El ‘pánico’ de Isabel Pantoja
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“Meted demandas a todo y contra todos”. Los abogados de Isabel Pantoja recibían instrucciones muy concretas de su clienta, en el punto de mira de los medios desde que comenzaran las detenciones policiales en el marco de la Operación Malaya. Tres meses antes, la noche del 2 de mayo de 2007, llamaban al timbre en ‘Mi Gitana’, la casa que la cantante compartía en Marbella con Julián Muñoz, ya entonces, en prisión preventiva. Esa noche, agentes de la UDYCO detenían a la cantante, pareja sentimental del ex alcalde, y la condujeron hasta la comisaría de Málaga.
Aquella noche malaje, aquella noche malaya, Isabel comenzó su peor pesadilla que, como la bota de tortura del mismo nombre, fue cercándola y aprisionándola, marcándola para siempre. Puesta en libertad al día siguiente, tras abonar 90.000 euros de fianza (que posteriormente el juez le devolvería) Pantoja estaba hundida e indignada al mismo tiempo. Acaparaba la atención de los medios y no precisamente por sus éxitos como cantante: acaba de ser detenida, su pareja llevaba en prisión preventiva más de un año y su romance clandestino con Muñoz, casado con Mayte Zaldívar cuando empezaron a verse, la convertía en una de las protagonistas del escándalo político-amoroso del momento.
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Pero ella no estaba dispuesta a pasar ni una y advertía que callaría bocas en los tribunales. Y así fue: demandas y querellas a discreción. Acudió a la Justicia y, curiosamente, todo su peso cayó después implacable sobre ella.
Ahora, tras cumplir condena de 2 años por blanqueo de capitales y ser, de nuevo, una persona libre, me cuentan que no quiere saber nada de juicios, declaraciones ante un juez, querellas ni demandas. De su fobia a la cárcel, al pánico al paseíllo en un juzgado. Demasiadas horas de banquillo, 48 terribles sesiones en la Audiencia Provincial de Málaga, en portada de diarios y televisiones.
Todo el mundo escuchó cómo el presidente de la sala le llamó la atención por usar el teléfono móvil o le pidió que se quitara las gafas de sol durante el juicio por blanqueo. Golpe a la altivez de Pantoja que quedó también maltrecha en ese bochornoso momento en el que se vio atrapada entre admiradores, detractores, policías y fotógrafos cuando intentaba entrar en el coche a la salida de la Audiencia. Aquello fue demasiado, la verdad. Pero nada como las interminables noches de celda en la cárcel de mujeres de Alcalá de Guadaira. Los suyos no hablan de ello y ella, menos. Eso no se dice, eso no se hace, eso no se toca.
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Esa ‘tortura judicial’ acabó y ya no está en su vida. El caso es que atrás queda aquella guerra de demandas contra todo y todos. Hace tan solo trece días, el pasado 7 de abril, Isabel Pantoja presentaba un escrito en los Juzgados de Alcobendas en el que comunicaba al juez su decisión de retirar una querella interpuesta el 14 de septiembre de 2007 (procedimiento 1816/07) por revelación de secretos.
La fecha del juicio estaba ya fijada para dentro de pocas semanas. Ella llevó a los tribunales la emisión en televisión de una carta que escribió a Julián Muñoz y en la que le reprochaba aspectos íntimos de pareja. El ex mandatario marbellí se sumó a la querella después. Pedían cárcel. Pero Isabel no quiere saber nada; para ella ya nada de eso tiene sentido, me cuenta quien bien lo sabe. “Además, solo ganaría un paseíllo más a los juzgados y tener que ir a juicio de nuevo”. No, gracias. Ya ha podido liberarse de la bota malaya. Pánico escénico.
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