David Bueno, neurocientífico, sobre la adolescencia: «Disfrutad de no entenderles, nuestros padres tampoco nos entendían»
La adolescencia no es un fenómeno reciente, sino una fase del desarrollo humano con una base biológica y evolutiva bien definida. El neurocientífico David Bueno, director de la primera cátedra de Neuroeducación del mundo y autor de «El cerebro adolescente», ofrece una visión muy interesante sobre la adolescencia en el pódcast «Vidas Ajenas». Según Bueno, esta etapa tiene la función de preparar al individuo para desenvolverse en un entorno adulto, razón por la cual es un periodo marcado por transformaciones profundas, emociones intensas y aprendizajes clave.
«Los adolescentes necesitan romper límites, porque solo así sabrán qué hay más allá y qué les resulta recompensante», explica. El neurocientífico describe esta etapa como una auténtica «metamorfosis cerebral», en la que tres regiones fundamentales experimentan cambios importantes: la amígdala, relacionada con las emociones; la corteza prefrontal, encargada de la planificación y el pensamiento reflexivo; y el estriado, asociado al placer y la recompensa. Durante la adolescencia, la amígdala se vuelve más sensible, la corteza prefrontal aún no alcanza su pleno rendimiento y el estriado incrementa su búsqueda de novedades.
Un neurocientífico explica el comportamiento de los adolescentes
Uno de los aspectos que destaca Bueno es que los adolescentes presentan un nivel basal de estrés más elevado que en cualquier otra etapa de la vida. Su cerebro tiende a interpretar muchas situaciones como si fueran amenazas, y cuando un adulto se enfada, esa sensación de tensión se intensifica aún más. «Tú estás enfadado, ellos se sienten en peligro y su nivel de estrés sube», señala. En ese estado, su corteza prefrontal se ve afectada y deja de funcionar con normalidad, por lo que no son capaces de responder adecuadamente.
«La adolescencia es una época de cambio brutal, radical. Y quienes menos se entienden son los adolescentes a ellos mismos. Nosotros no los entendemos, nos cuesta, pero a ellos les cuesta todavía más entenderse. Es una época de cambio radical. Pasan de ser niños y depender de sus padres para todo a ser jóvenes, adultos, que van a hacer la vida por su propia cuenta. Eso es un proceso de maduración impresionante para el cerebro. Suceden muchas cosas aquí. Sucede, por ejemplo, que se eliminan conexiones neurales. Antes, cuando hablaba de que es muy fácil hacer conexiones y muy difícil para el cerebro deshacerlas, hay una excepción: la adolescencia.
Es una época en la que se produce lo que se llama «podado neuronal». Como un árbol que podas las ramas que sobran. Pues el cerebro analiza todas aquellas conexiones que no usa, y las elimina. ¿Para qué tenerlas si no las uso? Cuando es una época importante para que trabajen con el cerebro para que las mantengan, cuantas más mejor. ¿Vale? Pero el cerebro lleva a esto. Claro, este podado significa que a veces algunas actitudes que tenían de niños, de repente desaparecen. Y hasta que no aparece la nueva conexión están desorientados», explica.
Lo más importante no es el descontrol emocional en sí mismo, sino el hecho de que, con el paso del tiempo, ese desajuste vaya disminuyendo y la conducta se acerque progresivamente a la de los adultos. Ese proceso es precisamente uno de los indicadores de maduración. Sin embargo, aquí aparece un riesgo importante: los adolescentes construyen su idea de madurez a partir de la interacción con su entorno.
En este contexto, cobra especial relevancia el papel del profesor como referente dentro del aula. Su función no es sólo gestionar el grupo, sino actuar como modelo, evitando reforzar conductas emocionales que no resultan adaptativas para el desarrollo del alumnado.
Por otro lado, otro aspecto clave del desarrollo adolescente, especialmente relevante en el ámbito educativo, es la capacidad de posponer recompensas. En edades tempranas, como los seis o siete años, es difícil que una promesa a futuro tenga valor real, porque la recompensa debe ser inmediata para que tenga efecto. Esta habilidad se va desarrollando durante la adolescencia y, según algunos estudios, no alcanza su plena consolidación hasta aproximadamente los 34 años.
Bueno también cuestiona la tendencia a medir el éxito únicamente a través de las calificaciones y subraya la importancia de valorar el esfuerzo y la curiosidad para mantener vivo el interés por aprender. «El cerebro es curioso, pero si sólo se premian los resultados, se termina desconectando a quienes más se esfuerzan», advierte. Por ello, recomienda contextualizar los contenidos educativos, promover el trabajo colaborativo y respetar los ritmos naturales del alumnado, incluido el sueño.
A los padres que se sienten desbordados al intentar entender a sus hijos, el neurocientífico les transmite un mensaje tranquilizador: «Disfrutad de no entenderles. Nuestros padres tampoco nos entendían a nosotros». Plantea la adolescencia como una etapa inevitable, pero también muy valiosa, en la que se va configurando el adulto que cada persona llegará a ser. Y resume una idea clave: los adolescentes necesitan tres pilares fundamentales: apoyo emocional, estímulo y buen ejemplo.
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