Izal y su oda interestelar atrapan el tiempo en el Wizink Center
El cielo se caía a pedazos sobre la atmósfera madrileña en una araña de cristales blancos que hacían crujir el recinto dónde pronto iban aterrizar cinco astronautas. La vida terrestre sufría una traslación fugaz de la primavera al invierno; allá arriba, en el espacio, preparaban su enredosa nave, una mezcla de máquina del tiempo y caja de música que iba a llenar de antigravedad el Wizink Center.
El tiempo pasaba en su interior a la velocidad de los relojes de la surrealista obra de Dalí. Mientras, el oxígeno se colocaba a precio de bitcoin para las 17.000 almas que colapsaban la estación espacial. Y allí, con puntualidad alemana, aparecieron con su oda interestelar los cinco integrantes de Izal. Querían lanzar una amenaza ininteligible en el inicio, una acertijo físico: nos iban a hacer volar sin saber cómo.
Emulando a Leonardo DiCaprio con Kate Winslet en el infame Titanic, Izal consiguió elevarnos a las alturas y flotar entre una riada de cervezas y combinados. El ruido se descodificaba en la garganta de un Mikel que, como siempre, tiró de una oratoria sin conejo en la chistera. La sencillez en el escenario de un hombre que estruja las letras hasta convertirlas en diamante. El presumible populismo en forma de agradecimiento constante no miente en su boca: su discurso es el fiel reflejo de la verdad.
Mikel, Gato, Alejandro, Alberto e Iván dirigieron la fiesta con un setlist en el que unieron lo clásico y lo nuevo; como ver Casablanca en Netflix, o leer la Biblia en PDF. Copacabana, Pequeña gran revolución, Agujeros de Gusano, Pánico Práctico, Asuntos delicados… La máquina engranaba como el motor V6 del Mercedes de Hamilton: imparable, veloz, fiable. Hasta dotaron de la oportunidad de que el respetable eligiera una canción, Palos de ciego, a través de la app.
«Las despedidas son mejor cuando no te vas», rezaba Mikel en otro momento de apertura en canal de su cerebro. Amenazó con la relatividad del tiempo… pero aquello era para barra de bar y alguna cerveza de más. El exceso de adrenalina que convierte los minutos en milésimas de segundo, como el verano de un niño, como la primera juerga nocturna.
El Pozo amenazó como una moneda de cinco euros con ser el final del espectáculo. Allí, a capella, como si fuese Anfield, se terminó el single con las manos arriba. La introspección de Pausa unió minimalista a Izal en el centro del escenario. Continúo con los superpoderes de la misteriosa (y tangible) Mujer de verde, que, sin identidad apreciable, allí flotaba. El Baile parecía el final de fiesta perfecto, con Mikel a lo Kurt Cobain, lanzándose sobre el escenario. Se atisbaba, esta vez sí, el último punto del texto.
Al contrario que Bill Murray en Atrapado en el tiempo, hubiese sido estimulante estar eternamente girando en la rueda de Izal. Un bucle temporal adictivo, un loop salvaje que, como todo en esta vida, tiene fecha de caducidad. Se acabó agónico en el solo de guitarra de Alberto, como un suspiro, la gravedad volvió a colarse por algún recodo del Wizink Center.
Ellos se marcharon en su nave tal y cómo habían venido, devolviendo todo a su orden natural. Pero, como en Lost in Translation, Izal hizo de su actor de cabecera y nosotros de Scarlett Johansson, dejándonos un último susurro al oído que nadie será capaz de entender si no lo había presenciado. Bob y Charlotte se separaron de nuevo esperando que, quizá, el destino vuelva a unirlos en otra noche interestelar.
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