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ENERGÍA SOLAR

Suecia convirtió la proteína que hace brillar a las medusas en una célula solar con electrodos a 30 nanómetros

¿Y si la luz verde de una medusa sirviera para fabricar electricidad? Eso se preguntaron hace dos décadas investigadores de la Universidad Tecnológica de Chalmers y de la Universidad de Gotemburgo, en Suecia. Cogieron la proteína que hace brillar a la medusa Aequorea victoria y la metieron entre dos electrodos de aluminio separados por solo 30 nanómetros, un hueco miles de veces más fino que un pelo humano. Al iluminarla con luz ultravioleta, generó corriente eléctrica.

La historia ha vuelto a circular en septiembre de 2026, pero es de archivo. El primer trabajo se publicó en 2006 y aquel dispositivo nunca salió del laboratorio. La idea, eso sí, no murió del todo. Hoy esa proteína tiene un papel más modesto, y más realista, en ventanas que llevan la luz hacia pequeñas placas solares.

Una proteína con premio Nobel

La proteína verde fluorescente, conocida como GFP por sus siglas en inglés, la aisló el japonés Osamu Shimomura en 1962. Desde entonces es la linterna favorita de los biólogos, que la usan para teñir de verde células y seguirlas al microscopio. Ese trabajo les valió a Shimomura, Martin Chalfie y Roger Tsien el Nobel de Química de 2008.

Ahora bien, brillar y producir electricidad no son lo mismo. Una molécula fluorescente absorbe luz y la devuelve con otro color, como un subrayador bajo una luz negra. Una célula solar necesita algo más, que esa energía arranque electrones y los ponga a circular por un cable. Ahí estaba el reto.

Cómo era el invento sueco

El equipo, con Zackary Chiragwandi como primer autor, describió el dispositivo en 2006 en la revista Applied Physics Letters. Sobre un chip pusieron dos electrodos diminutos de aluminio recubiertos de óxido. Después dejaron que una versión mejorada de la proteína rellenara sola el hueco entre ambos.

Al encender una luz ultravioleta aparecía una corriente eléctrica a voltajes muy bajos. Vamos, que la proteína hacía a la vez de colorante que atrapa la luz y de material por el que pasan las cargas, algo parecido a lo que ocurre en las células solares de tinte.

En 2008 llegó un segundo estudio, en el Journal of Physical Chemistry C, con científicos de Chalmers, Linköping y el instituto KTH. Comprobaron que el aparato generaba corriente sin aplicarle ningún voltaje externo, igual que una placa solar. También vieron que esa corriente bajaba a medida que subía la temperatura.

Por qué nunca llegó al tejado

¿Por qué no hay hoy placas de medusa en los tejados? Por varios motivos. La corriente era minúscula, suficiente para medirla en un laboratorio pero muy lejos de lo que pide un enchufe. Las proteínas, encima, son delicadas, se estropean con el calor y la GFP solo aprovecha una parte pequeña de la luz, sobre todo la ultravioleta y la azul.

Mientras tanto, el silicio de las placas convencionales no ha dejado de abaratarse y mejorar, con avances como los paneles sin soldaduras que ya se prueban en Alemania. Le pasó algo parecido a la carretera solar francesa, otra idea vistosa que no cuajó.

La electricidad biológica sí ha tenido otros éxitos, aunque con seres vivos completos. En 2022, un equipo de la Universidad de Cambridge y la empresa de chips Arm mantuvo encendido un microprocesador durante más de un año con algas verdeazuladas encerradas en un recipiente del tamaño de una pila AA.

El nuevo trabajo de la proteína

¿Y la proteína de la medusa? Ha encontrado empleo como ayudante. Se usa en los llamados concentradores solares luminiscentes, láminas transparentes que captan la luz, le cambian el color y la guían hacia los bordes, donde esperan pequeñas células solares. La meta es que ventanas y fachadas generen energía, como los paneles sin tejado que ya se venden para el hogar.

En 2020, un grupo de la Universidad de Aveiro (Portugal) fabricó uno de estos concentradores con GFP y logró transformar en electricidad hasta un 0,35% de la luz recibida. Es poco, claro. Pero demostraba que funcionaba.

El paso más reciente lo firma el equipo de Rubén D. Costa, que dirige la cátedra de Materiales Funcionales Biogénicos de la Universidad Técnica de Múnich en Straubing. En octubre de 2025 publicaron en la revista Small una versión sólida, con una variante llamada T-Sapphire dentro de resina epoxi. Llevó a los bordes el 7,41% de la luz y resistió 32 veces más que las versiones líquidas (8 días frente a 6 horas).

Todavía está por ver si llegará a los edificios. De momento, la medusa no va a encender la lavadora. Quizá algún día ayude a que una ventana produzca energía.

El primer estudio sueco sobre esta célula solar figura en el archivo de investigación de la Universidad Tecnológica de Chalmers.

Crédito de la imagen: Jim G (Wikimedia Commons, CC BY 2.0).