‘Otello’ abre con un atronador aplauso la temporada del Teatro Real
«Odio a ese moro». Así justifica Yago, un demonio de andar por casa pero letal, la maquinación que urde contra Otello, el fiero y vulnerable héroe, desprovisto este jueves en el Teatro Real, que ha inaugurado así su temporada 2016-2017, del color «chocolate» del que hablaba Giuseppe Verdi pero dotado de toda su grandeza.
El aplauso al finalizar la representación, que han presidido los Reyes, ha sido atronador para los tres protagonistas, Gregory Kunde (Otello), George Petean (Yago) y especialmente Ermonela Jaho (Desdémona), algo más tibio para el director de orquesta, el italiano Renato Palumbo, y el de escena, el estadounidense David Alden, ha tenido que escuchar algún abucheo.
Kunde está considerado como el mejor Otello del momento y en su interpretación de esta noche (se alternará con otro reparto encabezado por Alfred Kim) ha revalidado su título frente a un inteligentemente contenido Petean y una emocionante, dulce y conmovedora Jaho, merecedora de la gran ovación que le han tributado los espectadores.
La propuesta de Alden sobre ‘Otello’, la última obra maestra de Verdi, una de las óperas más perfectas en su dramaturgia que se han compuesto nunca, se inserta en el eterno debate sobre si el protagonista tiene que ser blanco o negro o si tiene que pintarse la cara en caso de no serlo.
«Cuidado, mi señor, con los celos», advierte Yago plantando la semilla de la duda en Otello, un hombre de violentas emociones que se pelea como un tigre con la locura, pero «cuidado», también, con el peligro de los prejuicios y lo preconcebido.
Alden lo quiere blanco, y sin ningún signo que haga «diferente» al musulmán convertido al cristianismo que aparece en el primer acto clamando, rugiendo casi, que el orgullo de los turcos «ha quedado sepultado en el mar».
Se aleja así Alden, muy escrupuloso con el libreto, de William Shakespeare y se acerca a la idea de Verdi, que retrata, a pesar de sus referencias en su correspondencia con el libretista, Arrigo Boito, al color «chocolate» de la piel de Otello, de reflejar quién es Otello sin darle tanto relieve a su piel o al contexto social.
Un decorado gris y claustrofóbico
La última obra maestra de Verdi retrata a alguien empujado por su extrema inseguridad, aunque, claro, con la ayuda inestimable del diablo manipulador y altamente tóxico que es Yago («cumplo mi destino haciendo el mal»), hasta el asesinato y el suicido.
Porque ni Yago ni Otello, por distintas razones, acaban de entender que la dulce, hermosa, joven y, sobre todo, blanca mujer que es Desdémona se haya enamorado de un «salvaje», al que se presupone solo guiado por la fiereza pero también por una transparente honestidad.
La sospecha de la injuria, más que la injuria, atormenta de tal forma a Otello que hiere y pisotea sin piedad el amor que siente por Desdemona, maltratada físicamente hasta la muerte en busca de la confesión de una «verdad» que o existe pero, sobre todo, psicológicamente, incapaz de comprender por qué su marido se comporta así y cree a todos menos a ella.
Otello siente una gran presión de su entorno por su color y siempre cuestiona que Desdémona haya superado esa barrera y le quiera de verdad, tan vulnerable e inseguro que solo hace locuras y no acaba de creerse que nunca que sea merecedor del amor de su mujer.
En la propuesta de Alden el tiempo es ambiguo y si el vestuario sugiere finales del XIX, cuando la ópera fue compuesta, las arcadas del decorado recuerdan a la gran Venecia del XVI.
El decorado es gris, claustrofóbico y atravesado por luces que parecen el reflejo de lo que sienten los principales personajes.
Palumbo deja que la música marque el ritmo de lo que se ve, sin imponerse pero imponente y desarrolla magistralmente momentos como en el que Yago revela su credo como diablo, en el que parece flotar el veneno en la sala, o Desdémona se lamenta como un junco a punto de quebrarse.
‘Otello’ es, según Pier Luigi Ledda, director general del Archivo Ricordi, un blockbuster, una pieza que tiene un lugar de honor en el repertorio desde que se estrenó, en 1887, ha sido el «pórtico de entrada» para la celebración, en 2018, de su Bicentenario y el 20 aniversario de su reapertura.
También ha coincidido con el cumpleaños de la Reina Letizia, a la que la orquesta ha sorprendido al inicio del segundo acto con la interpretación del ‘Cumpleaños feliz’, que le ha cantado también el coro y los protagonistas cuando ha acudido junto con el Rey a saludar al elenco al escenario al terminar la función.
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