El misterioso caso del hombre al que dieron por muerto en 1994 y cuyo cadáver apareció en la DANA
Miguel Morales desapareció en Dúrcal (Granada) a los 32 años, en 1984, y el juez lo declaró muerto 10 años después
Su familia no supo nunca más de él, ni siquiera tenía historia clínica, hasta pasadas 4 décadas, cuando la DANA azotó Valencia
El cuerpo de una de las víctimas, el de un hombre de 72 años, era el de Miguel Morales: "Muerto, pero lo hemos encontrado"
Treinta años después de su muerte, las hijas de Miguel Morales recibieron una llamada: en ella se les comunicaba que el cadáver de su padre había sido localizado entre las víctimas de la DANA de Valencia que azotó la región el pasado 29 de octubre. Las autoridades habían declarado oficialmente muerto a Miguel Morales en 1994, diez años después de su desaparición, por lo que la noticia ha supuesto un doble shock para su familia, que se ha enterado de que realmente estaba vivo al mismo tiempo que le han comunicado que ha fallecido.
Miguel Morales salió de su casa de Dúrcal (Granada), su localidad natal, en agosto de 1984. No se llevó ninguna de sus pertenencias consigo, ni siquiera el DNI. Fue la última vez que sus conocidos lo vieron y nunca más supieron de él. El último movimiento bancario registrado en sus cuentas se hizo, precisamente, en los ochenta. En el momento de su desaparición, el yesero tenía 32 años.
El seguimiento del rastro de Miguel Morales permitió comprobar que nadie con esa identidad había ido jamás al médico ni había solicitado la pensión de jubilación ni había renovado ningún documento. Es más, «no tenía ni historia clínica», según confesó una de sus hijas en El programa de Ana Rosa (Telecinco).
Por qué desapareció Miguel Morales
La principal hipótesis, dado que ya nunca se podrá averiguar el motivo por el que desapareció, es que Miguel Morales se marchó sin dejar rastro por algún tipo de problema de salud mental que padecía y por el que ingresó en el pasado en un centro psiquiátrico cuando a estos se le llamaban, aún, manicomios. Además, al hilo del detalle de su ingreso, su esposa -seguían casados-, explicó que «era una mujer maltratada». No quería saber «nada más de él» y no le extrañaba nada que hubiera desaparecido: «Era paliza una detrás de otra». Una vez que llegó a Valencia, al parecer, comenzó a vivir en la calle.
Fueron las huellas dactilares las que permitieron identificar al cuerpo del hombre, el de un sintecho de 72 años, como Miguel Morales. «Ahí ya vimos que era real. No había fallo», declararon las hijas, que al principio pensaron que «había sido una equivocación».
Las hijas de Miguel Morales se enteraron de que su padre siempre había estado «a cuatro horas y media de camino» por una llamada de la Guardia Civil. «Y no ha venido nunca a saber de sus hijas, estamos un poco reacias hacia él», indicaron: «Yo estuve en Valencia hace cuatro o cinco años, que fuimos de vacaciones a Marina D’or. ¿Quién no me dice a mí que no me lo crucé?».
La Benemérita les comunicó que su padre era una de las más de 220 víctimas mortales de la DANA de Valencia y la juez instructora del juzgado de Primera Instancia e Instrucción de Catarroja, encargada de trasladar la información sobre las víctimas a sus respectivos familiares, confirmó que su muerte se debió, formalmente, a una «asfixia mecánica por sumersión en medio lodoso». Su cuerpo fue hallado en un campo de naranjos de Quart de Poblet, una localidad cercana a Alaquàs y Paiporta.
«Siempre quedaba ese gusanillo de decir ¿estará vivo?», comentó una de las hijas, y ambas reconocieron que la noticia, además del impacto, supuso también un «pequeño alivio». «De la otra forma, en papel está muerto, pero quién te dice que no aparezca un día por la puerta (…) La sensación es como de alivio por haberlo encontrado y también un poco de coraje interior, porque no sabíamos que estaba en Valencia, hubiéramos ido a verlo de saber que estaba allí, para que nos dijera por qué no había dado señales de vida en todo este tiempo», relataron.
En cuanto les comunicaron, en el mes de noviembre, que su padre era una de las víctimas de las lluvias torrenciales, sus hijas se pusieron en contacto con una funeraria de Valencia y trasladaron a Granada sus cenizas. «Muerto, pero lo hemos encontrado», pronunció una de las hijas para intentar explicar esa sensación de alivio a la que se refirieron. «Que haya fallecido así una persona, la que sea, sea él u otra, me da lástima», sentencian.
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