José Saramago, escritor portugués y Premio Nobel de Literatura: «Pienso que todos estamos ciegos; ciegos que pueden ver, pero no miran»
Es una de las citas más famosas de José Saramago, una de esas frases que invita a parar y reflexionar
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José Saramago murió en junio de 2010, en su casa de Lanzarote, con 87 años y una obra que había cambiado para siempre la manera de entender la literatura en lengua portuguesa. Ganó el Nobel en 1998, fue uno de los pocos escritores del siglo XX capaces de convertir una novela en una parábola moral sin que la ficción perdiera ni un gramo de fuerza. Y entre todas las frases que dejó escritas y dichas a lo largo de su vida, hay una que sigue circulando con una persistencia que dice mucho de su vigencia: «Pienso que todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero que no miran».
La distinción importa porque revela algo interesante sobre cómo Saramago pensaba. La frase del libro es más literaria, más densa, construida con la repetición y la cadencia que caracteriza su prosa. La frase de las entrevistas es más directa, más conversacional, más accesible. Pero las dos apuntan exactamente al mismo sitio: no a la ceguera como enfermedad física sino como estado moral. La incapacidad de ver no como déficit sensorial sino como elección.
Ensayo sobre la ceguera, publicado en 1995, narra una epidemia de «ceguera blanca» que se extiende por una ciudad sin nombre. Los infectados no ven oscuridad sino una blancura deslumbrante que lo borra todo. El Estado los interna en un manicomio. El orden social se desintegra con una rapidez que asusta precisamente porque resulta verosímil. Sólo una mujer, la esposa del médico, conserva la vista en secreto y guía a un pequeño grupo hacia la supervivencia. Saramago la convirtió en la única persona capaz de ver, y también en la única que actúa con plena responsabilidad ética. La coincidencia no es casual.
Porque el núcleo de la novela, y de la frase, no es la pérdida de visión sino lo que esa pérdida deja al descubierto. Sin la vista, los personajes revelan todo lo que en circunstancias normales permanecía oculto: el egoísmo, la crueldad, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Y la pregunta que sobrevuela el libro de principio a fin es incómoda: ¿cuánto de todo eso ya existía antes de que se quedaran ciegos? ¿Cuánto de lo que hacemos y toleramos en el mundo real depende de que decidamos, simplemente, no mirar?
Saramago era un escritor que no creía en la neutralidad. Él mismo explicó en entrevistas que no pretendía hacer una obra de ciencia ficción ni de catástrofe, sino una parábola ética y social. La ceguera blanca no representaba una enfermedad real sino una metáfora de la falta de conciencia y de solidaridad colectiva. En ese marco, la frase cobra todo su sentido: estamos ciegos no porque no podamos ver, sino porque miramos hacia otro lado. Ante la pobreza, ante la injusticia, ante el dolor de quien tenemos al lado. Vemos, pero decidimos no reparar.
La cita con la que el propio Saramago abre la novela, tomada del Libro de las Exhortaciones, va en la misma dirección: «Si puedes mirar, ve. Si puedes ver, repara». La diferencia entre mirar y ver, y entre ver y reparar, es exactamente el territorio que explora durante trescientas páginas. Y que sigue explorando en la frase más breve y más directa que pronunció fuera del libro.
Quince años después de su muerte, Saramago sigue siendo uno de los escritores más citados en lengua española, lo que tiene su propia ironía. Un hombre que escribió en portugués, que vivió sus últimos años en una isla canaria, que fue ignorado durante décadas por la academia y que publicó su primera novela a los 47 años. Un escritor que, como su propio diagnóstico, estuvo mucho tiempo delante de los ojos de todos sin que nadie lo mirara del todo. Hasta que llegó el Nobel y de repente todo el mundo afirmó haberlo visto siempre.
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