Kate y Rooney Mara, junto a Orlando Bloom, incomodan en San Sebastián con ‘Bucking Fastard’, una bofetada a la normalidad
Orlando Bloom se convierte en una víctima de Kate y Rooney Mara, arrastrado por Werner Herzog
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Werner Herzog ya no tiene que demostrar nada. Tras recibir en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián el Premio Donostia, de manos de Orlando Bloom, el director alemán ha soltado en las pantallas del Zinemaldia Bucking Fastard: un artefacto cinematográfico seco, extraño y fascinante.
Inspirada libremente en la célebre historia real de las hermanas Freda y Greta Chaplin -gemelas británicas que hablaban al unísono, amaban al mismo hombre y aterrorizaban a sus vecinos-, la película es una embestida frontal contra el concepto de normalidad. Jean y Joan Holbrooke no están locas para la cámara de Herzog; sencillamente habitan una dimensión biológica y poética insoportable para la lógica del Estado, la justicia y la moral de barrio. Les dan vida unas inquietantes Kate y Rooney Mara, también hermanas en la vida real.
Bloom interpreta a Gareth Mulroney, el hombre del que las gemelas se enamoran y que acaba convirtiéndose en el eje de su conflicto con el pueblo. Lejos de desentonar, Orlando Bloom aporta una contención indispensable: su presencia es la de un tipo corriente golpeado por una marea impredecible, y sirve de ancla terrenal frente a la experiencia hipnótica y desasosegante que proponen las dos protagonistas.
Precisamente la presencia de Orlando Bloom en Bucking Fastard es lo primero que desconcierta en la película. ¿Qué hace Orlando Bloom en una película de Werner Herzog? Para empezar, una extrañísima pareja con el director, que confronta a un galán de Hollywood con el mito bávaro. El maridaje de un actor moldeado por grandes franquicias con un cineasta que una vez obligó a su equipo a subir un barco por una montaña parecía una extravagancia de casting. Sin embargo, la jugada ha salido bien.
Por su parte, Kate y Rooney Mara logran un prodigio técnico y actoral (más Kate que Mara, cabe destacar). Hablar al mismo tiempo, tropezar en los mismos fonemas y duplicar miradas y hasta sonrisas diabólicas sin sonar como un número de ventriloquia requería una sincronía casi destructiva.
Su corporalidad compartida se deja ver en movimientos, pausas respiratorias y en la entonación. Todas parecen responder a un único impulso nervioso que obliga al espectador a mantenerse en una permanente incomodidad contemplativa.
Si las Mara son esas típicas hermanas que se pasan la vida peleando, no se nota nada. La complicidad de compartir sangre en la vida real traspasa la pantalla y dota a la relación de las Holbrooke de una humanidad helada. Ellas, su recital interpretativo, son lo mejor de Bucking Fastard, así como la falta de condescendencia de Herzog, la austera dirección de fotografía, el equilibrio entre la sátira institucional y la tragedia íntima y la valentía de un Bloom volcado en un cine despojado de artificios.
Herzog no busca con esta película explicar el misterio médico de sus protagonistas ni compadecerse de ellas. Todo lo contrario, por ahí es donde él centra el gran tema de Bucking Fastard: la ineptitud de la sociedad civilizada para tolerar lo que no cabe en sus casilleros. Es el choque entre anomalía y normalidad.
El título del extraño largometraje, Bucking Fastard, nace del lapsus linguae que las hermanas cometen a la vez ante un juez cuando intentan insultar a un vecino (fucking bastard, es decir, maldito bastardo). Herzog contrapone la belleza salvaje e incomprensible de esa alianza biológica frente a la ridiculez estéril de las instituciones. Además, hay otras muchas escenas cargadas de significado en la historia, entre ellas (sin spoilers) la de las hermanas cavando un túnel a través de la ladera de un cerro, que se traduce en la búsqueda de un atajo hacia un mundo donde no las obliguen a separarse.
Quizás Bucking Fastard peca de un tramo judicial algo reiterativo, que llega a frenar la poética del relato. El ritmo flaquea en el segundo acto, donde las escenas procesales y los careos judiciales se alargan en exceso, y restan empuje a la atmósfera construida en el arranque.
Al entregarle el premio Donostia, Bloom subrayó la capacidad del director para arrastrar a los intérpretes fuera de su zona de confort y exigirles una entrega desprovista de vanidad, algo de lo que él mismo ha sido víctima de forma visible en esta película.
Como ahora, Herzog ha insistido a lo largo de su trayectoria en explorar personajes al margen de la civilización y en retratar el absurdo de las estructuras sociales cuando se enfrentan a lo incontrolable. Es siempre la excentricidad de los acontecimientos la que marca el pulso del relato. Bucking Fastard no busca el aplauso fácil porque Herzog, octogenario e incombustible, sigue obsesionado con los márgenes de la condición humana.
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