¿Merece la pena el Premio Nacional del Pinganillo en Verso?
El diario digital El Debate ha sido extremadamente crítico con la concesión del Premio Nacional de Poesía al mallorquín Sebastià Alzamora, acudiendo a las frases gruesas que el personaje ha pronunciado refiriéndose a todas las autoridades autonómicas que no son de su cuerda, e incluso tachando, sin la más mínima piedad, a quienes acudieron a la concentración en Cort el día 2 de septiembre en defensa de Ceuta, llamándolos fascistas y neonazis y añadiendo, de paso, el lamento de que la Policía no les moliera a palos. Este es el poeta Alzamora. Y sí, uno más de la izquierda plurinacional que entiende Ceuta y Melilla como territorio marroquí, en manifiesto desprecio a la historia, lo más probable por desconocimiento.
Ceuta y Melilla eran españolas mucho antes de que existiera el Reino de Marruecos. Melilla es española desde hace 459 años a fecha de hoy, y Ceuta, desde hace 376 años. El Reino de Marruecos data de 1956 y son precisamente sus pretensiones anexionistas para controlar el estrecho las que ha comprado la extrema izquierda española a la que pertenece el poeta.
En definitiva, Sebastià Alzamora es un monaguillo woke que, en su tiempo libre, escribe versos en catalán, reconocidos en el dominio pancatalanista, y puedo suponer que no tanto en los más eruditos círculos nacionales. Unos versos, como los premiados, que en parte destilan revancha, especialmente en lo relativo a Sala Augusta, pese a que el jurado mencione genialidad y maestría; ellos sabrán por qué. En circunstancias normales, no estaría en la nómina de los Premios Nacionales que concede el Ministerio de Cultura.
Ocurre, sin embargo, que en los últimos ocho años, desde que Pedro Sánchez ascendió al poder absoluto, el compadreo partidista se ha convertido en algo rutinario. De manera que los Premios Nacionales han dejado de ser un cabal reconocimiento a la creatividad con altura de miras para convertirse, en lo que a este caso se refiere y vistos los precedentes inmediatos, en Premio Nacional al pinganillo en verso. ¡Hurra, Francina Armengol!
El ministro de Cultura, el comunista Ernest Urtasun, ha vuelto a insistir en manipular el Premio Nacional de Poesía, atrayéndolo a los de su cuerda. En este caso, el poeta llucmajorer Sebastià Alzamora, que, independientemente de sus valores literarios, que no tengo por qué dudar, ahí está, dócilmente instalado entre los afines. El sanchismo, y la turba de Sumar es parte activa del sanchismo, la extrema izquierda, o sea, se ha cargado todo el valor que se le presupone a este reconocimiento. Desconozco si Alzamora está en la órbita de Més per Mallorca —la verdad, poco me importa—, pero ahí están sus extravagantes declaraciones a propósito de opciones políticas alejadas del horizonte separatista, dejando a las claras que su orientación ideológica está perfectamente alineada con el separatismo y, en consecuencia, señalando a quienes no pertenecen a su parroquia con un menosprecio impropio.
Cuando no escribe poemas ocurrentes, escribe columnas corrosivas. Punto. Les recomiendo que miren su retrato. Da bastantes pistas de quién es.
Académicamente, se formó en el hormiguero de la Filología Catalana en la UIB y, a partir de entonces —puede que sí, puede que no—, se consagró a la intimidad para escribir sus poemas, de cuya calidad me abstengo de opinar. Lo cierto es que le han llovido los reconocimientos, siempre en la órbita de quienes acostumbran a mirar el dedo, en lugar de hacia dónde apunta. Es, en definitiva, un sonámbulo deambulando por el sueño de los indolentes.
Sus artículos incendiarios en el diario separatista Ara, aquí Ara Balears, le vienen señalando como un aplicado acólito de los Països Catalans. Y, por cierto, me pregunto si, antes de recibir el Premio Nacional de Poesía, él fue objeto de curiosidad intelectual en los principales premios de poesía que se otorgan en España, más allá de los simplemente institucionales.
Lo que aún no ha recibido es el reconocimiento de los Premios Nacionales de la Cultura Catalana que otorga la Generalitat. Tal vez ahora, con el eco que conlleva este Premio Nacional, empiecen a verle con buenos ojos. En cuyo caso, me pregunto si, de recibir la corona áurea catalana, renunciará al Premio (español) Nacional de Poesía. La pela es la pela y 30.000 euros es vaya tela. Si el tal Alzamora fuese coherente con sus escritos abducidos por el separatismo catalanista, por honradez debería renunciar al Premio Nacional de Poesía, pero es que las instituciones públicas, en los últimos ocho años, están colonizadas por los antisistema, de manera que, desde el año 2004, que fue fundacional de tantas catástrofes, todo se resume a «los míos son los míos».
Es comprensible, en situación de normalidad, que el Premio Nacional, sea de novela, teatro o poesía, se otorgue a trabajos en lenguas cooficiales. Pero lo que llama a sospecha, sin embargo, es la obsesión por primarlas en un gesto por alejarse del español como idioma compartido. Entonces ha pasado a ser un hecho diferencial que confirma el odio visceral a lo que nos une. Eso es, precisamente, lo que se ha valorado en el caso de Alzamora. Importa una higa su calidad literaria. Es su odio al distinto lo que prevalece. Amén.
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