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La profecía de Aznar de ha cumplido: indepes a la greña

Aznar lo dijo la primera vez fue en un acto de FAES en 2012: «Antes de que se rompa España, se tiene que romper Cataluña»

Un militante de Aliança me lo dijo al oído en el Fossar, en la víspera de la Diada:

– «Aznar acertó».

– «Vaya si acertó», repliqué.

El partido de la alcaldesa de Ripoll había convocado en tan emblemático lugar para honrar a los muertos de 1714 y, de paso, hacer una demostración de fuerza. La CUP organizó una contramani en el mismo sitio y a la misma hora.

La sangre, todo hay que decirlo, no llegó al río. Los Mossos blindaron la plaza y separaron ambas convocatorias. Tuvieron que emplearse a fondo: tres detenidos por desórdenes públicos, atentado a la autoridad y lesiones leves. Sin contar los del día siguiente. Sílvia Orriols pudo, sin embargo, pronunciar su discurso. Algunos de los asistentes acabaron, no obstante, con manchas de pintura en la ropa.

Casualmente, yo llevaba tiempo pensando en la predicción del expresidente a medida que se caldeaba el ambiente. Aliança Catalana defendía su derecho a celebrar el acto como partido parlamentario. La CUP replicaba con vídeos en las redes. Para hacer bulto, había recurrido incluso a otros colectivos… ¡Como el sindicato de manteros! La fractura social —nunca superada del todo, pese a lo que diga Salvador Illa— se ha materializado entre independentistas.

A la hora de la verdad, ganó Aliança, que pudo celebrar su acto. Aunque fuera a trancas y barrancas. La formación demuestra cada vez más capacidad de movilización en la calle. De hecho, es el único partido catalán —en competencia con Vox— que monta paradas cada fin de semana en localidades de toda Cataluña. ¡Hasta en agosto! Están en alza y lo saben.

Aznar, en efecto, lo dijo. La primera vez fue en un acto de FAES en 2012: «Antes de que se rompa España, se tiene que romper Cataluña». La vez que ha pasado a la historia es posterior. En julio de 2017, durante los momentos álgidos del procés. Cuando, por la presión popular y mediática, la supuesta república catalana parecía imparable. En aquella ocasión añadió que «el independentismo va a acabar demoliendo Cataluña».

La polarización fue de las consecuencias más dolorosas del procés: la división de la sociedad catalana en dos mitades. Los partidarios, por un lado, y los botiflers, ñordos —literalmente, mierda de vaca— y traidores, por otro. En la segunda categoría entraban no solo quienes estaban decididamente en contra, sino también escépticos, tibios y hasta catalanistas moderados, a los que se acusaba de poner palos en las ruedas.

Además, fue una maniobra urdida desde las instituciones, con el propio Govern de la Generalitat y TV3 al frente. Al fin y al cabo, Quim Torra fue elegido presidente porque era uno de ellos. Llegó a comparar a los españoles —y, por tanto, a muchos catalanes que no renegaban de España— con «bestias de forma humana». También escribió que «solo saben espoliar» o que, sencillamente, estaban «locos». Como los romanos en los cómics de Astérix.

Ello no impidió que llegara a la presidencia de la Generalitat (2018-2020) por designio expreso de Puigdemont. A fin de cuentas, iba undécimo en la lista de Junts de 2017. Nadie se lo esperaba. Ni él mismo. Tampoco nadie se acuerda ya de él. Ni siquiera los suyos.

Lo que ocurre es que, en los últimos años, ha habido una vuelta de tuerca: la fractura social ya no se produce solo entre catalanes, sino también entre independentistas de derecha y de izquierda. Las relaciones entre ERC y Junts per Catalunya están prácticamente rotas. Basta ver las pullas que se lanzan Gabriel Rufián y Míriam Nogueras desde la tribuna del Congreso. Muchas veces hablan más para sus respectivos votantes —o contra el partido rival— que para Pedro Sánchez. Y, en las redes, más de lo mismo.

A todo esto se suma la irrupción de Aliança Catalana en el mapa político. Entró en el Parlament en las elecciones de mayo de 2024 con unos 120.000 votos y dos escaños: uno por Gerona —el de la propia Orriols— y otro por Lleida. Podrían haber sido más, porque en Barcelona rozaron el mínimo exigido del 3% —casi 68.000 votos— y en Tarragona llegaron al 3,5% —11.000 sufragios—, aunque no consiguieron representación en el reparto mediante la ley D’Hondt.

La alcaldesa se ha erigido, por méritos propios, en la líder de la oposición indepe en la cámara autonómica. Esquerra no lo es por razones obvias: pactó con el PSC, tiene 200 altos cargos colocados en la Generalitat y acaba de aceptar 4.600 millones en el pacto de financiación autonómica. No está mal, pero siempre dijeron que eran 16.000. Incluso con Pere Aragonès, unos meses antes de la convocatoria electoral, la consejera de Economía, Natàlia Mas, elevó la cifra hasta los 22.000.

El caso de Junts es distinto porque, de puertas afuera, se muestra más belicoso. El problema es que, como ERC, creó unas expectativas que luego no cumplió: la República catalana en año y medio a partir de las elecciones del 27 de septiembre de 2015.

En todos los análisis que se hacen sobre el auge de Orriols —la última encuesta de El Mundo la sitúa ya como segunda fuerza política, pisando los talones a los socialistas—, sesudos analistas olvidan una cosa: sus votantes son, en buena medida, de clase media. Muchos electores de CiU desencantados.

La alcaldable por Vic, por ejemplo, Elisenda Carrera, estuvo vinculada a CiU en los años noventa. Y la de Lérida, Meritxell Feliu, perteneció incluso a Unió, el partido de Duran. En abril de 2025 celebraron una jornada para cuadros y militantes en Platja d’Aro (Gerona). La cerró el secretario de Formación, Jordi Aragonès, ahora alcaldable por Barcelona, que acabó su discurso con un sintomático «Seny i ordre». «Sentido común y orden», en castellano. En vez del clásico «Visca Catalunya lliure».

Su crecimiento se explica también por el factor migratorio. En Cataluña hay casi 700.000 musulmanes. Más que en Madrid o Andalucía. Casi un 9% de la población. En realidad, la cifra es superior. Los inmigrantes en situación irregular, los nacionalizados tras diez años de residencia legal y los hijos de familias magrebíes no aparecen en las estadísticas.

Existe la convicción de que el nacionalismo catalán —con Pujol a la cabeza durante esos años— propició la inmigración procedente del Magreb porque pensó que sería más fácil de convertir en buenos catalanes. Que la hispanoamericana desequilibraría la presencia del catalán a favor del castellano y que, a la larga, no se integraría.Craso error.

Un día le pregunté a un alto cargo de Extranjería si aquello era verdad o una leyenda urbana. Me devolvió la respuesta con otra pregunta:

—¿Dónde abrió la Generalitat su primera «embajada»?

—En Casablanca —respondí.

—Pues ya está.

El Gobierno autonómico abrió allí su primera delegación en 2003 y nombró para el cargo a Àngel Colom, responsable de Nous Catalans, la sectorial de inmigración de CDC. El primer tripartito —con Maragall al frente— la cerró pocos meses después de llegar al poder. Corrieron rumores entonces de que Colom tenía pensado quedarse y abrir una champañería. Curioso negocio para un país islámico.