Qué ocurre dentro de una célula cuando enfermamos
Las enfermedades alteran nuestro organismo. ¿Sabes lo que ocurre dentro de una célula cuando enfermamos? Te lo contamos aquí.
¿Qué es una célula?
Una célula que se repara a sí misma
Tipos de células en el cuerpo humano
Cuando enfermamos, dentro de cada célula pasan muchas más cosas de las que imaginamos. Algunas ocurren en segundos. Otras necesitan horas o incluso días. Y aunque no lo veamos, ahí dentro hay una actividad constante, casi frenética. Todo empieza con una alteración. Puede ser un virus, una bacteria o incluso un error del propio organismo. Da igual el origen: la célula deja de funcionar como lo hacía antes.
Células y virus
Pensemos en una célula sana. En condiciones normales, produce energía, fabrica proteínas y mantiene un equilibrio bastante estable. Pero ese equilibrio es frágil. Basta con que entre un patógeno para que todo cambie.
Si hablamos de virus, el proceso es especialmente llamativo. No pueden multiplicarse por sí solos, así que necesitan invadir una célula. Una vez dentro, liberan su material genético y toman el control. La célula, sin darse cuenta, deja de trabajar para sí misma y empieza a fabricar copias del virus. Es como si alguien cambiara las instrucciones sin avisar.
A partir de ahí, la maquinaria celular se pone al servicio del invasor. Los ribosomas, las enzimas, la energía disponible… todo se redirige. En muchos casos, la célula acaba saturada. No aguanta y muere. A veces se rompe y libera nuevos virus, que salen a infectar otras células cercanas.
Pero no todo es pasivo. Las células también reaccionan. En cuanto detectan algo extraño, activan señales de alarma. Tienen sensores internos capaces de reconocer material genético que no debería estar ahí. Cuando eso ocurre, se produce una respuesta rápida. Entre otras cosas, se liberan interferones, unas proteínas que funcionan como avisos para las células vecinas.
Células sanas y sistema inmunitario
Las células cercanas reciben esa señal y cambian su comportamiento. Refuerzan sus defensas, hacen más difícil la entrada del virus y, en algunos casos, ralentizan sus propias funciones. No es una solución perfecta, pero ayuda a contener la infección.
Mientras tanto, el sistema inmunitario entra en escena. Las células infectadas pueden mostrar fragmentos del invasor en su superficie. Es una especie de etiqueta que permite a otras células reconocerlas como problemáticas. Entonces llegan los linfocitos T, que tienen la capacidad de destruir esas células infectadas.
Mejor eliminar una célula comprometida que dejar que el virus se multiplique sin control.
El interior de las células
Dentro de la célula, el estrés va en aumento. Y no es una metáfora. Existe el llamado estrés celular, que aparece cuando se acumulan proteínas defectuosas, hay daño en el ADN o falta energía. Todo eso puede ocurrir durante una infección.
Cuando la situación se vuelve insostenible, la célula activa un mecanismo llamado apoptosis. Es una muerte programada, ordenada. Nada de explosiones caóticas. La célula se desmonta poco a poco para evitar dañar a las que están alrededor.
Esto es importante. Mucho. Porque una muerte descontrolada generaría más inflamación.
Enfermedad y metabolismo
Cuando enfermamos, el tejido afectado libera señales químicas. Citoquinas, quimioquinas… nombres técnicos, sí, pero su función es bastante clara: atraer refuerzos. Gracias a estas señales, más células del sistema inmunitario llegan al lugar del problema.
Dentro de cada célula, esas señales provocan cambios. Algunos genes se activan, otros se desactivan. La célula entra en modo defensa. Produce proteínas específicas, ajusta su metabolismo y, en muchos casos, deja de dividirse durante un tiempo.
El metabolismo, de hecho, cambia bastante.
En condiciones normales, la célula obtiene energía de forma eficiente. Pero durante una infección, muchas cambian a procesos más rápidos, aunque menos eficientes. Es como correr a toda velocidad sabiendo que te vas a cansar antes. Pero en ese momento, lo urgente es reaccionar rápido.
Bacterias
Cuando se trata de bacterias, el panorama cambia un poco. Muchas bacterias no entran en las células, pero liberan toxinas que sí las afectan directamente. Estas sustancias pueden dañar la membrana celular, bloquear funciones internas o interferir con el ADN.
Dentro de la célula, eso se traduce en desorden. El equilibrio se rompe. Las rutas metabólicas dejan de funcionar como deberían. Y en muchos casos, la célula termina muriendo.
Algunas bacterias, eso sí, sí consiguen entrar. Y cuando lo hacen, se esconden en compartimentos internos para evitar ser detectadas. Esto complica bastante la respuesta del sistema inmunitario.
Por eso el equilibrio es tan importante. Una respuesta débil no sirve. Pero una excesiva tampoco.
En los últimos años, hasta 2026, se ha avanzado mucho en entender estos procesos. Ahora se sabe que las células no solo reaccionan, también se adaptan. Algunas pueden “recordar” ciertos estímulos a nivel molecular, lo que influye en cómo responden en el futuro.
Las mitocondrias
Otro aspecto interesante es el papel de las mitocondrias. Durante mucho tiempo se pensó que solo producían energía. Hoy se sabe que también participan en la respuesta inmunitaria. Cuando detectan daño, pueden enviar señales que activan defensas o incluso desencadenan la apoptosis.
Además, las células no trabajan de forma aislada. Se comunican constantemente. Intercambian señales químicas que afectan directamente a su comportamiento: qué genes activan, qué proteínas producen, cómo usan la energía. Es una red compleja. Y muy coordinada.
Al final, enfermar no es solo tener un virus o una bacteria. Es una alteración profunda del funcionamiento celular. Una cadena de reacciones que empieza en lo microscópico y termina afectando a todo el organismo.
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