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Voltaire, filósofo y escritor francés del siglo XVII: «Yo, como don Quijote, me invento pasiones para ejercitarme»

  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Voltaire, uno de los nombres más influyentes de la Ilustración francesa, dejó tras de sí miles de cartas, ensayos y sentencias que todavía se citan en charlas, aulas y redes sociales. Entre todas ellas hay una que llama la atención por su giro inesperado: en vez de hablar de religión o ciencia, el filósofo se compara con un personaje de ficción nacido en España casi dos siglos antes que él.

Es más, la frase, breve y contundente, mezcla ironía y confesión personal. Y Voltaire no solía mostrarse vulnerable en sus escritos, más afilados para el debate que para la introspección, así que esta comparación con don Quijote resulta, cuando menos, curiosa. Entender qué llevó al pensador francés a mirarse en el espejo del hidalgo manchego exige repasar primero quién fue.

¿Por qué Voltaire se comparó con don Quijote para inventarse pasiones?

La frase aparece recogida en numerosas antologías de pensamiento ilustrado y circula desde hace años en círculos literarios de habla hispana, donde se cita como una síntesis de la filosofía vital de Voltaire.

Con ella, el escritor francés admitía algo que rara vez aparecía en sus ensayos más combativos: que a veces hay que fabricar la pasión para no caer en la apatía.

Recordemos que don Quijote no enloqueció por accidente. Miguel de Cervantes construyó a su hidalgo como alguien que elige la fantasía de las novelas de caballería para escapar de una vida gris, sin aventuras ni propósito.

Voltaire encontró en ese gesto un espejo de sí mismo. Inventarse pasiones, en este sentido, no es un síntoma de locura, sino una estrategia para seguir activo. Esa lectura resume buena parte de su forma de entender la madurez y la creatividad.

¿Hasta dónde llegó Voltaire para no rendirse ante la mediocridad?

La biografía de Voltaire, nacido François-Marie Arouet en 1694 en París, está llena de episodios que confirman esa vocación por la reinvención constante.

Encarcelado en la Bastilla en su juventud, aceptó el exilio en Inglaterra como condición para salir de prisión y aprovechó esos años para empaparse de la filosofía y las costumbres británicas, que después trasladó a Francia en obras como Cartas filosóficas.

Ya con más de 60 años, en vez de retirarse, protagonizó una de las causas más recordadas de la Ilustración: la defensa de Jean Calas, un comerciante protestante ejecutado en 1762 tras un juicio plagado de irregularidades.

Voltaire investigó el caso durante meses y escribió el Tratado sobre la tolerancia para denunciarlo, un esfuerzo que logró la rehabilitación de la familia Calas en 1765.

Esa energía tardía, cuando ya rondaba los 70 años, encaja a la perfección con la idea de fabricarse pasiones para seguir en pie.

¿Por qué el Quijote fascinaba tanto a los pensadores ilustrados?

Cervantes había publicado su novela más de un siglo antes de que Voltaire naciera, pero el personaje seguía muy vivo entre los intelectuales franceses del siglo XVIII.

Veían en él algo más que un loco entrañable. ¿Qué veían? Pues un símbolo de la razón que se rebela contra las convenciones, aunque sea a través de la fantasía.

El ensayista madrileño Francisco Umbral, siglos después, retomó esa misma lectura al interpretar la frase de Voltaire: para él, don Quijote representa la primera gran rebelión intelectual española, el salto de alguien que abandona la comodidad de la ficción para vivir realmente, aunque el precio sea que lo llamen loco.

Cervantes, al mismo tiempo, hacía lo contrario: escapaba de una vida de guerras y penurias refugiándose en la escritura.

Algo para aprender de esto: ¿Sigue vigente hoy la lección de Voltaire y don Quijote?

La idea de inventarse pasiones para no apagarse conecta directamente con discusiones actuales sobre la crisis de la mediana edad o la necesidad de reinventarse profesionalmente varias veces a lo largo de la vida.

Lo que en el siglo XVIII sonaba a excentricidad filosófica hoy se estudia como estrategia de bienestar.

Voltaire practicó lo que predicaba hasta el final. Con 83 años, y tras 28 de exilio, regresó a París en 1778, recibido por multitudes que lo aclamaban por la calle.

Murió semanas después, pero no como quien se apaga, sino como quien decide, hasta el último acto, seguir ejercitando sus propias pasiones.