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En el corazón del valle de Echauri, en Navarra, el Palacio de Elio vuelve a abrir sus puertas como si el tiempo, por fin, hubiera decidido detenerse un instante para escucharlo. Esta joya medieval del siglo XIV, ligada a los veranos de infancia de la reina Fabiola de Bélgica, renace hoy como un espacio vivo de cultura, hospitalidad y memoria gracias al impulso de Fernando Ruiz de Ojeda, que lidera su transformación con una visión que combina patrimonio, arte y sostenibilidad.
El proyecto no se limita a restaurar un edificio histórico: aspira a devolverle una función contemporánea sin borrar su identidad. El palacio, con su estructura tardogótica, sus torres, su patio central y sus muros de sillarejo, se convierte ahora en un organismo complejo donde conviven residencia, cultura, naturaleza y hospitalidad. La idea de fondo es clara: que el visitante no sólo observe el pasado, sino que lo habite.

Fernando Ruiz de Ojeda lo explica desde una filosofía de respeto absoluto hacia el lugar. Durante la entrevista insiste en que el mayor desafío no es técnico, sino emocional: «Entender el espacio, respetar su personalidad, y simplemente consolidar y embellecer». En esa frase se resume una manera de intervenir que evita la imposición y apuesta por la escucha arquitectónica. El palacio no se transforma, se acompaña.
Uno de los elementos más destacados de esta nueva etapa es la vocación híbrida del complejo, que integra alojamiento, espacios culturales y zonas de encuentro. El antiguo señorío se abre ahora como un posible hotel con alma histórica, donde las estancias conservan la escala original y el visitante puede dormir dentro de siglos de historia. No se trata de lujo entendido como exceso, sino como experiencia de inmersión: muros que han visto generaciones, ventanas abiertas al mismo paisaje que contemplaron los antiguos señores de Elio y una arquitectura que impone silencio y contemplación.

El proyecto también contempla salas para exposiciones, residencias artísticas y encuentros culturales. La convivencia entre arte contemporáneo y arquitectura medieval es uno de los pilares del nuevo uso del espacio. Ruiz de Ojeda lo resume con claridad: «Poder disfrutar del arte contemporáneo y a la vez del tesoro que es un Palacio del siglo XIV hace que la experiencia sea doblemente satisfactoria». Esa dualidad es la esencia del lugar: pasado y presente dialogando sin interferencias.
El palacio, además, no se entiende sin su dimensión histórica y familiar. Durante siglos fue un punto clave de la memoria nobiliaria navarra, vinculado a linajes, veranos aristocráticos y figuras como Fabiola de Bélgica. En ese contexto, el entrevistado reivindica la continuidad simbólica del lugar: «Todas las señoras de Elio han custodiado este Palacio. A mí me toca defender el palacio de su declive a golpe de arte y no de espada». La frase marca el tránsito de un poder defensivo a una responsabilidad cultural.

Otro de los ejes del proyecto es la apertura del palacio a la naturaleza y la sostenibilidad. En colaboración con iniciativas como (R)Forest Project, el entorno se convierte también en un espacio de regeneración ambiental, conectando la recuperación del patrimonio con la recuperación del paisaje. El valle, los jardines y los antiguos terrenos agrícolas se integran en una visión más amplia de equilibrio entre cultura y ecología.
En este nuevo modelo, el visitante no es espectador, sino parte activa del lugar. Las experiencias culturales se combinan con gastronomía, recorridos por el edificio, estancias temporales y actividades al aire libre. El objetivo es generar una relación emocional con el espacio. Como señala Ruiz de Ojeda, «La gente sin duda. Las emociones, la risa, el amor, el jolgorio. Ese es broche final».

El Palacio de Elio se redefine así como un ecosistema cultural y humano. No es únicamente un monumento restaurado ni un hotel con encanto histórico, sino un lugar donde la memoria se activa a través de la experiencia. En palabras del propio entrevistado, el vacío también tiene sentido: «El vacío es paz. Y cada minuto de contemplación se convierte en experiencia que queda fijada en lo más profundo de nuestro ser».
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