviene no comprar el relato oficial sin reservas. Fuera de los círculos senatoriales, en los barrios humildes de la Roma profunda y en las provincias orientales del imperio, Nerón conservó una devoción casi fanática durante años. Su apuesta decidida por la cultura griega, su cercanía con las clases bajas a través de exenciones fiscales y su desprecio absoluto hacia la rancia oligarquía explican perfectamente esa doble alma.

No fue un dechado de virtudes, desde luego, pero tampoco el simple monstruo descerebrado de los manuales escolares. Su reinado retrata con precisión descarnada los peligros de un poder absoluto metido en las manos equivocadas, demostrando que la línea que separa la genialidad artística del desquicie político suele ser peligrosamente invisible.