El Real Madrid sale reforzado de Lisboa tras una victoria coral ante el Benfica que trasciende lo futbolístico. La reacción unánime de la plantilla ante los insultos a Vinicius marca un click emocional que podría convertir al equipo en un bloque mucho más peligroso y unido para el tramo decisivo de la temporada.
El Real Madrid ha empezado a transmitir sensaciones de equipo en claro crecimiento competitivo, confirmando la mejoría que ya se vislumbró ante la Real Sociedad. En el Da Luz, el conjunto de Arbeloa demostró que ha recuperado el orden y, sobre todo, la estructura que precisa para ser competitivo.
No fue una victoria basada en la inspiración individual o en el acierto puntual, sino un monólogo construido desde el orden, la concentración y la intensidad en los duelos. A excepción de un Mbappé que se encuentra diezmado por la lesión de rodilla, el resto del equipo rayó a un nivel altísimo, logrando que un rival que hace apenas tres semanas le había superado con claridad, apenas pudiera inquietar.
Este Madrid es hoy un equipo más compacto. El partido comenzó con ciertos momentos de caos que Rüdiger, con su jerarquía habitual, se encargó de corregir a gritos para despertar a sus compañeros. A partir de ahí, vimos una armonía táctica que hacía tiempo que se echaba en falta. Aunque no fue un día de puntería excelsa —salvo el golazo de escándalo de Vinicius—, la sensación de superioridad fue absoluta. El equipo no necesitó golear para demostrar que ha subido un escalón competitivo necesario para afrontar las eliminatorias de Champions.
Sin embargo, lo más relevante de la noche ocurrió fuera de lo puramente táctico. Los insultos racistas sufridos por Vinicius Junior, han provocado una reacción en cadena que define el estado de salud del vestuario. A diferencia de otras ocasiones donde estos conflictos sacaban al equipo del partido, ayer vimos una respuesta de bloque con mayúsculas. El mensaje de los compañeros fue claro: «si tú quieres jugar, jugamos; si no, nos vamos».
Es especialmente destacable el papel de Kylian Mbappé, quien ejerció de líder absoluto ante los micrófonos. Su discurso, alejado del victimismo y perfectamente articulado, trazó una línea roja: se pueden cometer errores en el campo, pero el insulto racista nunca es una respuesta justificable. Esta solidaridad se extendió a figuras como Tchouaméni, Valverde y el propio Álvaro Arbeloa, reforzando la idea de que en este equipo se cabalga y se muere juntos. El Real Madrid ha decidido arropar sin fisuras a su estrella, evitando entrar en el juego de quienes intentan responsabilizar a la víctima por su forma de celebrar.
El Real Madrid va para arriba
Este episodio puede ser la gasolina que el equipo necesitaba. A menudo hemos analizado si ciertos perfiles son compatibles o si las sinergias tácticas terminan de cuajar, pero la «unión energética» que se percibió ayer soluciona muchos de esos problemas de golpe. Cuando hay una misión compartida y un compromiso conjunto tan fuerte, las carencias futbolísticas se disimulan bajo el manto del esfuerzo colectivo. El equipo sale de Lisboa no solo con una victoria importante, sino con la sensación de que van todos a una.
Ojalá no tuviéramos que hablar de insultos racistas en un campo de fútbol, pero la realidad es que el Madrid ha sabido transformar esa hostilidad en un pegamento para su vestuario. Me creo mucho más a este equipo hoy que hace una semana. Si mantienen esta intensidad y esta solidaridad, el Real Madrid se convierte automáticamente en un rival mucho más temible. La temporada entra en su fase crítica y parece que el grupo ha encontrado el compromiso necesario para pelear por todo.