Hace 55 años la NASA envió una semilla al espacio con la misión Artemis I, ahora ha crecido un árbol en Texas
Una semilla que fue enviada al espacio, se plantó al regresar a la Tierra y se ha convertido en un árbol en Arlington
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No todos los efectos de una misión espacial se quedan en el espacio. Algunos, de hecho, terminan apareciendo años después y en lugares bastante más cotidianos de lo que uno podría imaginar. Es el caso de un árbol que hoy crece con normalidad en Texas, pero que en su origen cuando era una semilla, formó parte de un experimento vinculado a uno de los grandes programas de exploración de la NASA y que había surgido 55 años atrás.
En concreto, el ejemplar procede de una semilla que viajó a bordo de la cápsula Orion durante la misión Artemis I, lanzada en 2022. Aquella misión, que no llevaba tripulación, tenía como objetivo probar los sistemas que iban a permitir hacer lo que ahora se ha logrado con la Artemis II: volver a enviar astronautas a la órbita lunar. Y entre todo el material que se transportó, había también semillas que, tras completar el recorrido, regresarían a la Tierra para comprobar si su comportamiento cambiaba. Hoy, una de ellas se ha convertido en un árbol real, visible y perfectamente integrado en el día a día de una universidad.
Una semilla enviada al espacio se convierte en un árbol en Texas
El proyecto en el que se enmarca este caso no es nuevo ya que se inició en realidad en la década de los 70, aunque sí ha ganado protagonismo con el programa Artemis. La idea consiste en estudiar cómo afecta el entorno espacial a las semillas, algo que puede parecer anecdótico pero que tiene implicaciones importantes si se piensa en futuras misiones de larga duración. Durante el viaje de Artemis I, la cápsula Orion se alejó más allá de la Luna y permaneció en el espacio varias semanas. En ese tiempo, las semillas estuvieron expuestas a condiciones muy distintas a las de la Tierra, especialmente en lo que tiene que ver con la radiación y la ausencia de gravedad.
Pero una vez finalizada la misión y recuperado el material, comenzó una segunda fase menos visible pero igual de relevante: hacer germinar esas semillas y observar qué ocurría después.
Un árbol que ya forma parte del paisaje en Arlington
Uno de los ejemplares resultantes terminó en la Universidad de Texas en Arlington, donde fue plantado en abril de 2024. En aquel momento era poco más que un brote de unos 30 centímetros, pero con el paso de los meses ha ido creciendo y adaptándose al entorno. Se trata de un liquidámbar, una especie que no es extraña en esa zona, lo que ha facilitado su desarrollo pese a las variaciones de temperatura que se registran en el norte del estado. Hoy, el árbol se encuentra junto al planetario del campus y forma parte del paisaje habitual para estudiantes y visitantes.
Un proyecto que recupera una idea de hace décadas
Aunque el programa Artemis ha puesto de nuevo este tipo de experimentos en el centro, lo cierto es que la idea tiene precedentes bastante claros. A principios de los años 70, en plena era de las misiones Apolo, ya se enviaron semillas al espacio con un objetivo parecido. En aquella ocasión, un astronauta transportó distintas especies durante su viaje, y tras el regreso se plantaron en varios lugares. Aquellos árboles sirvieron para comprobar si el paso por el espacio había alterado su desarrollo. Décadas después, la NASA ha retomado esa línea de trabajo, que se conoce como proyecto Moon Tree, ampliando el número de muestras y utilizando nuevas misiones para continuar investigando.
Qué dicen los primeros datos
Por ahora, las conclusiones iniciales apuntan en una dirección bastante clara: las semillas que han pasado por el espacio mantienen, en líneas generales, la misma capacidad de germinar que las que nunca salieron de la Tierra. Es decir, que no se han detectado diferencias significativas en ese primer paso, lo que sugiere que el viaje no afecta de forma directa a su desarrollo inicial. Eso no significa que no pueda haber efectos a largo plazo, pero al menos en esta fase los resultados son similares. De todos modos, los estudios continúan y serán necesarios más años de seguimiento para comprobar si hay cambios con el tiempo, pero el punto de partida ya ofrece una información relevante.
Más allá del experimento científico
Este tipo de iniciativas no sólo tienen interés desde el punto de vista científico. También funcionan como una forma bastante directa de acercar la exploración espacial a la sociedad. En el caso de este árbol, su presencia en el campus convierte algo abstracto, como un viaje espacial, en un elemento tangible, ya que está ahí, se puede ver, forma parte del entorno. No es un objeto de museo ni un recuerdo guardado en una vitrina, sino algo vivo que sigue creciendo. Y eso, en cierto modo, conecta dos realidades que suelen percibirse como muy alejadas: la investigación espacial y la vida cotidiana.
Y mientras el programa Artemis sigue avanzando con nuevas misiones como la actual, los efectos de las primeras pruebas ya empiezan a notarse, aunque sea en detalles como este. Cada árbol cultivado a partir de esas semillas es una pequeña pieza dentro de un proyecto mucho más amplio, pero también una prueba de hasta dónde pueden llegar este tipo de experimentos.
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