Arda Guler y Kylian Mbappé es por números y de largo la sociedad que más se entiende en este Real Madrid. Es por juego, la mejor hasta ahora –si los Vinicius o Bellingham no dicen lo contrario– en lo que va de curso. La cura, el remedio, la fórmula del éxito estaba donde siempre en el Bernabéu. Ganar, ganar y convencer. De momento, van por lo primero. Lo más urgente. Hay cosas que no cambian, la pócima de la victoria, pero sí estrellas que cambian partidos. El Madrid de Arbeloa, el que practica este juego sin adornos, encuentra el camino en una dupla que es puro fútbol: pase y remate. Sin más.
ZOOM IN: Ganar, Güler y el gol del Mbappé
Parece fácil pero no es sencillo. Porque en mitad de la tormenta y el ruido hay que hacer jugar a un equipo en entredicho, bajo la lupa, y con la moral en mínimos. Lo cierto es que no hay otros dos como Mbappé y Güler en toda Europa. Eso dicen los datos. De los 30 goles del francés, siete surgieron de las botas y el talento del menudo centrocampista otomano. Como lleva diez goles de penalti, el dato es mejor todavía para la conexión Güler-Mbappé. Es, de hecho, más de un tercio del total de los goles en jugada que lleva Kylian. Una de cada tres veces que ve portería se la prepara y sirve él. Y de todas las que reparte el joven genio, porque se le caen los pases de gol con sólo 20 años, el 70 por ciento son para el 10 del Madrid. Se buscan, se encuentran. Siete de cada diez veces decisivos, los que han acabado en gol encuentran la conexión con el francés. Y viceversa, aunque menos, también. El turco es el auténtico conector del equipo y su presencia en el once cerca del delantero galo es ahora mismo capital.
ZOOM OUT: Bellingham y Vini. Otra vez
Al otro lado, aunque en el intento de regresar, inglés y brasileño. No ven la salida, no ven la luz aunque a veces estar tanto bajo el foco acaba quemando… Ambos corren de un lado para otro, como si eso tuviese valor por sí solo, hasta empotrarse contra un muro cada vez más alto. Y encima ahora tiene banda sonora. Son los pitos, merecidos, de un Bernabéu en llamas contra algunas estrellas que desde hace tiempo están lejos de brillar.
El inglés quiere ser omnipresente, como parecía en sus primeros meses en el Madrid, y lo que se refleja hacia fuera, lo que percibe la grada es justo lo contrario. Bellingham es un jugador ofuscado, oscurecido, lejos de su fútbol sin correa que orbitaba con la jugada y el balón. No sólo con el balón…
Vini, siempre lo quiere. Con él encara a toda velocidad, acelera, frena, gira…pero no logra superar a sus pares tantas veces como antes. Y, cuando lo consigue, no conecta. No lo consigue por imprecisión en el pase, por falta de temple pero también por descoordinación de todo el equipo y su cuestionado juego de ataque. Si ya lo decía Ruud Gullit: «un equipo es como un buen reloj, si pierde una pieza sigue siendo bonito pero ya no funciona igual». Pues eso.