Miguel de la Quadra-Salcedo, reportero de guerra y aventurero, sobre la vejez: «El elixir de la eterna juventud es mantener la curiosidad y rodearte de gente joven»
Borges: "Uno está enamorado cuando se da cuenta de que otra persona es única"
Hemingway: "Se necesitan 2 años para aprender a hablar y 60 para aprender a callar"
Jung: "Pensar es difícil, por eso la mayoría de la gente prefiere juzgar"
Nuestro Miguel de la Quadra-Salcedo no era médico ni gerontólogo. Sencillamente, era un hombre que había pasado ocho décadas en movimiento y llegó a la vejez con una convicción forjada en la experiencia. Para este ilustre madrileño, la diferencia entre envejecer y oxidarse no radicaba en los genes ni en la dieta, sino en algo más difícil de recetar.
La pregunta de qué es lo que mantiene viva a una persona ha ocupado a filósofos, científicos y artistas desde que existe el lenguaje. Lo que Quadra-Salcedo aportó a la charla filosófica fue revelador para muchas personas que se inspiraban en él. Pero para él, más que un pensamiento, era un modo de vida genuino.
La curiosidad y la gente joven, la fórmula de Quadra-Salcedo para la vejez
La postura de este español fue directa: «He descubierto el elixir de la eterna juventud. Consiste en mantener la curiosidad y rodearte de gente joven».
Lo dijo sin ironía y con el respaldo de 37 años dirigiendo la Ruta Quetzal, el programa cultural que cada año reunía a unos 200 estudiantes de dieciséis y diecisiete años para recorrer el continente americano junto a él.
Y vamos, que esta frase no era retórica. «Me recuerdo desde siempre con un irrefrenable afán por descubrir; la curiosidad ha sido el motor de mi vida», repetía. En lo que respecta a los jóvenes de la Ruta, añadía algo tan concreto como revelador: que aquellos muchachos le devolvían más energía de la que él les daba.
El resultado más visible de esa filosofía fue su propia trayectoria. Murió en 2016, a los 84 años, después de haber cubierto guerras, atravesado selvas amazónicas y dirigido expediciones hasta poco antes del final. No concebía detenerse. «Por la noche me da pena dormir», llegó a decir.
Lo que dice la ciencia sobre la curiosidad y la vejez
Un estudio de la Universidad de California (UCLA), publicado en la revista PLOS One, analizó a más de 1.400 personas de entre 20 y 84 años y llegó a una conclusión que encaja directamente con lo que Quadra-Salcedo practicó durante décadas. Precisamente, que la curiosidad intelectual no disminuye con la edad, sino que tiende a aumentar después de la mediana vida.
Su investigador principal, Alan Castel, concluyó que quienes continúan buscando respuestas a preguntas concretas podrían compensar o incluso prevenir el deterioro cognitivo del Alzheimer.
La neurociencia aporta otro ángulo. Un estudio publicado en el Journal of Neuroscience identificó las características cerebrales de los llamados superancianos: personas de más de 80 años con la capacidad cognitiva de alguien de cincuenta.
Sus neuronas en la corteza entorrinal son más grandes de lo normal y no acumulan las proteínas que caracterizan al Alzheimer. Todos comparten el mismo patrón de vida: desafío cognitivo continuo, aprendizaje diario y participación social activa.
Por su parte, la gerontóloga española Rocío Fernández-Ballesteros, referente en envejecimiento activo, ha concluido que la longevidad depende en un 25% de factores físicos y en un 75% de comportamentales. Dicho todo esto, podríamos afirmar que lo que se hace con la mente importa más que la genética.
Ramón y Cajal, Saramango y Goya: otros ilustres con la misma visión de la vejez
Quadra-Salcedo no es el único que llegó a esta conclusión desde la experiencia. Santiago Ramón y Cajal, Premio Nobel de Medicina, lo formuló con precisión: «En la vejez no nos deben preocupar las arrugas del rostro, sino las del cerebro».
De su lado, el escritor portugués José Saramago fue más directo: «La vejez empieza cuando se pierde la curiosidad», manifestó.
Y para cerrar con otro ejemplo español, Francisco de Goya pintó las Pinturas Negras, algunas de las obras más audaces de la historia del arte occidental, entre los 73 y los 77 años, después de una enfermedad grave que lo dejó sordo. En su caso, la adversidad intensificó la curiosidad en lugar de apagarla.
Ninguno de ellos envejeció en el sentido convencional del término. Quadra-Salcedo dirigió su última expedición de la Ruta Quetzal con más de 80 años. Poco después murió, pero la Ruta siguió: la tomó su hijo Íñigo.
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