El lema de vida del filósofo Henry David Thoreau: «En mi casa había tres sillas: una para la soledad, una para la amistad y una para la compañía»
Más de siglo y medio después, esa reflexión sigue resultando sorprendentemente actual
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- Laura Mesonero
- Laura Mesonero Ortiz (Madrid, 2002) Periodista especializada en SEO editorial y desarrollo de audiencias digitales, con experiencia en medios nacionales de referencia como La Razón (Grupo Planeta), The Objective media y ahora en OkDiario. Experta en estrategia de contenidos orientada a Google Discover y Google Search. Perfil híbrido entre redacción, análisis de datos y visión estratégica.
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La felicidad ha sido una de las grandes obsesiones del ser humano desde la Antigüedad. A lo largo de la historia, filósofos de todas las épocas han tratado de responder a la misma pregunta: qué significa realmente ser feliz y cómo puede alcanzarse ese estado al que aspiramos casi de forma instintiva. Buena parte de las decisiones que tomamos a lo largo de la vida (el trabajo que elegimos, las relaciones que construimos o incluso el lugar donde vivimos) tienen como objetivo último acercarnos a esa idea de bienestar.
Sin embargo, las respuestas nunca han sido únicas. Mientras algunos pensadores defendían que la felicidad reside en el placer o en el éxito, otros apostaban por la sencillez, el autoconocimiento y las relaciones humanas. Entre ellos destaca el filósofo estadounidense Henry David Thoreau, quien resumió su visión de la vida en una imagen tan sencilla como poderosa: tres sillas.
La célebre reflexión aparece en Walden, la obra publicada en 1854 en la que Thoreau narra los dos años, dos meses y dos días que pasó viviendo solo en una pequeña cabaña construida por él mismo junto al lago Walden, en Massachusetts. Su propósito era comprobar qué ocurría cuando una persona eliminaba todo lo innecesario y se quedaba únicamente con lo esencial.
Fue durante esa experiencia cuando escribió una de sus frases más conocidas: «En mi casa había tres sillas: una para la soledad, una para la amistad y una para la compañía.»
Las tres sillas que explican el equilibrio de una vida plena
Para Thoreau, cada una de esas sillas representaba una dimensión indispensable del bienestar.
La primera era la silla de la soledad. No entendía la soledad como aislamiento o tristeza, sino como el espacio imprescindible para escucharse a uno mismo. Alejarse del ruido, reflexionar y comprender quiénes somos era, para él, el punto de partida de cualquier vida auténtica. Solo quien aprende a estar consigo mismo puede construir una existencia guiada por sus propios principios y no por las expectativas ajenas.
La segunda silla simbolizaba la amistad. Para Thoreau, la felicidad no podía construirse únicamente desde el individuo; también necesitaba vínculos profundos y elegidos libremente. No hablaba de acumular contactos o relaciones superficiales, sino de cultivar amistades capaces de aportar apoyo, confianza y crecimiento mutuo.
No es una idea aislada. El conocido Estudio sobre el Desarrollo Adulto de Harvard, considerado una de las investigaciones más largas sobre la felicidad, concluye que la calidad de las relaciones personales es uno de los factores que más influye en el bienestar físico y emocional a lo largo de toda la vida.
La vida social ocupa un lugar, pero no el primero
La tercera silla representaba la compañía, es decir, la participación en la vida social y la convivencia con el resto de la comunidad. Sin embargo, el orden elegido por Thoreau no era casual.
Para el filósofo, la sociedad debía ocupar el tercer lugar porque antes era necesario construir una relación sólida con uno mismo y con las personas verdaderamente importantes. De poco servía rodearse constantemente de gente si esas relaciones eran superficiales o impedían desarrollar una vida interior.
De hecho, el propio Thoreau criticó la forma en la que muchas personas se relacionaban.
«La sociedad suele ser demasiado superficial. Nos reunimos a intervalos muy cortos, sin haber tenido tiempo de adquirir ningún valor nuevo los unos para los otros.»
Más de siglo y medio después, esa reflexión sigue resultando sorprendentemente actual.
La sencillez como verdadero camino hacia la felicidad
La experiencia de Walden llevó a Thoreau a una conclusión que atravesó toda su obra: cuanto menos dependemos de lo material, mayor libertad interior alcanzamos.
El filósofo sostenía que muchas personas sacrifican su tiempo, su tranquilidad y su bienestar persiguiendo bienes o reconocimiento social que nunca llegan a proporcionar una felicidad duradera. Por eso dejó otra de sus frases más recordadas:
«Un hombre es rico en proporción a las cosas de las que puede prescindir.»
En lugar de entender la riqueza como acumulación, Thoreau la asociaba a la capacidad de vivir con lo necesario, dedicar tiempo a la reflexión y cuidar las relaciones verdaderamente importantes.
Quizá por eso Walden continúa siendo una obra de referencia para quienes buscan una vida más consciente. Su propuesta sigue siendo sorprendentemente sencilla: reservar tiempo para estar con uno mismo, cultivar amistades auténticas y participar en la vida social sin convertirla en el centro de la existencia. Según Thoreau, solo cuando esas tres «sillas» encuentran su equilibrio es posible acercarse a una felicidad más profunda y duradera.
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