Peinado busca la «X» del ‘caso Begoña’: ¿quién ordenó contratar a Cristina Álvarez?
El juez Juan Carlos Peinado está destapando una curiosa cadena de responsabilidades en la contratación de Cristina Álvarez, la asesora que trabajaba oficialmente para Presidencia del Gobierno pero ejercía de facto como secretaria personal de Begoña Gómez en sus negocios privados. Lo llamativo del caso es que nadie, absolutamente nadie, parece saber quién dio la orden de contratar a esta «X» que conecta el poder público con los intereses particulares de la esposa del presidente.
La investigación ha revelado un sorprendente patrón: cada funcionario interrogado firma documentos pero desconoce a la persona contratada, y cuando el juez pregunta quién fue el responsable real, todos señalan hacia arriba en la cadena de mando.
- Alfredo González Gómez (ex vicesecretario general de Presidencia): Firmó el documento de contratación pero admitió no conocer a Álvarez. Señaló a su superior, Félix Bolaños.
- Félix Bolaños (ministro de Presidencia): Se desvinculó completamente del nombramiento en una tensa declaración donde el juez le afeó sus evasivas y hasta sus sonrisas. Tras un receso forzoso, señaló a Raúl Díaz.
- Francisco Martín (ex secretario general, actual delegado del Gobierno): «Se hizo el longuis» y tampoco aclaró nada sobre la contratación.
- Raúl Díaz (coordinador de personal de Moncloa): Se presenta como «mero firmante» y señala ahora a Beatriz Rodríguez como quien redactó el certificado de funciones.
La funcionaria fantasma
Lo que emerge es el retrato de una contratación irregular donde una asesora oficial:
- Usaba su móvil de Moncloa para gestionar negocios privados de Begoña Gómez
- Participaba en reuniones sobre la cátedra de la Complutense en el despacho presidencial
- Firmaba correos como «colaboradora» de la cátedra
- Acompañaba a Gómez a actos privados como una asistente personal
- Fue propuesta directamente por la esposa del presidente sin proceso selectivo
Lo cierto es que Cristina Álvarez era una empleada pública contratada a dedo que, con el conocimiento y consentimiento de sus superiores, trabajaba para los negocios privados de la esposa del presidente. Usaba móviles oficiales para gestiones particulares, participaba en reuniones privadas en Moncloa y firmaba correos como «colaboradora» de la cátedra de Gómez.
Todo este entramado requería autorización desde la cúspide del poder. Falta saber cuál fue el dedo que señaló a Álvarez para ese puesto tan particular, aunque tampoco hace falta ser muy sagaz para identificar de dónde vino realmente la orden.
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