Salvador Dalí, escultor y pintor español: «Solo te pueden pasar dos cosas malas en la vida; ser Pablo Picasso o no ser Salvador Dalí»»
Hemingway: "La felicidad en las personas inteligentes es lo más raro que conozco"
Platón: "La pobreza no llega por la disminución la riqueza, sino por la multiplicación de los deseos"
Sun Tzu: "Aparenta ser débil cuando seas fuerte, y fuerte cuando seas débil"
Salvador Dalí (Figueras, 1904-1989) fue uno de los artistas más influyentes y excéntricos del siglo XX. Expulsado de la Escuela de Bellas Artes de Madrid a los veinte años por sus conflictos con el profesorado, se instaló en París y se convirtió en uno de los referentes del surrealismo, el movimiento que exploró el inconsciente y los sueños como materia artística.
Su relación con Pablo Picasso, el otro gran genio de la pintura española del siglo XX, fue siempre ambivalente. Se conocieron en París en 1926, cuando Dalí tenía veintidós años y era prácticamente un desconocido. Desde el principio los unió una mezcla de admiración, rivalidad y envidia que definiría su vínculo durante décadas.
La frase que resume la obsesión de Salvador Dalí con ser el más grande
La declaración no necesita demasiado contexto para entenderse: para Salvador Dalí, no ser él mismo era la única desgracia equiparable a ser su eterno rival. Hay que detenerse de vuelta en la frase:
«Solo te pueden pasar dos cosas malas en la vida; ser Pablo Picasso o no ser Salvador Dalí».
Lo que aquí Dalí quiso reflejar es cómo veía el mundo del arte: una competencia que solo podía ganar él, y en la que Pablo Picasso era a la vez el único oponente digno y el mayor obstáculo para su protagonismo.
Porque es simple, Dalí admiraba a Picasso tanto como lo envidiaba. Le escribió más de 70 cartas a lo largo de su vida, que Picasso casi nunca respondía. En público lo criticaba; en privado le enviaba postales aduladoras.
Esa contradicción fue una constante en su relación. El genio de Figueras no podía ignorar a Picasso, pero tampoco podía soportar que el mundo lo admirara más a él.
El primer encuentro de Salvador Dalí con Picasso y la rivalidad que se forjó en París
En abril de 1926, Dalí viajó a París por primera vez, costeado por su padre. Antes de partir, pidió a Federico García Lorca que le escribiera una carta de presentación para Picasso. Ya en la ciudad, se presentó en el estudio del artista malagueño y le mostró su trabajo. Picasso, que ya había oído hablar de él a través de Joan Miró, quedó impresionado.
La relación que siguió fue desigual desde el principio. Picasso ayudó a Dalí de manera concreta: lo presentó a marchantes y coleccionistas influyentes, y llegó a financiar su primer viaje a Nueva York.
Mientras tanto, Dalí absorbía el cubismo picassiano y lo procesaba a través de su propio lenguaje visual. El intercambio artístico fue fecundo, pero la sombra de Picasso nunca dejó de pesar sobre Dalí.
El episodio más revelador de esa tensión llegó en 1937, en vísperas de la Exposición Internacional de París. Ambos respondieron a la Guerra Civil española con dos obras emblemáticas. Picasso pintó el Guernica, símbolo del horror bélico del siglo XX; Salvador Dalí creó Premonición de la guerra civil, igualmente perturbadora, pero de menor eco mediático.
El mundo habló casi exclusivamente del cuadro de Picasso. Dalí llegó a reprochar en público que su rival acaparaba demasiado protagonismo, aunque en privado siguió escribiéndole durante años.
El pintor que hizo del ego una obra de arte
Nacido en Figueras en 1904, Salvador Dalí desarrolló un lenguaje visual inconfundible a partir de la representación minuciosa de imágenes oníricas.
La persistencia de la memoria (1931), con sus célebres relojes blandos derritiéndose sobre superficies insólitas, es probablemente el cuadro más reconocido del surrealismo. También realizó esculturas y objetos como el Teléfono langosta (1936), que llevaron el movimiento más allá de la pintura.
Expulsado del surrealismo por André Breton en torno a 1939, Dalí nunca dejó de trabajar ni de provocar. Vivió en Estados Unidos durante casi una década, donde acumuló fama y fortuna. Regresó a Cataluña para instalarse en Portlligat, cerca de Cadaqués, y pasó sus últimos años en el Castillo de Púbol.
Murió en enero de 1989, en la Torre Galatea de Figueras, junto al Teatro-Museo que él mismo diseñó y que hoy es uno de los monumentos más visitados de España.
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