Los paleontólogos, en shock total: hallan el fósil de un T-Rex que devoró a un dinosaurio herbívoro hace 66 millones de años, y todavía se ven las marcas de sus dientes
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Encontrar un hueso de dinosaurio ya es, de por sí, un hallazgo emocionante para cualquier paleontologo. Pero encontrar un hueso que conserva, intactas, las marcas de los dientes del depredador que lo mordió hace millones de años es otra categoría de descubrimiento, uno de esos que obliga a revisar con lupa cada centímetro de la pieza antes de sacar ninguna conclusión.
Y eso es exactamente lo que ha ocurrido con un yacimiento excavado durante dos décadas en Wyoming, Estados Unidos, donde un grupo de investigadores ha confirmado que varios huesos fósiles muestran señales inequívocas de haber sido mordidos por un T-Rex. El estudio detalla un hallazgo que ha generado bastante revuelo entre los especialistas en dinosaurios del Cretácico.
El yacimiento de Wyoming donde el T-Rex dejó su firma
El yacimiento en el que toma lugar todo este hecho se encuentra en la Formación Lance, en el noreste de Wyoming, y fue excavado entre 1997 y 2017.
Allí, los investigadores analizaron un total de 3.013 huesos pertenecientes en su mayoría a Edmontosaurus annectens, un gran dinosaurio herbívoro de pico de pato que habitó lo que hoy es el oeste de Norteamérica.
De todos esos huesos, doce presentaban marcas de mordida y cuatro de ellos mostraban patrones lo bastante claros como para identificar al responsable.
Los fósiles datan de hace entre 72 y 66 millones de años, en pleno Cretácico Superior, y el estudio, firmado por Bethania C. T. Siviero y su equipo de la Universidad de Loma Linda, puede consultarse íntegro en la prestigiosa revista PLOS ONE.
¿Cómo confirmaron que la mordida fue de un T-Rex y no de otro depredador?
Identificar al culpable de esas marcas no fue sencillo ni rápido. El equipo examinó los huesos con lupas de aumento, microscopía digital y tomografías computarizadas, y comparó la densidad de las estrías dejadas por los dentículos de los dientes, es decir, cuántas marcas dejaban por cada dos milímetros de superficie.
Solo el T-Rex encajaba con el patrón encontrado, de entre dos y tres dentículos por cada dos milímetros, lo que permitió descartar a otros depredadores de la zona y señalarlo como el único candidato compatible con esas huellas.
Las marcas se clasificaron en dos tipos bien diferenciados según su forma: por un lado, surcos paralelos causados por los dentículos al arrastrarse sobre el hueso; por otro, surcos curvados con una morfología serrada característica de un mordisco más profundo.
Ambos patrones aparecieron sobre costillas, vértebras y huesos del antebrazo del Edmontosaurus, zonas del cuerpo donde suele quedar carne aprovechable para un depredador de gran tamaño.
¿Cazador o carroñero? Lo que matiza el propio estudio
Ahora bien, antes de imaginar una escena de caza feroz, conviene matizar lo que el propio estudio señala: la mayoría de las marcas no muestran signos de cicatrización ósea, lo que indica que se produjeron en el momento de la muerte del animal o justo después, no durante un ataque en vida.
Ese detalle apunta a que el T-Rex, en este caso concreto, actuó más como carroñero que como cazador activo, aprovechando un cadáver ya disponible en lugar de derribar a su presa.
Además, solo un 0,4% del total de huesos analizados presentaba marcas de mordida, un porcentaje bajo que sugiere que este tipo de comportamiento, ya fuera caza o carroñeo, no era tan frecuente como muchas reconstrucciones populares del T-Rex suelen dar a entender, como Jurassic Park.
Y desde luego, hay que señalar aquí que el valor de este trabajo va más allá de la anécdota de un mordisco fosilizado.
Los investigadores han refinado los criterios para distinguir marcas de dientes reales de otras alteraciones óseas que pueden confundirse con ellas, como perforaciones causadas por infecciones o el simple desgaste de las articulaciones, algo que servirá de guía para futuros estudios sobre el comportamiento alimentario de otros grandes depredadores prehistóricos.
Un mordisco, una «mordidita» (como dice la canción de Ricky Martin) de hace 66 millones de años, en definitiva, sigue teniendo mucho que contar sobre cómo se repartían la comida los animales más temidos de la historia del planeta.
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