Los astrónomos celebran un hito sin precedentes: observan 2 planetas colisionando a 11.000 años luz de la Tierra
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La astronomía ha logrado un avance extraordinario al detectar una colisión entre dos planetas a unos 11.000 años luz de la Tierra, un evento extremadamente raro de observar en tiempo real. El fenómeno se registró en torno a una estrella aparentemente normal llamada Gaia20ehk, situada en la constelación de Puppis, cuyo brillo comenzó a comportarse de forma extraña ante los telescopios.
El hallazgo, descrito en un estudio publicado en la revista The Astrophysical Journal Letters, ha sido posible gracias al análisis de datos astronómicos archivados. El responsable de detectar la anomalía fue el investigador Anastasios Tzanidakis, doctorando en astronomía en la University of Washington, quien identificó un patrón de variaciones de luz que no encajaba con el comportamiento típico de una estrella similar al Sol.
¿Cómo descubrieron los astrónomos la colisión de dos planetas en otro sistema estelar?
La estrella Gaia20ehk parecía, en principio, completamente normal. Se trata de un astro de secuencia principal, comparable al Sol, cuyo brillo debería mantenerse relativamente estable con el paso del tiempo.
Sin embargo, al estudiar su curva de luminosidad, los científicos detectaron algo inesperado. Hasta el año 2016, la estrella mostraba una intensidad constante, pero a partir de entonces comenzaron a registrarse tres descensos pronunciados en su brillo.
La situación se volvió aún más extraña alrededor de 2021. El astro empezó a «parpadear» de forma irregular, con fluctuaciones que no podían explicarse mediante los procesos habituales de evolución estelar. Aquellas variaciones indicaban que algún material estaba bloqueando periódicamente la luz que llegaba a los telescopios.
Así quedó el sistema estelar tras el choque entre dos planetas
Tras analizar con detalle el fenómeno, los investigadores concluyeron que la estrella no era la responsable directa del comportamiento observado. En realidad, el sistema estaba rodeado por grandes cantidades de polvo y fragmentos rocosos que orbitaban alrededor del astro.
Desde nuestra perspectiva, ese material pasaba repetidamente por delante de la estrella, ocultando parte de su luz y generando el extraño patrón de brillo detectado por los telescopios.
La cuestión clave era el origen de ese enorme volumen de escombros. La explicación más convincente apunta a una colisión catastrófica entre dos planetas, cuyos restos quedaron dispersos alrededor de la estrella.
Este tipo de impactos no es extraño en las primeras etapas de formación de los sistemas planetarios. De hecho, muchos científicos consideran que la propia Luna se formó tras el choque entre la Tierra primitiva y un planeta del tamaño de Marte llamado Theia hace aproximadamente 4.500 millones de años.
El infrarrojo reveló lo que había ocurrido
La pista definitiva apareció cuando el equipo comparó las observaciones visibles con datos en longitudes de onda infrarrojas obtenidas por otros telescopios.
Mientras el brillo visible de la estrella disminuía de forma irregular, los instrumentos detectaron un aumento notable de radiación infrarroja. Esto indicaba que el material que rodeaba la estrella estaba extremadamente caliente.
Ese patrón coincide con lo que los astrónomos esperan observar tras un gigantesco impacto planetario, en el que la enorme energía liberada calienta las nubes de polvo y escombros generadas por la colisión.
Según el escenario propuesto por Tzanidakis, ambos planetas podrían haber comenzado primero una espiral gravitatoria, provocando varios encuentros cercanos o impactos rasantes antes del choque final.
Esos primeros contactos explicarían las caídas de brillo detectadas desde 2016, mientras que la colisión definitiva habría generado el fuerte aumento de radiación infrarroja observado posteriormente.
Más allá del espectáculo cósmico, este hallazgo representa una oportunidad científica excepcional. Durante décadas, los astrónomos han estudiado estos procesos mediante simulaciones teóricas, pero observar uno directamente permite comprobar cómo evolucionan realmente los sistemas planetarios.
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